Por: Iván Giordana.

Me gusta el invierno. O mejor dicho, me gusta cualquier otra estación que no sea el verano.

Con esta afirmación corro riesgo de que usted diga este tipo es un amargo y deje de leer este texto ahora mismo. De todas formas, aun cuando a usted le guste el sol rabioso, el calor insoportable, las ojotas y el agua fresca en cualquiera de sus presentaciones -pileta, río, mar, manguera o simple baldazo- no me puede negar que los insectos son molestos.

No tengo nada en contra de, por ejemplo, el bicho bolita, porque el pobre está ahí, entre las plantitas, buscando un rincón oscuro para refugiarse (en eso somos iguales) y ni bien siente que lo tocan se retrae demostrando claramente que es un poco tímido y le cuesta entablar relaciones con otra especie. Tampoco me fastidian las vaquitas de San Antonio -que vienen con menos manchas que antaño- porque aunque nunca hayamos compartido más que miradas, son simpáticas e inofensivas. El que pasa sin pena ni gloria es el cascarudo, especialmente el más chiquito, ese marrón clarito (o dorado, como para darle un poco de ánimo) porque si bien su coraza es resistente, escucharlo chocar vidrios o estrellarse contra alacenas despierta mi más profunda empatía. Los únicos insectos que merecen mi admiración son las luciérnagas, porque con su sencillo sistema lumínico agracian las tinieblas.

Ahora bien, hay una amplia gama de bichos con los que veo imposible una sana convivencia. Las langostas grandes y gordas comen las plantas que cuido con tanto esmero, las moscas son molestas y asquerosas, las hormigas se enfurecen con facilidad y amenazan con devorar hasta el cableado interno de mi casa, los alacranes son peligrosísimos, las arañas tejen sus telas por todos los rincones y los mosquitos, bueno, los mosquitos son un tema aparte.

A la tardecita, y para cortar de cuajo mis sanas intenciones de relajarme y gozar del fresco que empieza a desperezarse, llega la repentina invasión de estos zancudos que con infalible puntería encuentran el único centímetro de mi cuerpo sin repelente para hundir su nariz ponzoñosa y emborracharse de placer. Encima, y como para hacer más complicado el simple acto de rascarme, seguro que la zona afectada está cercana al tobillo o en la parte media de la espalda. Para colmo, parece que esos flacuchos se van perfeccionando porque succionan la sangre en un santiamén y huyen cada vez más rápido en un zigzag desconcertante que torna dificultosa su cacería. Ni hablar de ese ejemplar solitario que, resistiendo a todos los métodos que uso para exterminarlo, aprovecha la penumbra de la habitación y la posición horizontal de su futura víctima –o sea yo- para pasar zumbando cerca de mi oído anticipando un ataque sagaz. Obviamente, ni bien enciendo la luz, el lancero volador ya está lo suficientemente lejos como para salvarse de la estrangulada final.

De los grillos no puedo decir nada porque aquí cerca, en esta noche quieta y cerrada, hay uno que anda cantando a los cuatro vientos y que, aunque es bastante molesto, me dio letra suficiente para la crónica de esta calurosa semana de noviembre.

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