Por: Iván Giordana.

Los aficionados a coleccionar cualquiera de las millones de cosas que por ley de gravedad no vuelan alrededor de la tierra pero cubren su superficie, y con esto me refiero a los que atesoran estampillas, almanaques, llaveros, sifones, misales, anteojos, revistas, relojes, cajitas musicales, muñecos, envoltorios, quirquinchos disecados, grillos sopranos, incisivos laterales de pugilistas mexicanos o tubos fluorescentes quemados, sabrán entender mi manía de guardar diarios de fechas importantes y de lugares que visito (esto último se lo debo a Tati, que lo hizo toda su vida y me contagió el gusto). También almaceno relojes de arena cuya fragilidad no se lleva muy bien con la curiosidad de mi hijo mayor.

El mero hecho de coleccionar no es un problema, el verdadero inconveniente es el lugar de guardado a medida que pasa el tiempo, ¿dónde poner tanto bártulo?  No es una dificultad para el que se desvive, por ejemplo, por boletos de colectivo capicúa, ¿pero qué puede hacer el que gusta de acopiar sillones de odontólogo, surtidores de nafta o submarinos nucleares soviéticos?

Ante el trágico dilema de conservar o tirar, surgen visibles malestares entre quien colecciona y quienes viven con él, pues la pasión del que amarroca nunca es adecuadamente ponderada ni razonablemente entendida por quienes lo rodean.

Cierto es que, a veces, el paso de los años hace que el entusiasmo se diluya y se decida, sin rodeos, cortar por lo sano, tirar todo al diablo y si te he visto no me acuerdo.

Algo de eso le pasó a Vero, que guardó durante casi dos décadas absolutamente todos los cuadernos que sus dos hijos usaron en el jardín maternal y la escuela primaria. Los conservó en el fondo de un viejo ropero que cambiaba de lugar conforme la casa se iba adaptando a la necesidad familiar hasta que, un poco por cansancio ante tanto traslado y otro poco porque su marido le picaba los sesos, los puso en cinco grandes cajas que se llevó el camión de la basura.

La noche en la que Pali, el mayor, la llamó por teléfono para preguntarle si aún conservaba aquellos cuadernos, Vero se puso pálida y no supo qué contestar. Mintió. Temblando dijo que tendría que buscarlos, que seguro que alguno había, que era imposible que no estén. Con un nudo en el estómago esperó a que llegase su hijo y le lanzó su llorosa declamación: que no había querido hacerlo, que eran tan importantes para ella como la máquina de coser de la nona, que con el tiempo los ambientes habían quedado chicos, que imaginó que no los necesitaría, que su padre (el de Pali, no el del ella) insistía con eso de andar livianos por el mundo, que la pena le estaba quitando el aire y que sólo pedía a Dios que la perdonase por tremendo arrebato de desconsideración.

El dramatismo que volvía pesada la atmósfera se esfumó cuando Pali le dijo que no se preocupara, que sólo los andaba buscando para cortarlos en pedacitos y tirarlos el domingo siguiente en la cancha.

Como le ocurrió a Vero, los coleccionistas o acumuladores compulsivos podemos deshacernos de todas nuestras pertenencias, pero nunca lograremos despojarnos de la culpa por haberlo hecho.

Anímese, amigo lector, y cuéntenos aquí debajo qué colecciona o conserva cariñosamente usted.

 

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1 Comentario

  1. Muy bueno como siempre Ivan!!! Coincide con lo que hizo mi mamá que guardó por muuucho tiempo nuestros cuadernos de primaria y hasta las carpetas de secundaria!!!!! Jaja! Hoy colecciona mates que le vamos trayendo de viajes…

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