Por: Iván Giordana.

Gonzalo apenas pasa los cincuenta años, por ende la historia que les voy a contar sucedió allá por mediados de los setenta.

En su barrio, como en todos, los chicos solían juntarse para jugar a las bolitas, a la escondida, a la pelota, a las figuritas o a dar vueltas en las bicicletas tipo vaquero, con asiento banana, que eran las que estaban de moda. Había hermanos, vecinos y primos. Eran todos más o menos de la misma edad, alguno quizás un poquito más grande. Luis, María Gracia, Liliana, Daniel, las dos Claudia, Nora, Mumú.

Todas las tardes, mientras ellos andaban haciendo de las suyas por las calles tranquilas de la ciudad todavía mansa, Don Mauro se sentaba afuera de su casa con el vaso repleto de ajenjo helado y les contaba historias disparatas e incomprobables. Cada tanto se paraba e iba hasta la esquina, vaya uno a saber para qué, y volvía al rato, a paso lento, para ocupar una vez más su clásico lugar. Acostumbraba andar con camisa blanca de mangas largas, pantalón marrón y cinturón por encima del ombligo. Eso sí, en los días patrios, Don Mauro se calzaba el atuendo de gaucho, completito, con rastra de monedas de plata, poncho, sombrero y pañuelo anudado al cuello.

El señor, que sabía despertar la curiosidad de los chicos, se jactaba de tener una extraordinaria y envidiable virtud: podía adivinar la hora mirando el reflejo del sol en el piso.

Mauro los reunía a su alrededor y les explicaba en tono severo que su conocimiento provenía del estudio minucioso de viejas civilizaciones y que los relojes modernos no eran elementos fiables, que los hombres que los fabricaban eran tan imperfectos como cualquier otro ser humano que andaba por ahí y que, por esa razón, las temibles máquinas que pretendían señalar el tiempo, siempre fallaban. Los infantes, pasmados y dubitativos, veían cómo el genio clavaba un palo en la tierra y, con el ceño fruncido y los labios apretados, invocando a las ciencias milenarias, dictaminaba con firmeza: seis y media.

Luis, el más alto del grupo, andaba todo el día con un reloj pulsera (Gonzalo también tenía uno, pero un Framont a cuerda que le habían regalado para la comunión y que sólo usaba para salir), de modo que era el único que podía corroborar lo dicho por el sabihondo vecino.

–Seis y media –resoplaba Luis con cierta angustia por no poder refutar los dichos del viejo.

De a poco, gracias a la infinita imaginación de los niños y la sana complicidad de sus padres, que les siguieron el juego, se comenzó a tejer la leyenda de Don Mauro, el adivino del tiempo.

Los años pasaron, los pibes crecieron y Luis, que seguía siendo el más alto del grupo, fue el primero en darse cuenta del truco de Don Mauro; el palo, el sol y las culturas antiguas eran una mentira, el viejo sabía la hora porque desde el lugar en el que se sentaba y levantando un poco la vista se alcanzaba a ver el inmenso reloj de la iglesia.

 

Comentá con tu usuario de Facebook

Dejar respuesta