Me he dado cuenta de que incluso aquellos que afirman que todo está predestinado
y que no podemos cambiar nada, todavía miran a ambos lados antes de cruzar la calle.
Stephen Hawking.

 

Una noche lluviosa de jueves, apoyado a la pared lateral de una ventana fina y alta que enmarcaba la puerta del lugar en el que solíamos juntarnos semanalmente, el Flaco me preguntó, mientras largaba el humo de su cigarrillo negro para que la oscuridad lo devorase, “¿pensaste en la cantidad de cosas que tienen que suceder en el mundo para que te cruces con una persona en la calle?” 

A partir de esa ocasión, cada vez que suceden encuentros inesperados no puedo escapar a la tentación de rebobinar mis horas y sorprenderme al comprobar que de haber demorado seis segundos en salir de la cama, once en desayunar, treinta y ocho camino al trabajo o el tiempo que usted quiera en lo que a usted le parezca, toda mi jornada habría sido diferente.

Eso que los racionales a ultranza llaman causalidad, es decir, una serie de pequeños actos en la que cada uno es consecuencia del que le precede y origen del que le sigue es, para los que se animan a pensar que el azar mete la mano en la vida cotidiana, una pura casualidad. Ejemplos hay a montones, y no sólo de encontronazos imprevistos.

Mi amigo Román, a quien con poco ingenio le decimos Romi, está galanteando a Romina, a quien con poca originalidad le dicen Romi. Alicia y Fernando son hermanos, el novio de ella se llama Fernando y la novia de él, Alicia. Mi segundo hijo nació el mismo día que el primero y hay serias posibilidades de que el tercero -o la tercera- lo haga el mismo lunes que yo me apreste a festejar mi próximo cumpleaños. También suele suceder que suena el teléfono en el momento exacto en que estamos pensando en llamar a la persona cuya voz se escucha del otro lado, que el resultado de una cuenta arroja los mismos tres o cuatro dígitos que en ese preciso instante marca el reloj, que a cientos de kilómetros de nuestro domicilio damos con un coterráneo que nos saluda con sorpresa o que encontramos dinero que dábamos por extraviado justo antes de tener que afrontar un gasto inesperado.

Si hablamos de acontecimientos coincidentes, bien vale recordar que el 19 de septiembre del 2017 la ciudad de México se despertó temprano sacudida por un terremoto que se producía el día en que se evocaba una catástrofe similar -más devastadora aún- ocurrida exactamente el 19 de septiembre pero de 1985.

El científico Stephen Hawking, de amplísima fama mundial por sus estudios sobre el universo, nació un 8 de enero, día en que se celebra el fallecimiento de Galileo Galilei, quizás el más reconocido de los analistas del tema. Es más, Hawking murió un 14 de marzo, fecha en que se conmemora el nacimiento de Albert Einstein, otro brillante referente de la ciencia del Siglo XX.

Paul Cole, un estadounidense que en 1969 andaba cansado de recorrer museos londinenses, salió a caminar y se detuvo al lado de un móvil policial para preguntar quiénes eran los excéntricos melenudos que andaban sacándose fotos en plena calle; años después encontró el inoxidable disco Abbey Road en la casa de uno de sus hijos y tuvo que convencer a su familia de que el desconocido que aparecía detrás de los cuatro fantásticos era él que –sin quererlo- había quedado inmortalizado en la imagen que probablemente sea la más representativa del rock. Ya que hablamos de música, dicen que Carlos Gardel, de paso por Nueva York, pretendió convencer a los padres de un prodigio para que dejaran que su niño lo acompañara en su viaje, los progenitores se negaron y días después El Zorzal y su comitiva sufrían el mortal accidente; el jovencito  que no se había unido al grupo tenía catorce años y se llamaba Astor Piazzolla.

Como verá, sobran ejemplos de circunstancias azarosas y podríamos pasarnos meses enteros enumerándolas; ahora bien, disculpe si peco de arrogante pero me atrevo a pensar que si a esta altura del año usted sigue dispuesto a leer las publicaciones de Doble o nada, no es por mera casualidad.

En mi nombre y en el de mi colega Conrado, le agradezco la grata compañía.

Llegamos a destino, puede desabrocharse el cinturón.

Felicidades.

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