Por: Conrado Bocco

En la Europa de la inquisición, la magia negra se castigaba con pena de muerte. La casa de brujas era un arma para eliminar adversarios políticos y someter al pueblo.

En el siglo pasado, la familia Feraud compró una casa en cuyo ático hallaron esta carta estremecedora.

“Ayer la caballería te quitó de mis brazos, por magia negra y brujerías. Hoy la noche brumosa se adueñó de tu vida, y te entregaste a la eterna madrugada con el sigilo de los lobos. Caía nieve y también hacía frío en los corazones. Aun con la cuerda al cuello, me miraste con la ternura de siempre. Seguían con luz tus ojos, cuando en puntillas tu alma atravesaba el oscuro corredor, y último. Sin fundamentos, caíste en manos de la inquisición corrupta. Falsa justicia con despliegue de circo brutal. ¡Oh, dulce y bella Camile! Verrugas y voz chillona, no hacen del ángel una bruja. Los años te cayeron con sabiduría de búhos, y marcas en tu piel asalmonada, no eran sino el registro de una vida a disposición de sacrificios.

Las barracas oscuras nos veían ir, y por ellas regreso, solitario, sobre el filo de cortantes colinas, en esta noche lóbrega. Lo hago con corazón de dos latidos, claro que sí, uno por cada fragmento. Encantadora Camile, madre y esposa, vigorosa y llena de luz, de labios líquidos y manos de algodón, la suavidad te rodeaba con aura de nubes. Mujer de valor, que pagaste con la vida, tu prédica de ser cada uno el dueño de sus decisiones. Claramente, tus mensajes no serían del agrado Real, ni de los feudales. Lo sabías desde el principio y fui el primero en advertirlo. He apelado a los tribunales con cientos de maneras para que depusieran esta insana locura de horcas calientes. Con la astucia de perro lebrel, vengaré tu muerte. Que se carguen los ríos de sangre a mano de los Dioses, si es que existen, y la espada de la venganza ajusticie a los asesinos de tan luminosa dama. Tu magia era verdadera, a la luz de la luna, en el estudio de los astros, pero lejana de la nigromancia inventada. Claro que fueron tus ojos azabaches, los encantadores en cada momento del día. Idealista Camile, al perfil de la sombra le sobra gordura de lo que a ti malicia. Pero no será este mi tiempo de escarmiento, porque mira mi cuerpo sin alma, y estos ojos hundidos, con los que apenas puedo ver el follaje y otros arbustos. Una joroba de anciano creció entre mis hombros y comprendo que la tristeza invadirá para siempre. Entonces, llego a nuestra morada, gélida y de traje gris. La tetera humea, la silla mecedora se mece, y las teclas del piano se aprietan. Subo las escaleras con la emoción de descubrir tu rincón predilecto. La puerta del ático se desplaza con mi aliento y se queja sobre las maderas. Me repongo del estallido de luz del sol de noche. Sobre anaqueles, descubro lomos opacos de libros con gruesa costura. Desorganizados, muchos caídos, se abren a mí. Todo parece extraño, pero no más de lo esperado para un hombre con el pecho partido en canal. Lo sobrenatural parece estar en mi imaginación, hasta que al costado de la baulera me encuentro con ella. La observo por vez primera. Una escoba de pajas abiertas como cola de pavo real, levita en el aire. Igual a la descripta por los testigos en el juicio de tu muerte. Tu escoba de bruja me estudia; envarada, respetuosa, flotante, solemne. Me pego a su delgadez, la acaricio como si fueras tú misma, y la beso. Ya es tarde, muy tarde, todo lo tarde que el tiempo puede permitir, para sentir el engaño y dejar de amarte.”                                 

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