Por: Iván Giordana

(Marzo de 2016).

Cuando era  chiquito quería volar. Sabía que era imposible hacerlo como un pájaro así que me conformaba con algo más terrenal, algo más a mi alcance como ser piloto de avión. Astronauta no porque había que saber hablar inglés como en las películas que miraban los grandes y además Estados Unidos, según el Atlas de mis hermanos, quedaba muy lejos.

Para alimentar mi ilusión lo pasaba a buscar a Juan, mi gran amigo de la infancia que luego se mudó a la capital, y nos íbamos a pasar la tarde al parque Urquiza. A él también le gustaba volar, aunque prefería el espacio. Nos metíamos adentro de los dos arbustos que escoltaban al mástil eternamente apátrida y despegábamos. Pensábamos que la gente que pasaba no alcanzaba a oírnos ni a vernos, tan alto navegábamos… Nos comunicábamos por radio, virábamos violentamente rumbo a la nueva misión que nos asignaba la base y hasta nos animábamos a atacar al enemigo, qué nos íbamos a imaginar que la guerra existía de verdad.

Durante la adolescencia soñé con circunstancias al ras del piso: un beso de aquella morocha al final de la noche, en puntas de pie y con sus brazos atenazando mi cuello, un viaje por el mundo al estilo de Phileas Fogg o una proeza pública que me concediera el interés de mis compañeros de curso, aunque sea durante los recreos.

Hoy hizo un calor agobiante. Tocaron el timbre y atendí sin pensar demasiado en quién podría ser. Javi me saludó y a los dos segundos me espetó con su propuesta, “Quiero que te sumes a HDP para escribir las Crónicas Urbanas”.

Quedé helado, inmóvil y asustadizo como la última hoja de un árbol en otoño.

¿Hacerme cargo de la columna? ¿no será demasiado para un novato?

Pero si hay algo que a Javi le sobra es impulso, así que me metió fichas y me aseguró libertad para escribir lo que quisiera y como quisiera. Dijo libertad y yo escuché, indefectiblemente, responsabilidad. Es sabido que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras, de manera que tendré que ir ajustándome el grillete, por las dudas.

Y acá estoy, ensayando una presentación para este espacio. Es casi medianoche y la tormenta no llega. Volví al lápiz y al papel, había olvidado lo cómodo que es tenerlos a mano cuando uno está apoyado al respaldo de la cama y no consigue dormir.

Qué jugoso este desafío, me atrae tanto como me atemoriza.

A la tarde Javi me había dicho, bien clarito, que necesitaba gente que se anime a despegar los pies de la tierra, que se deje llevar, que suelte las riendas.

Qué suerte, pensé, yo cuando era chiquito quería volar.

 

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