Cada año, el 8 de diciembre, muchas familias tienen por costumbre armar el árbol de Navidad, ¿alguna vez se pusieron a pensar en su significado? ¿Por qué motivo se arma ese día y se desarma el 6 de enero? ¿Cómo se origina esta tradición y qué detalles no pueden faltar? ¡Te lo contamos!

Lejos del costado comercial que se le imprime a estas fechas, en sus inicios esta costumbre estuvo ligada a la religión.

La tradición del árbol de Navidad tiene unos orígenes un poco confusos, debido a la falta de documentación que lo acredite, la mayoría son leyendas, creencias, suposiciones.

Cuentan los historiadores que antiguos habitantes de Europa, griegos, romanos, celtas y escandinavos, ambientaban sus casas con ramas de hiedra, laurel o pino para alejar los males. Que algunos de ellos adornaban un abeto para celebrar el cumpleaños de unos de sus dioses, hasta que los cristianos tomaron la idea para festejar el nacimiento de Cristo y establecer la tradición que llega a nuestros días.

En la Antigüedad, los germanos estaban convencidos de que tanto la Tierra como los Astros colgaban de un árbol gigantesco, el Divino Idrasil o Árbol del Universo, cuyas raíces estaban en el infierno y su copa, en el cielo. Para celebrar el solsticio de invierno, o sea en esta época en el Hemisferio Norte, decoraban un roble con antorchas y bailaban a su alrededor.

Jeremías, profeta del Siglo VII a.C., sostenía que “las costumbres de los pueblos son vanidad” porque un leño “con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva“. Jeremías se refería a la vanidad de adorar “objetos sin valor”, propia de los paganos, en vez de venerar al Señor, “el Dios verdadero”. El árbol de Navidad no existía como tal, pero estos versículos revelaron una costumbre ancestral: cortar un árbol para adornarlo o, como hacían los babilonios, para dejar regalos debajo del mismo.

Durante la Antigüedad el culto a los árboles jugó un papel importante, Europa estaba llena de selvas. Se cree que entre los germanos, los más viejos santuarios fueron los bosques naturales.

Para los celtas el árbol más sagrado era el roble y era común el pensar que los árboles eran espíritus.

El árbol de Navidad tradicional se realizaba con un abeto, en relación con las costumbres paganas del Norte de Europa (sobre todo en Alemania), ya que se creía que atraía los rayos. En la Antigüedad se pensaba que el rayo era de procedencia divina, todo aquello que lo atrajera debía ser sagrado y por eso al principio se utilizó el abeto como árbol mágico.

Las tradiciones germanas y sus leyendas cuentan que este árbol era el hábitat de los elfos, que moraban en su tronco.  Los elfos, como espíritus del bosque que eran, podían interferir en la vida de la gente. Molestar a un elfo se pagaba con la vida, leyenda que no sólo ponía a salvo a este árbol, sino que le concedía una dimensión particular.

Sin embargo, no fue hasta el Siglo VIII (año 740) que el árbol de Navidad comenzó a tomar fuerza. San Bonifacio, un obispo inglés, marchó a la entonces Germania a predicar la fe cristiana. Cuenta la leyenda que había un roble consagrado a Thor en la región de Hesse, en el centro de Alemania. Cada año, durante el solsticio de invierno, se le ofrecía un sacrificio. En ese momento el misionero y sus compañeros llegaron a la aldea donde se iba a sacrificar a un niño en la base de ese roble al que consideraban sagrado.

San Bonifacio cortó el árbol con un hacha. Según la leyenda, una ráfaga de viento brotó del primer hachazo y derribó el roble. Éste al caer aplastó muchos arbustos, y al haberse salvado un pequeño abeto el Santo dijo: “He ahí el árbol del Señor; llamadlo desde ahora árbol del Niño Jesús”.

Luego de leer el Evangelio, les ofreció el abeto, árbol de paz que “representa la vida eterna porque sus hojas siempre están verdes” y porque su copa “señala al cielo“.

Trató entonces de adaptar este ritual al cristianismo para celebrar el nacimiento de Cristo y decidió sustituir el roble por el abeto, un árbol con forma triangular que representa la Santísima Trinidad en sus puntas, de hoja perenne que simbolizaría el amor de Dios, inagotable; y lo adornó con manzanas, símbolo del pecado original y velas, la luz de Jesucristo que guía al creyente.

La costumbre del abeto se hizo muy popular, y ya en la Edad Media europea era una práctica frecuente el caracterizar con él la Navidad. En el siglo XVI estaba tan extendida la costumbre que un edicto alsaciano de 1560 mandó que nadie tuviera más de un árbol y que éste no excediera los ocho pies de altura.

Al principio de la existencia del árbol de Navidad, se colgaban de sus ramas rosas de papel, dulces, pan de oro, manzanas y golosinas de azúcar.

Dos ciudades bálticas se disputan el mérito de haber erigido el primer árbol de Navidad en una plaza pública: Tallin (Estonia) en 1441 y Riga (Letonia) en 1510. Unos comerciantes locales instalaron un abeto en la plaza del mercado de Riga, lo decoraron con rosas artificiales, bailaron a su alrededor y finalmente le prendieron fuego.

La otra leyenda cuenta que había un árbol en la plaza principal de Tallin. Al parecer, un comerciante soltero comenzó a bailar alrededor del árbol en compañía de varias mujeres y acabaron quemando el árbol. El suceso desató la costumbre de iluminar abetos coincidiendo con la Navidad

La tradición otorga a Lutero, promotor de la Reforma Protestante en Alemania el haber instaurado el árbol de Navidad. En un principio cuentan que durante una noche estrellada, Lutero dirigió su mirada a un abeto y las estrellas parecían salir de él. Esto le llevó a pensar en la estrella de Belén. Añadió velas, costumbre de procedencia supersticiosa antigua, ya que las luces encendidas representaban las almas de los antepasados muertos. Su segundo paso fue colgarle bellotas, castañas y avellanas de las ramas para recordar los dones que los hombres recibieron de Jesús.

En un texto del XVII escrito por un clérigo alemán llamado Dannhauer, se puede leer: “Por estos días se dispone en las casas de familias cristianas unos árboles donde se fijan objetos que lucen y juguetillos que atraen y gustan a los niños, que sabiéndolo se abalanzan sobre ellos el día de Navidad”.

Se dice que los ingleses lo vieron por primera vez en 1841, cuando el Príncipe Alberto, esposo de la Reina Victoria, lo instaló en el Castillo de Windsor, tras un viaje que realizó a Alemania.

Hay quienes aseguran que a España llegó 30 años después, cuando la esposa del Gran Duque de Sesto, José Osorio, Sofía Trubetskaya, que viajaba mucho por Europa, instaló el árbol navideño en su palacio en Madrid.

Tras ser aceptado por las Casas Reales de ambas coronas europeas, el árbol de Navidad cruzó el Océano Atlántico y llegó paulatinamente a los territorios del Norte y el Sur de América, donde se instaló con gran fuerza en las culturas americanas.

El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX estableció que María “por privilegio único, fue preservada de la mancha original desde el primer instante de su concepción”. La tradición de armar el árbol de Navidad el día de la Inmaculada Concepción es típica de Italia y se ha difundido en nuestro país gracias a la cantidad de inmigrantes que llegaron a nuestra tierra.

La decoración de árboles tiene varios orígenes. Muchos aseguran que la tradición cristiana de decorar un árbol para Navidad proviene de Alemania, sin embargo también se tiene en cuenta que los celtas decoraban un roble cuando llegaba el invierno con frutos de todo tipo, para así asegurarse el regreso del sol. Los católicos adoptaron estas costumbres, reemplazando los robles por abetos y pinos, los que simbolizan la unión entre el cielo y la tierra, además de la fecundidad y la sabiduría. Por su forma triangular, también representan a la Santísima Trinidad.

¿Por qué un árbol? La versión más aceptada es que el árbol simboliza la vida, el universo y el amor de Dios. Por ello, cada esfera representa los dones que Dios les dio a los hombres: las rojas son para peticiones, las blancas o plateadas para agradecimientos, las azules sirven para expresar arrepentimiento y las doradas expresan alabanza. Tradicionalmente, también las esferas van de 24 a 28, de acuerdo al número de días que tenga el adviento, que es el período que señala el comienzo del año litúrgico cristiano y comprende las cuatro semanas anteriores a la Navidad ese año.

En lo alto del árbol se coloca a estrella, que simboliza la fe que debe guiar la vida de cada cristiano.

Las cintas y moños simbolizan la unión familiar y la presencia de nuestras personas queridas alrededor de todos estos dones. Los angelitos son los mensajeros entre nosotros y el cielo y son los encargados de protegernos.

En palabras del Papa Juan Pablo II, “el mensaje del árbol de Navidad es que la vida es siempre verde si se hace don, no tanto de cosas materiales, sino de sí mismo, en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en la escucha recíproca”. 

El árbol de Navidad más grande del mundo se coloca en la Plaza del Vaticano, sede de la Iglesia Católica.

Hace más de 200 años que se instauró la tradición navideña en Argentina. El primer árbol data de 1807, construido por un irlandés en una plaza pública. Había llegado a América Latina proveniente de Estados Unidos y decoró el pino de acuerdo a la costumbre arraigada en su país de origen.

También se mantiene la costumbre de armarlo cada 8 de Diciembre, sin embargo, no existe ninguna relación entre esta festividad religiosa o feriado y el armado del árbol de Navidad. En otros países la fecha en que se compra o se decora el pino es variable, aunque suele coincidir con días dedicados a santos o con el comienzo del Adviento, tiempo de espera y preparación para la Navidad establecido en la liturgia cristiana.

En algunas partes del mundo, el arbolito se arma el 6 de Diciembre, día de San Nicolás de Bari, patrono de los niños y a quien se señala como inspirador del personaje de Santa Claus o Papá Noel. Otros prefieren armarlo en coincidencia con el día de San Andrés, que es el 30 de noviembre.

En Estados Unidos, lo más común es comenzar a ver los árboles de Navidad después del Día de Acción de Gracias.

En Inglaterra parecen pesar también las razones comerciales a la hora de armarlo. Como mucha gente compra árboles naturales en lugar de usar artificiales, la Asociación de Productores de Árboles de Navidad recomienda buscarlos a partir del 1° de diciembre de cada año para que se mantengan frescos hasta el 25.

Se desentierra de algún rincón sombrío del hogar aquella caja -a veces un poco destruida por los años- llena de polvo que contiene el adorno más importante de la temporada navideña. Resurge el árbol de plástico, a veces blanco, pero en general verde y comienza su armado. Las borlas, las guirnaldas, las lucecitas y esos adornitos tan especiales con significados específicos. Para coronar la obra maestra: la estrella de Belén.

Pero más allá del tamaño del arbolito o de los adornos que tengamos, lo esencial es celebrar en familia, con amor, fe y esperanza.

 

 

 

Comentá con tu usuario de Facebook

Dejar respuesta