Por: Iván Giordana.

Cuando papá se quedó sin trabajo en el banco prometió que todo seguiría igual. Aseguró que continuaríamos yendo a la misma escuela (privada, doble turno) y practicando nuestros respectivos deportes (natación mi hermana y taekwondo yo). Dijo que iba a hacer cualquier cosa para que nosotros estemos bien, que seguramente se abrirían otras puertas porque la vida es así, siempre da revancha.

Las primeras semanas resultaron agotadoras, papá se la pasaba entrando y saliendo de casa con el diario abajo del brazo, llamando por teléfono a sus contactos y fingiendo estar a gusto con su nuevo rol de trabajador libre.

Como no aparecía nada, vendió la camioneta. Como seguía sin aparecer nada, se puso a hacer changas: lavaba autos por el barrio, se la rebuscaba para arreglar electrodomésticos de simple funcionamiento o para mantener jardines y piletas. Mientras tanto, la economía del país se iba hundiendo poco a poco en la oscura ciénaga de la recesión.

A pesar de la promesa de papá, pronto nos vimos obligados a reorganizarnos. Con mi hermana cambiamos de escuela, reciclamos viejas prendas, recortamos las salidas y con hondo pesar abandonamos nuestras actividades deportivas (ella abandonó antes, tenía la malla a la miseria y la cuota del natatorio se había ido a las nubes). Aprovechamos la mayor disponibilidad de tiempo en casa para tratar de sacar a flote a mamá, que cada día se desmoronaba más. Ya no se arreglaba el pelo, estaba ojerosa y sólo salía para ir a ver al médico o a comprar remedios. Con ella imposibilitada de trabajar, a mi hermana y a mí no nos quedó otra que ponernos en campaña para cubrir los gastos del día a día.

Pero llegó el invierno más crudo de los últimos años y todo cambió. Nuestra casa era difícil de calentar, en parte porque era enorme y en parte porque se había ido vaciando conforme necesitábamos dinero para subsistir.

Papá reacondicionó una vieja salamandra que era de los abuelos y la instaló en el comedor, y hasta ahí llevamos un apolillado futón en el que mamá se quedaba toda la tarde para no estar allá lejos, en la pieza.

Al principio nos arreglábamos con la leña que traíamos del campo, pero cuando tuvimos que vender la bici con la que tirábamos el carrito, todo se nos complicó. Con lo que sacábamos entre los tres no alcanzaba más que para comer, costear los servicios mínimos y pagar la farmacia. Con mi hermana no dejamos la escuela porque era un buen refugio que nos aseguraba los pies calientes de ocho menos cuarto a doce y media.

A finales de julio y para hacer frente a temperaturas que apenas superaban los cero grados, desarmamos el carrito y lo arrojamos al fuego. Lo mismo hicimos con una enorme radio a transistores que era de tía Clelia, con las patas del futón, con la mesa que usaba mamá para comer en la cama, con las puertas del ropero, con las de las habitaciones, con las alacenas, con las camas, y la hoguera que ardía en el centro de la casa crecía devorando las mantas, las toallas, las ropas, a mamá, a papá, a nosotros.

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