Por: Iván Giordana.

Estimado lector, debo hacerle una advertencia o, si quiere evitar el dramatismo, una sugerencia: jamás, bajo ningún concepto, cambie la cola que escogió para finalizar su compra o trámite. Y le explicaré por qué.

Para ser gráfico me servirá el clásico y repetido acto de ir al supermercado. En esos lugares uno tiene la enorme ventaja de procurarse los productos por su cuenta, acto que hace más rápido el abastecimiento siempre y cuando uno no sea ese tipo de personas que se agacha frente a la góndola y mira por encima del cristal de sus anteojos el precio de eso que no precisa para nada y probablemente ni siquiera utilice en las próximas seis semanas pero que ya que lo vio, analiza detenidamente la posibilidad de llevarlo. Descartemos también el hipotético titubeo frente a las catorce combinaciones diferentes de fragancias de una misma marca de detergente o las múltiples texturas, colores y tamaño de los trapos de piso (trapos para piso, para ser más específicos). Dejemos de lado, por último, la laguna mental en la que podemos quedar varados frente a las promociones que anuncian tres productos al precio de dos siempre que sean entre las diez y veintisiete y las once y trece de un día martes con alta probabilidad de chaparrones dispersos. Pensemos en algo bien simple, hagamos de cuenta que somos meros autómatas que visitan el lugar con una prolija lista de víveres en la mano (mis mayores respetos a quienes la llevan memorizada) y tomamos lo detallado. Una vez finalizada la selección de vituallas, nos encaminamos a la etapa decisiva, al momento crucial de elegir una caja para pagar lo que compramos. En ese instante, y de manera inconsciente, nuestro cerebro envía órdenes en todas las direcciones para ponderar diversos factores: personas esperando en cada caja, cantidad de productos de cada sujeto que aguarda, velocidad con que puede actuar el comprador y predisposición del empleado a cumplir su trabajo con prestancia, rapidez y eficiencia.

Escogida una de las cajas, resulta absolutamente imprescindible no mirar lo que sucede en las contiguas, no prestar ni la más mínima atención al movimiento de las filas vecinas pues seguramente avancen con la fluidez que le falta a la propia. Esto es así debido a la existencia de factores imponderables que logran que siempre, y escuche bien esto, siempre, las personas que están en las otras filas salgan del lugar antes que uno. Esos agentes son variados y perversos, atienda: el agotamiento fatal del rollo de papel en la registradora, la mezcolanza de plásticos de quien pretende pagar con tarjeta, las necesidades fisiológicas del empleado, la falta de cambio o hasta la conducta imprudente de quien estando a punto de pasar el último producto, se pone a ver cuál de todas las chucherías que están en la inmediaciones (pegamento instantáneo, pilas, caldos, repuestos para máquinas de afeitar, etc.) puede sumar a su compra.

Ahora bien, automáticamente uno decida cambiar de hilera, la nueva adquirirá el insoportable ritmo de la anterior que, obviamente, se agilizará al instante.

Este mismo ejemplo puede aplicarlo, con alguna que otra variante, querido lector, a la fila del cajero automático, de la estación de servicio o del banco. Así que cada vez que se vea frente a una situación como la descripta, recuerde la advertencia hecha al comienzo y, por favor, no mire colas ajenas.

 

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2 Comentarios

  1. Comentario:felicitaciones por el informe,sigan adelante con esta propuesta interesante que ayuda a resaltar esos valores escondidos que estan y que hoy dia poco se difunden.gracias y muchos exitos!!

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