Por: Iván Giordana.

Los parientes no se eligen, eso está más que claro, y los que vienen por afinidad, es decir, porque están emparentados con tu pareja, menos.

En cada reunión a la que desde hace años asisto como agregado, si me permiten el término, me sucede lo mismo: José y Néstor se me sientan cerca, se hacen los distraídos y cuando logran que quede atrapado en una charla espontánea, comienzan a contarme historias incomprobables bajo la insidiosa mirada de sus esposas que, a sus espaldas, me hacen señas como diciendo no les creas ni medio.

Por alguna extraña razón, entre tanta revuelta de gente yo siempre quedo en las cercanías de estos tíos -porque ese es el título con el que los conocí – y a merced de sus extraordinarios e inverosímiles relatos (y eso que esto sucede desde mucho antes de que yo estrene esta columna a la que las historias curiosas le caen como anillo al dedo). No lo toman como un juego, no pretenden engañarme ni se ponen de acuerdo para ello. Al contrario, pasan los minutos, los temas de conversación van y vienen y se asoma, tímida pero orgullosamente, la vocación de contador de cuentos.

Con la seriedad de un embajador rumano y la delicadeza de un sastre francés, estos dos patrañeros hilvanan sucesos que aparentan ser verdaderos aunque las circunstancias que los rodean suelen estar un poquito engrosadas. O mucho, mejor dicho.

Como ambos compartieron la profesión y cocinan de maravillas, la extensa e increíble historia que uno me cuenta queda empequeñecida por la anécdota que, al instante, empieza a narrar el otro. Como si de una reyerta artística se tratara, el paso de José es meticulosamente analizado por Néstor para dar un contraataque artero que deje fuera de combate a su oponente durante algunos segundos. Si José asó para sesenta comensales en menos de una hora, a Néstor le llevó cincuenta minutos para la misma cantidad de personas o algo más de una hora pero para el doble de invitados. Si Néstor pescó un surubí de treinta y cinco kilos a la tardecita de un hermoso día de sol que teñía de dorado las aguas del Paraná, seguro que José capturó uno similar a la madrugada, resfriado y bajo una lluvia torrencial. Si José tomó la peligrosísima curva de aquella ruta patagónica con el camión cargado y a noventa kilómetros por hora, Néstor hizo más o menos lo mismo con el agregado de que esquivó un gigantesco venado de las pampas que casi le tumba el vehículo. Si Néstor deshuesa un pollo con los ojos cerrados, José pela un chancho con una sola mano.

Verídicas o no, las narraciones son sumamente ingeniosas, motivo más que suficiente para atraer mi atención. Para serle sincero, me entretengo bastante con esos dos embusteros y creo que si siempre quedo a su lado, no es por pura casualidad.

Ahora bien, no crea que yo creo todo lo que ellos quieren hacerme creer.

 

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