Por: Iván Giordana.

Al momento de dar a conocer los nombres elegidos para mis hijos, mis familiares y amigos se mostraron preocupados por cómo les iban a decir sus compañeritos de escuela o del club. Si a Vicente lo llamarían Vicen o Chente o si a Hipólito lo cargarían con eso de Hipo o terminarían diciéndole Poli. Mucho no me inquietó porque si de apodos se trata, puede que los bauticen nuevamente y sean, para toda la vida, Tuti, Cachete, Libustrín, Bayo, Lungo, Nivel, Chuni o Loco.

Como para muestra basta un botón, la historia de Puchy me va a ayudar a explicarles a qué me refiero.

Me encontré con ella hace unos días y charlamos sobre este tema. Me contó que su padre, José, esperaba a un homónimo si era varón o a Puchy si era nena; por ende, incluso antes de nacer ella ya llevaba un sobrenombre que fue y es su carta de presentación en cualquier ámbito.

Con sus dedos índice y pulgar bien separados y apoyados en la parte alta de la frente, cerró sus ojos y recordó con claridad el día que su madre se sentó junto a ella y le reveló la verdad. “Hija, tengo que confesarte algo, vos llevás el nombre de tus dos abuelas, María Margarita”. Desorientada y disgustada, no podía creer lo que escuchaba, ella era Puchy desde su llegada al mundo y para todos los que la conocían. Por esa razón, haciendo caso omiso de aquella cruel revelación, ella siguió usando su sobrenombre para todo; y tanto es así que en una oportunidad su jefe le pidió que comience a utilizar su verdadero nombre para presentarse, a lo que ella respondió que no le iba a ser posible porque desde su estadía en el vientre materno la llamaban Puchy y así se reconocía.

Hizo una pausa en su alocución y con una discreta sonrisa me contó que estando en un aeropuerto un agente le preguntó sus datos personales y cuando ella pronunció el casi olvidado María Margarita, su nieta quedó con la boca abierta y sorprendida le dijo a su madre “mami, la abuela le mintió al señor”. En ese mismo viaje, y ya en destino, el conserje del hotel llamaba insistentemente a una tal María y Puchy, conversando con otra persona, tardó un largo rato en darse cuenta de que la requerían a ella.

A esa altura de la charla yo ya estaba pensando en cómo contárselas a ustedes cuando llegó el punto máximo del relato, el cenit. Puchy me reveló que en una oportunidad su propio marido la llamó por teléfono para preguntarle el nombre porque debía completar unos formularios que lo solicitaban. Creer o reventar.

Lo mío es más simple, hasta aburrido podría decirse. Me llamo Iván, me presento de esa manera, me llaman así e incluso firmo esta columna con el nombre que figura en mi documento desaprovechando la oportunidad de usar Jacinto Velardez o Cirilo Bobbio como seudónimos.

“Tiene que haber de todo para que sea mundo”, suele decir Abel, que vaya uno a saber por qué y desde cuándo, los del círculo íntimo le decimos Titi.

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