Por: Iván Giordana.

Entre 1918 y 1921, José Camilo Crotto fue gobernador de la provincia de Buenos Aires. Durante su breve mandato sancionó un decreto que les permitía a los peones rurales que iban de un lado a otro del mapa conforme las cosechas lo requerían, conocidos popularmente como “golondrinas”, viajar gratis en los trenes cargueros cuando estaban vacíos. A partir de ese momento, los pueblos del interior comenzaron a recibir hordas de visitantes a los que despectivamente llamaron “crotos”, haciendo alusión a la condición de trabajadores informales, sin empleo fijo, que vagabundeaban gracias a la gratuidad del transporte legalizada por el dirigente político.

A Sunchales, probablemente por ser el punto medio del camino hacia la zafra tucumana y parada obligada de las formaciones del Ferrocarril Mitre, llegaron unos cuantos. Imagine usted, lector, cómo debe haber repercutido esa extraña presencia en un pueblo joven y pujante de pocos miles de habitantes. Porque no vaya a creer que bajaron del tren impecables, en plena capacidad física y con recursos suficientes como para afincarse aquí. No señor, todo lo contrario.

Lo cierto, y apuntando a la historia que le quiero contar, es que uno de los visitantes que recaló en estas tierras y al que tiempo después llamarían el croto rico, arribó a la ciudad no se sabe cuándo pero permaneció aquí hasta la década del setenta o tal vez hasta la del ochenta.

El croto tenía barba y pelo largo, que llevaba siempre revuelto, y no vestía más que harapos. En sus pies calzaba unas alpargatas apantufladas con deshilachadas suelas de yute y de su hombro colgaba una bolsa grande a medio llenar. Solía pasar por las casas a pedir comida y ropa y cada tanto hacía alguna changa para ganarse unos pesos. Por su andar misterioso, su gris vagabundeo y su aspecto de náufrago urbano, pronto empezó a circular, por lo menos entre los chicos, el rumor de que el zaparrastroso sujeto secuestraba a los niños. Hubo padres que sacaron provecho de la situación y durante años amenazaron a sus hijos con ese cuento para procurar un reordenamiento de conducta. Quien me apuntó esta historia me reconoció que le tenía pavor, y tanto, que cada vez que lo cruzaba en la calle se apartaba corriendo para no caer en sus temibles garras. Sospecho, aunque no me lo reconoció, que debe haber sufrido tenebrosas pesadillas vinculadas al extraño errante.

Un día como cualquier otro, y gracias al número 6006 que había salido a la cabeza en la quiniela, el personaje en cuestión se hizo de unos cuantos billetes y fue, a partir de ese momento, el famoso croto rico (hubo otro también, el entrañable muñeco de una carroza diseñada por Florentino Viale para unos carnavales de los cuales algo le contaré en otra oportunidad).

Con el dinero del premio, que lejos estaba de ser una fortuna, el mítico personaje compró una humilde vivienda en las afueras de la ciudad. En realidad, más que una humilde vivienda era una tapera inmunda y pobretona que, si a quien me lo cuenta no le falla la memoria, quedaba cerca del actual emplazamiento de la máquina de Don Alfredo Rotania, a la vera del camino que llevaba al célebre boliche de la ruta.

Fue allí, en su casucha frágil y malograda, en donde lo encontraron muerto. Dicen que tenía un clavo en el talón y que había fallecido de tétanos, pero como pese a mi aguda pesquisa nadie me lo pudo confirmar todavía, supongo que no es más que otra leyenda urbana de esas que acrecientan el acervo histórico de esta tierra de sunchos.

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