Por: Iván Giordana.

Cuando allá por el Siglo XVI y por orden del Papa Gregorio XIII se instauró el nuevo calendario, que en honor al Sumo Pontífice se llamó gregoriano, el año quedó definitivamente compuesto por trescientos sesenta y cinco días divididos en doce meses. Como resultaba necesario articular el novedoso diseño, las fiestas religiosas, la siempre exacta matemática y los solsticios y equinoccios producidos por la parsimoniosa danza de planetas, se determinó que cada cuatro años habría uno bisiesto, es decir, con un día más en el mes de febrero.

Desde aquella época, aunque año tras año con más vértigo, los últimos treinta días todo se altera. Hay que cerrar balances, rendir materias, programar vacaciones, finalizar ese trámite que está pendiente desde agosto, elegir lugar para pasar las fiestas y hasta juntarse a comer con cuanto sujeto conocido o fácilmente reconocible se cruce en el camino, como si fuese un pecado no hacerlo o intentar reunirse en cualquiera de las otras cuarenta y pico semanas que precederán a las últimas del año próximo.

A mí, que soy medio caído del catre, me gusta tratar de abstraerme del torbellino y dejar algo para hacer en enero, que es muy aburrido si uno no tiene la fortuna de viajar. Obviamente, la tarea no es sencilla. Patear el tablero y proyectar una cena de bienvenida de año deja perplejo a cualquiera que escucha la propuesta, aun cuando el invitado reconozca que es más agradable recibir a alguien que despedirlo agitando un pañuelo arrugado y llorando a moco tendido.

Tranquilo, amigo lector, no tengo planes conspirativos contra las Fiestas ni tampoco una versión reformada del calendario para ofrecer; soy un descendiente más del mono y, por ende, la marea global me arrastra y me resigno dulcemente a hacer lo que hacen todos: tratar de cerrar círculos.

En mi arqueo personal, y siempre dentro de este ámbito que nos convoca semanalmente, el 2016 arrojó resultado positivo. El 18 de julio apareció la primera publicación de esta sección y la que usted está leyendo lleva el número veintitrés en mi fichero. Hubo un poco de todo: historias de vida, reflexiones de pacotilla, humor (o algo parecido), quizás alguna disimulada catarsis también. Si presta atención verá que abusé del recurso de la enumeración, que hay miles de comas que pausan la lectura y extensos párrafos tan toscos como un gigante. No vaya a creer que esos yerros me pasaron desapercibidos, lo que sucedió fue que no los pude evitar. Más que escritor soy una persona que escribe y recobré el sosiego cuando llegué a la conclusión de que esos desatinos podrían considerarse un signo de autenticidad, algo así como mi “estilo” de escritura.

Este complejo acto de escribir empezó como un tímido placebo y luego se transformó en un eficaz antídoto para escaparle a la rutina. Mi compromiso con Hijos del Pueblo me obligó a preguntar, a curiosear, a imaginar, a sobrescribir y a corregir continuamente con un único objetivo: llegar a usted y proponerle unos minutos de serena distracción.

Sirva este último jueves del año para agradecerle su fiel compañía, su lectura, sus valiosas propuestas y sus sanas críticas. Vaya mi agradecimiento especial a Hijos del Pueblo por brindarme el espacio, la confianza y la libertad.

Me quedan varias historias para compartir, así que nos encontraremos nuevamente dentro de muy poco tiempo.

Y si quiere saber qué tan verídicos son mis relatos, le pido que no crea en todo lo que le cuento, pero que no dude de nada.

Felicidades.

arqueo

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2 Comentarios

  1. Muy bueno como siempre Iván!!! Qué bueno es poder hacer lo que nos gusta y encontrar el espacio donde canalizarlo!!! A recibir con todo este nuevo año!!!!

  2. Muy buenas palabras Ivancho!… comencé por el número 23 y así de contrario seguiré leyendo hasta el número uno. Felicitaciones amigo! !