Por Iván Giodana

Pablo llegó a Sunchales hace casi veinte años y aunque vino de una ciudad cercana, hay dos costumbres de quienes vivimos aquí que todavía lo asombran.

La primera refiere a ese extraño hábito que tenemos de sustituir los nombres de las personas por apodos que en lugar de hacer más fácil su pronunciación,  la tornan más compleja. O por lo menos más extensa. Seguramente usted esté pensando en algún conocido que responda a esos parámetros, así que para que no derroche su tiempo y con el respeto que quienes los portan me merecen, le facilito la tarea acercándole un par de ejemplos: Rascacha, Pichocha, Vidurria, Sacocha, Sandunga, Miquino, Batuque, Piguña, Chanchuela… Sorprende además la presencia en estos sobrenombres de letras que no pueden jactarse de tener la fonética más dulce. La presencia de la ch, la ñ o la doble r transforman al alias en un vocablo que bien puede oficiar de aspirante a trabalenguas.

La otra práctica que deja atónito a Pablo es la que nos lleva a los nacidos y criados en estos pagos a localizar los sitios o individuos por los que nos preguntan a partir de su relación con otros a los que se supone que el interesado debería conocer. Trataré de explicarlo mejor. Cuando nos consultan dónde vive Fulano enseguida comenzamos con el derrotero de referencias tales como “a treinta metros de la ferretería de Mengano”, “a la vuelta de la plaza del barrio 9 de julio”, “enfrente de la veterinaria de Zutano”, dando por sentado que nuestro interlocutor conoce la ubicación de esos puntos. Muy pocas veces –me atrevería a decir que nunca- mencionamos la calle y su altura tentativa o las arterias perpendiculares que la demarcan. Y no sólo eso, Pablo me señala que en un par de ocasiones hasta la propia persona interpelada por su domicilio rehúsa decir su dirección exacta –que es obvio que sabe citar de memoria y sin pensar- para reducir su posición al simple “al lado de la despensa de Nenucho, esa que tiene toldo amarillo escrito en rojo y un bicicletero en la vereda”.

Hace unos meses, hojeando con sumo cuidado un antiquísimo periódico que Jorge tenía guardado dentro de un sobre fofo y ajado, encontré el recuadro que ilustra el presente texto y que prueba fehacientemente que nuestra costumbre de situarnos en base a referencias también se usaba en medios oficiales.

Un método similar al del diario utilizaba la famosa “Propaladora” que estaba en la intersección de calles 25 de mayo y Ameghino (“en la esquina del Bar Unión” diríamos los lugareños). Consistía es un parlante que desde las alturas transmitía música y difundía publicidad de los comercios de la zona allá por los años ´70. Lo curioso es que la voz del locutor -bien modulada, con fuerte demarcación y excesivo estiramiento de algunas consonantes- podía divulgar anuncios tan extraños como este: “calefones Volcán, la mejor calidad en el mercado, distribuidor oficial en Sunchales: mi hermano”, cumpliendo cabalmente con esa geolocalización subjetiva de la que le hablaba hace instantes.

Esta última historia me la contó Gonzalo, quien me pidió que conversara con Daniel para ampliarla, él me derivó con Mario, que a su vez me facilitó los datos del memorioso Marcos, a quien llamé para coordinar un encuentro.

–Será un placer recibirte –dijo Marcos.

–¿Me podría decir su dirección? –pregunté.

 –Vivo justo al lado del negocio de Pirucho, ¿lo ubicás? a mi casa la vas a identificar fácilmente porque es la única de la cuadra pintada de celeste bien clarito.

Con esta última sentencia confirmé las dos premisas expuestas y, de yapa, encontré el mejor final para este relato.

 

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