⊗ Este cuento pertenece a la edición número 2 de la revista Hijos del Pueblo, publicada en diciembre de 2014, “Sombras de campo – Relatos de miedo y muerte”. Sucesos paranormales en una vieja casona de campo cerca de Sunchales.⊗

Autor: Cristian Malano.
Ilustración: Marc Schouten Ginard.


Atardecer de abril – año 1934 – finca cercana a Sunchales

Dejó la pava a un costado de la mesa y se levantó a prender la farola. Para entonces el sol proyectaba su fugaz descenso en el occidente y, a través de la ventana, Vicente veía como los últimos rayos de luz invadían la cocina donde se encontraba. La oscuridad de la noche no tardaría en llegar.

Su mujer tejía en el comedor. Si hasta podía oír el repique de las agujas y el suave rechinar de la silla que la hamacaba en las penumbras. Ella tarareaba una melodía que Vicente no pudo reconocer. Era lenta y triste. Oyó risas de complicidad en la habitación contigua y recordó que pronto sería el cumpleaños número diez del pequeño Víctor.

Vicente pertenecía a una estirpe de peones en tiempos donde un apellido en particular sonaba muy fuerte en toda la zona de Sunchales. Su familia, como tantas otras, buscaba un pequeño lugar en el mundo. Y así fue como llegaron a aquella casona, luego de haber aceptado un módico porcentaje de las ganancias de la cosecha.

Cerró la puerta tras de sí y caminó en dirección al molino con su farola como guía. A lo lejos quizá solo haya sido un punto de luz amarillo desplazándose en la noche, pero eso ahora poco importa. Vicente debía comprobar que el molino esté cerrado. Sin embargo, los hechos ocurridos durante los siguientes minutos se sucedieron con tanta rapidez que los ojos del hombre solo verían oscuridad en sus últimos parpadeos. Oscuridad y muerte.

Sintió que algo iba mal cuando su brazo derecho comenzó a temblar, pero cambió de lado el farol y siguió su marcha, sin darle importancia al escalofrío que recorría toda su espalda. De repente, un mareo repentino lo desacomodó de su eje y cayó de lleno al piso. Buscó infructuosamente levantarse de nuevo. Oyó risas. Sintió que una mano lo agarraba con fuerza de la cara y le susurraba al oído algo que no llegaba a comprender. Por la gracia de todos los santos, si la voz era poco menos que un susurro y le destrozaba los tímpanos igual. Sus ojos desorbitados buscaban la luz de la casa para dar aviso a su mujer.

Se golpeó el corazón en un frenético gesto de agonía, mientras veía que la oscuridad se tragaba todo a su alrededor. Intentó gritar, pero su boca solo emanaba una especie de caldo caliente que lo ahogaba con la lentitud de mil demonios. Aspiró una bocanada de aire y volvió a escuchar aquel lúgubre susurro. Luego suspiró. Y fue el último.

El hombre había dejado de respirar.

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