Por: Iván Giordana.

Una calurosa mañana del mes de febrero del año dos mil y pico le pregunté a Igor qué pasaría si de golpe colapsara el sistema informático mundial, por llamarlo de algún modo, e Internet dejara de funcionar para siempre. Él me confesó que su curiosidad nunca había llegado tan lejos pues pensaba en cosas más llanas pero no menos catastróficas (para él, obvio) como lo que sucedería si se terminara la Coca Cola y no habría posibilidad de conseguir una botella en ningún rincón del planeta.

Aquél cuestionamiento sigue inquietando mi espíritu y, por qué negarlo, alimentando mi fantasía. No soy un desestabilizador y mucho menos un terrorista, tampoco me interesa adelantar el apocalipsis, pero manifiesto abierta y públicamente que cientos de veces imaginé la posibilidad de que la red de redes quedara fuera de servicio. Desconozco si técnicamente eso es posible, Internet está yendo y viniendo por el espacio y no se aloja en un servidor mundial que pueda dañarse por un rayo certero o por el ataque de hormigas coloradas hambrientas. No obstante, si mañana nos sorprendiera una tormenta solar como esas que le quitan el sueño a Pole y nos quedáramos completamente desconectados, ¿qué sucedería?

Supongo que los daños serían mayúsculos e incalculables. Las economías se derrumbarían como una fila de dominós, los aviones no podrían despegar ni seguir la ruta asignada, los bancos suspenderían sus movimientos, los sistemas de salud no brindarían respuesta, los barcos navegarían sin rumbo por mares atestados, los teléfonos quedarían mudos, el tránsito sería un gigantesco desconcierto, las bases de datos perderían sus registros, los gobiernos no podrían recaudar, las ciudades conocerían las tinieblas y quién sabe cuántos descalabros más.

Ahora bien, si en algún momento se produjera el síncope de las telecomunicaciones, el planeta entero volvería a ser el que fue hasta hace veinte o treinta años atrás, que equivale a cinco minutos en la historia de la humanidad. El ser humano debería ingeniárselas para sobrevivir tal como lo tuvo que hacer cuando un dinosaurio lo esperaba en la puerta de la caverna y el padre de la familia debió salir a buscar comida. La raza humana recobraría, a mi entender, un par de cosas que hoy mantiene injustamente anestesiadas y que hasta le parecen propiedad de una civilización extinta. La gente volvería a mirarse a los ojos durante las conversaciones, prestaría atención a lo que el otro dice, le consultaría a un caminante dónde queda tal o cual lugar, pintaría graffittis en las paredes para expresar lo que siente, le preguntaría a sus amigos cómo andan poniéndole una mano en el hombro, mandaría una carta para contar lo que le pasa, dejaría de consumir cosas inútiles sólo porque están en oferta en la otra punta del globo, escucharía y visitaría a los viejos, cerraría los ojos para disfrutar de ese olorcito a comida o de ese perfume penetrante que se desprende del cuello cercano, se asombraría con la flor que se abre para recibir al sol, recuperaría la paciencia necesaria para esperar a que los procesos arrojen sus resultados, se ocuparía por aprehender su entorno antes que por mostrarlo, divertiría a su niños con una pelota, una muñeca o una simple cacerola y hasta se atrevería a aburrirse, despertando así su ingenio y su inventiva.

Disculpe si llegué tan lejos, hoy ando con los cables pelados y la posibilidad de un colapso mundial de interconexiones me seduce aun cuando, obviamente, yo también me aproveche de las ventajas que brinda la tecnología. Ahora bien, no puedo evitar pensar que con cada poroto que nos anotamos como seres supuestamente evolucionados, perdemos la tierra fértil en la que plantarlo.

Me atrevo a afirmar que si mañana o pasado el mundo volviera a ser el de antes, yo podría vivir tranquilamente, el único problema es que no sé cómo haría para que usted lea los textos baratos que publico cada semana.

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