Por: Iván Giordana.

Era una mañana como cualquier otra en el Juzgado, con abogados impacientes, secretarias desfilando, gente refunfuñando por la demora y la radio de fondo, sonando despacito porque no era Joaquín el que cantaba. Andábamos a cuatro manos sellando papeles y mareando expedientes. Y digo andábamos porque ahí adelante, atendiendo al público, éramos dos. Matilde, impecable al vestir, amable con la gente que se acercaba, paciente y generosa como ninguna. Yo, un mero pasante con cara de dormido hasta media mañana.

Como en cualquier otra oficina pública de nuestro país, y aun cuando ya había llegado la tan anunciada informatización, sobre una mesita sobrevivía una máquina de escribir que, aunque no lo parecía, resultaba de suma utilidad para completar esos pequeños espacios en blanco que dejaban los rancios formularios judiciales o para agregar anotaciones entre líneas en otros tantos documentos. Nos reíamos a diario pues el sonido de sus teclas y su carrete ya nos resultaban tan dulces como las canciones del español aquél.

Pienso y supongo que debe haber sido junio o julio del lejano 2005 cuando sucedió lo que les cuento, porque la gente llegaba emponchada y los que esperaban para ser atendidos miraban incisivamente a quien no cerraba la puerta inmediatamente después de su arribo.

–Necesito certificar estas fotocopias –dijo una mujer entrada en años, prolijamente maquillada y ostentosamente abrigada.

Mecánicamente tomé la documentación, la sellé y la dejé sobre el escritorio de la secretaria para que estampase su firma.

Luego de unos minutos, con las copias firmadas y listas para entregar, me acerqué a la ventanilla.

–Aquí está lo suyo, señora.

–Ah, qué rápido, muchas gracias. ¿Cuánto es?

–Un peso.

–¡Qué barato!

–Para usted –dijo un tipo de embarrados zapatos, roída ropa de fajina y pelo aplastado por su gorro de lana-. Un peso para el que tiene no es nada, pero para el que no tiene nada, es mucho.

La señora tragó saliva, pagó, acomodó su bufanda y pronunció un hasta luego apenas perceptible.

Con Mati nos miramos un segundo, tiempo suficiente para entendernos, y seguimos con nuestra tarea.

Los juicios de valor dependen del lugar que ocupa quien dicta la sentencia, así que no le voy a pedir que diga si este texto está correcta o deficientemente redactado o si es mejor o peor que los anteriores, con saber que lo hizo reflexionar aunque sea un par de segundos ya me es suficiente.

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1 Comentario

  1. Sin ninguna duda ya nos cautivo cada una d tus presentaciones…..y m imagine, ctas otras historias mas andan dando vuelta….y parece retroceder el tiempo y cautivarnos como aquellas personas esperando el ” RADIOTEATRO” …… Gracias por tanto…..

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