Por: Iván Giordana.

Hasta hace diez días, si usted me instaba a cerrar los ojos y describir qué imagen se me presentaba al escuchar el nombre Irma, posiblemente le hubiera descrito a una mujer de baja o mediana estatura, callada y bonachona, hábil para la costura y el tejido, gustosa de la cocina y lectora de novelas románticas.  Resulta que ahora, con eso de que ese nombre se usó para identificar a una de las tormentas más intensas y devastadoras de los últimos tiempos, mi representación mental cambió completamente.

El fin de semana pasado asistimos –dudo de que alguien haya podido escapar del bombardeo de información- a una muestra más de la furia de la madre naturaleza. Tempestades como esta última hubo siempre, volcanes rabiosos escupiendo magma también, ni hablar de terremotos arrasadores, tsunamis violentos, sequías calamitosas e inundaciones desoladoras. Lo curioso de estos tiempos es que podemos presagiar su llegada y alistarnos para contrarrestar, aunque sea en parte, sus efectos. El avance de la tecnología nos permite seguir en tiempo real el desplazamiento de la intimidante masa helicoidal, prever copiosas precipitaciones, predecir el momento en que las placas tectónicas decidirán reacomodarse o vaticinar cualquier otra catástrofe que se nos ocurra. Aun así, seguimos tan indefensos como antes, porque somos un punto pequeño del universo, porque no tenemos poder suficiente para calmar la ira del ambiente.

Detrás de la cobertura mediática está la vida real, la de la gente que sufre las consecuencias -que pierde lo poco o mucho que tiene- y la de los ciudadanos de cualquier otra parte del mundo que no sabemos cómo hacer para explicarle a los más chicos que, cada vez con más frecuencia, la sabia naturaleza osa mostrar los dientes. Y digo que no sabemos pero sí, sólo que nos avergüenza reconocer que no lo hace por jodida, sino porque reacciona a nuestros arrebatos de omnipotencia. Porque nos creemos una civilización de avanzada pero todavía no entendimos que la única manera de salvarnos es cuidando el único lugar en el que, por lo menos por ahora, se puede respirar. Atestamos el planeta de toneladas de basura, tapizamos sus aguas de plásticos asfixiantes y líquidos viscosos, lo rodeamos de un humo denso y asqueroso, lo agujereamos en busca de cualquier piedrita que pueda intercambiarse por dinero, ese mismo dinero que unos pocos se dan el lujo de derrochar mientras el resto se muere de hambre, ese mismo dinero con el que los países poderosos fabrican armas que, si a algún chiflado se le ocurriera, podrían hacer explotar el globo entero.

Disculpe si le atribuyo a usted también una porción de responsabilidad, usar la primera persona del singular me transformaría en el único culpable y eso es demasiado; hablar de ustedes o de ellos me libraría de cargos y eso es incorrecto. No soy de esos tipos que andan haciéndose los ecologistas todo el día desconociendo que sin aprovechar los recursos no podríamos existir; todo lo contrario, reconozco la necesidad de tomar lo que precisamos para continuar con la especie, pero de ahí a pensar que somos amos y señores de todo lo que nos rodea y que podemos exprimir el entorno con el único fin de generar productos que no necesitamos para satisfacer un vacío deseo consumista, hay mucha diferencia.

La mecha está encendida, de nosotros depende qué tan rápido nos haga volar por los aires.

Como bien lo enseñan las Sagradas Escrituras, quien perturba su casa, heredará el viento.

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