En una conversación exclusiva con Hijos del Pueblo, la escritora desanda su camino por la literatura y nos cuenta algunas curiosidades que marcan sus procesos creativos. La sunchalense por adopción, quien supo ganarse el afecto de toda la ciudad, recorre su carrera con una claridad sorprendente. Inspiración, historias y reminiscencias. Un reportaje al estilo clásico.

Por: Cristian Malano

Abre la puerta y saluda sin sonreír. Me invita con la mano y luego extrema los cuidados para que ingrese sin que Ludovica, una perrita frenética, escape por el frente. La casa de Chela es espaciosa y sus paredes, que dieron cobijo a nietos en incontables oportunidades, hoy exhiben cuadros con distinciones literarias. “Dicen que con la edad uno debe aprender a mimarse”, explica con voz suave y segura.

Casi una treintena de libros publicados componen su vasto currículum personal y cada uno de ellos se destaca por la sensibilidad depositada en cada trazo. Lleva consigo los mejores recuerdos de Ataliva, su pueblo natal, asegura ser fanática de la lectura y experta en crucigramas de complejidad exagerada. En 1967 arribó a Sunchales; desde aquel momento se enamoró de nuestras calles y se transformó en una Hija del Pueblo más que las camina. Al hablar de frente mira directo a los ojos, utiliza palabras habituales y no tropieza cuando describe sensaciones.

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Fotografía: Guillermo Reutemann

De su obra

Con 28 libros publicados, ¿qué le queda aún por escribir, Chela?

Siento que, todavía, mucho. Actualmente estoy trabajando en la realización de la revista para la Sociedad Italiana, desde donde me hablaron para formar un pequeño grupo por los festejos del 125° aniversario. El desafío que llevo por delante es tratar de transmitir el caudal de actividades de la institución, haciendo hincapié en el enorme crecimiento de los últimos 25 años. Me encanta encarar estos tipos de trabajos.

– Que no fueron pocos…

– No, por supuesto. Yo empecé a publicar en el año 1995, luego de jubilarme. Antes escribía pero no tenía tiempo, porque la dirección de una escuela te demanda mañana, tarde y noche. Pero bueno, desde entonces he publicado de mi bolsillo, por propia pasión y también por encargo. La revista de la parroquia local y la historia de mi pueblo natal son algunos de esos casos. Además, me contrataron de la Cooperativa Ganadera de Sunchales y de la Comuna de Eusebia para reconstruir sus respectivas historias. O sea que pasé de fundadores al campo espiritual y luego a la oferta y la demanda [risas]. También tengo otros libros que son compartidos, como los dos que realicé con Griselda Bocco. Disfruté muchísimo del trabajo de cada uno de ellos porque amo lo antiguo, es una pasión que tengo.

 – Pero siempre hay algún favorito, ¿no?

No tengas dudas de eso. El libro que más satisfacciones me dio fue el de “Chente” Cipolatti, por la enorme persona que fue él y por la tremenda repercusión que generó, a tal punto que tuvimos que hacer una segunda edición porque se habían agotado los ejemplares. Uno de los organizadores de la Feria Internacional del Automóvil me compraba de a tandas para venderlo en Buenos Aires y poco a poco me fui quedando sin. La publicación fue en 1997 y recuerdo que la noche de presentación vendí 135 libros, una cosa impresionante.

– Dicen que el primer libro tiene una esencia distinta al resto, ¿en su caso fue así?

Fue muy especial, desde luego. Yo participaba de un taller literario y con los integrantes de ese grupo queríamos escribir para el centenario del pueblo. La profesora era una escritora que venía de Buenos Aires y paraba en mi casa. Y recuerdo como si fuera hoy que uno de los ejercicios que ella nos dio arrojaba un enunciado que decía así: “un carro pasa por el costado de la plaza. Cuatro o cinco perros lo siguen de cerca”. Ese disparador fue suficiente para que yo escriba sobre mi pueblo y de alguna forma comience a tallar los personajes que nutrieron la historia. Fue mi primer libro y claro que fue especial, porque se lo dediqué a Ataliva.

De sus procesos creativos

– ¿La inspiración siempre se canaliza en forma de poesía?

– Sí, aunque también disfruto de escribir cuentos. Antes escribía en prosa, y me acuerdo que Hugo Cipolatti me retaba y decía que yo podía decir lo mismo en forma de poesía. Después de muchos años entendí la diferencia entre una buena poesía y una “prosa encolumnada”, y practiqué mucho en talleres literarios para ir puliendo un estilo.

– ¿Y cuál es su estilo?

– En general escribo usando ciertas licencias poéticas. Me gustan las pausas. Con el tiempo aprendí a transmitir mensajes con los espacios y los silencios. Aprendí a poner a la transgresión de mi lado. Lo fui experimentando en la práctica, porque entendí que los silencios también comunican. Por eso siempre digo que me encantaba trabajar con los adolescentes en los talleres literarios, porque son muchísimos más libres para crear. No tienen las mismas barreras que los adultos. Pero bueno, estas transgresiones tienen su lado negativo cuando uno participa de distintos concursos, porque siempre aparece algún jurado que dice “esto no tiene coma” o “a esto le iría un punto”, y no tiene por qué ser así. Las reglas gramáticas las sé, y por eso a veces opto por salteármelas, porque quiero generar algún efecto.

– ¿Qué cosas la inspiran?

– Te doy el ejemplo del libro “Sembradores de estrellas”, que es uno de los trabajos compartidos que hicimos con Griselda Bocco que antes te mencioné. Ninguna de nosotras nació en Sunchales, pero tenemos tanto agradecimiento por lo que nos dio que en su momento decidimos regalarle nuestras poesías a la ciudad. Y de pronto yo iba caminando y vi a una mujer en la canilla pública de la placita del barrio 9 de Julio llenando unas botellas de agua. Esa acción simple me conmovió y enterneció mucho, y me provocó la poesía.


Escribe Chela en su poema “Dosis de Savia”: “Grifo de la plaza| surgente artificial y público| abre su boca y empapa| al fondo de cada recipiente| sediento y rumoroso| en las manos que se acercan|…| Ofrenda generosa| vertiente cargada| de frescura y energía| hermana desde el laberinto| de la andanza subterránea| y aflora saciando la sed| empapando la vida”.  


– ¿Se considera muy meticulosa con lo que escribe?

– Intento enriquecer mi vocabulario siempre. Yo soy más del momento, lo que brota va al papel. En poesía eso es muy importante. Después vuelvo, por supuesto, a refinar. Pero Borges decía “publico para dejar de corregir”, y es un poco lo que nos pasa a todos [risas]. Tengo una metodología de redacción simple y escribo en computadora, por todas las facilidades que me da. En la medida de lo posible trato de ser amiga de la tecnología, aunque me aseguro de salir siempre con mi anotador y lapicera en el bolsillo.

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Fotografía: Guillermo Reutemann

Una tras otra

El libro que esté leyendo
– “Te amaré locamente” de Jorge Fernández Diaz, y una novela de una persona que aún no puedo nombrar [risas] que me trajo su trabajo para que le dé mi punto de vista.

Libro preferido.
– En verdad no podría decirte uno, tengo muchos. Sí tengo un género favorito: el biográfico.

Libro de la infancia
– “Marta y Jorge”, de Constancio Vigil. Yo tenía 10 años. Cuando leí ese libro, supe que podía escribir algo parecido. Sentí entonces que iba a ser escritora, pero nunca se lo dije a nadie.

Una comida.
– Empanadas y pastelitos. Las comidas preferidas siempre están asociadas a recuerdos de nuestra niñez.

Un escritor
– Miguel de Cervantes. Tuve la oportunidad de visitar su casa natal y fue una experiencia suma.

El recuerdo más feliz
– Los nacimientos de mis hijos y nietos

El recuerdo más triste.
– El fallecimiento de mi marido. La persona más visionaria e inteligente que conocí.

Ser madre o ser abuela por primera vez
– Imposible de comparar la sensación, en ambos casos la felicidad es plena.

La hora y cuarto que conversamos se ha escurrido rapidísima del reloj, y cuando me aparto un poco veo que la mesa está repleta de sus libros, que fue extrayendo del estante a medida que los mencionaba. Me levanto y Ludovica insiste en que le rasque la cabeza. Cruzamos algunas palabras más mientras caminamos hacia la puerta. Ella dice estar contenta con el resultado de la charla y noto sinceridad en sus palabras. Eso me reconforta. Quién más que Chela Lamberti sabe lo que es estar del lado del periodista.

Quizá tenga planes para la noche porque ha contestado el teléfono en un par de oportunidades, pero no me animo a preguntarle, por supuesto. No me incumbe.

La saludo.

Afuera el frío es crudo pero me prometo, desde la humildad de un texto, homenajear cálidamente a mi entrevistada.

 

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