Por Conrado Bocco

Palmira ya se había levantado y por eso desperté con el tiritar de la pava. Desde siempre la quitamos del fuego antes del hervor, para que no queme la yerba y malogre el mate. Aquella mañana me calcé camisa, pantalón y alpargatas. Suelen ser frías las noches en la isla, pero nunca pensamos abandonar el rancho grande. Será hasta que la carne aguante. Rancho es una forma de decir, y solo porque su techo a dos aguas es de paja. La cabaña siempre fue fuerte y bien plantada en el desmonte que dejaron hacheros montaraces, antes de ser echados del estero. Palmira sintió el arrastre de mis pies y dio media vuelta en la mesada. El sol de noche estaba en el baño y una vela, en la alacena, dibujaba su robusta sombra en la pared. Abrí la ventana que daba al río, para pronto dejar de andar a tientas. Con manotazo experto, Palmira le hizo viento a la vela y el pabilo se apagó, calladito la boca. La saludé con una sonrisa y un musitar onomatopéyico que entendió como “buen día”. Le di un beso al mate y me mandé para afuera. Había rocío, buena señal de que no habría mosquitos. No había sol, pero el resplandor hacía del agua un filamento cobrizo. Las luces de Santa Fe y Paraná tornaba gemelas las ciudades en media de una madrugada agonizante. Comparten el río que es un gran cordón en el vientre litoraleño. Nacido allá en el mato grosso, se vuelve el más grande humedal del planeta. Recordé mis antiguos trabajos en el túnel subfluvial y las dragas. Entre el sueño y la oscuridad, rozó mi sien el gancho donde colgábamos pescados. Me lavé la cara con agua de la bomba y, en un espejo astillado que pendía de una rama, encontré mi rostro con barbilla de alambre, arrugas que ya escarapelaban mis ojos, el cuero curtido y un cuello incendiado. Guarda silencio de soledad la cara del isleño, aunque no es de tristeza. Solo melancolía con sabiduría. En el patio trasero me aposté al pie de la vaca, para ordeñar como Dios manda. Le alcancé a Palmira el tacho con leche para que le diera una hervida y guardase a los nietos, que de seguro iban a venir. Había nubes grises tirando a negras, pero uno sabe que el viento sur nunca deja llover. Se hizo de día y me perdí en el monte con hacha al hombro, al lomo de un flaco caballo. Traje un atado gordo de troncos y los agregué a la pilastra. Tenía bastante como para llamar al acopiador de los ladrilleros y hacer un dinero. Palmira salió a mi encuentro con un yerbeado con leche. Leche desnatada. Me sonrió y se agarró la cintura con cara de dolor. Si no te sentís bien, me voy solo a ver las abejas. Pero la Palmira es terca desde que la conozco y buena compañera como ninguna. Fue para adentro y ya con su traje calzado me alcanzó el mío. Por un corredor de pastizales pantanosos llegamos a los cajones de colmenas y nos dimos cuenta de que la colonia estaba enferma. Volvimos tristes, pero todavía había tiempo para actuar con algún brebaje. A Palmira la picaron en el muslo y se fue a embadurnar con un poco de barro. Almorzamos lo que había: batata hervida y pescado recalentado. Era un otoño caluroso y siempre es sano descansar en la siesta. Me levanté para salir a pescar. Los niños no vinieron y Palmira, entre enojo y preocupación, se fue hasta lo de Mario, nuestro hijo, con un poco de leche como excusa. La costa es verde en la isla, por camalotes e irupés, dueños del borde del río, que para esa hora, a mis ojos, siempre es de bronce. La corriente lleva pulso de vena, lenta pero imparable, la bajada es amistosa y subí a mi barcaza con el sonido de un crujir goteante de sus maderas. Las olas golpeaban en sus costillas y sentí las cuerdas estirándose en el pequeño embarcadero. Comencé a vadear al ritmo del chillido del palanqueo. Es cuando brazos y remos se vuelven uno. Don Zamora andaba metido con los caballos hasta la cintura, mientras sus hijos miraban desde la costa. Escuchaban chamamé; uno andaba con guitarra calzada y el otro con el acordeón acurrucado en el pecho. Tenían más uñas de guitarrero que de isleños y por eso se terminaron yendo a la ciudad. Antes de entrar al Paraná propiamente dicho, pasé frente de los Schuster, que fueron junqueros en el Uruguay y mimbreros en el delta. Subían a su canoa, al tiempo que mujer y niños salían a despedirlos. Cargaban rollos de alambre y dos piedras grandes. De seguro que se internarían en el madrejón por varios días. El pescador anda tras la suerte, de encontrar su presa, de que el viento no lo asalte o de que un mandubé no lo desangre con su espina. Los Farías estaban con el fusil al hombro atrás de algún yacaré; los saludé y me concentré en la entrada del Paraná. Hice parada orillando un islote y probé suerte con la caña. Se ponía nuboso por el oeste y las nubes se maquillaban rosadas. Recordé a mi padre, a sus relatos de España y Buenos Aires. España, ¿cómo sería España con gente como él? ¿Y cómo sería Argentina sin gente como él? Un tirón me sacudió del ensueño. Solo podría ser un dorado. No hay historias más entrañables en el bañado que no comprendan la pesca de un gran dorado. Me costó entrar en situación de lucha. No era el joven de antes. El viejo y el río. Pero siempre fue más cuestión de mañas que de fuerza. Fue un gran dorado. Sentí que la cena estaba servida y volví con el corazón contento. A la altura de unos albardones hice parada sanitaria y miré por si andaban los carpinchos. Y estaban. Palmira me ayudó a subir la canoa y sonrió al ver tremendo pescado. En la pieza de depósito, pegada a la cabaña, guardamos las cañas y guías. Dejamos la embarcación al costado del pequeño muelle. Prendimos el sol de noche en la cocina para ir preparando la guarnición. Volví a la bajada del río y recogí uno de los remos olvidados. Se me había caído el sombrero de paja y lo regresé a mi cabeza. El sol se escondía lentamente. Escuché un llamado desde el otro lado. En el recodo y sobre un caballo, un sujeto de cara amistosa, con una cámara fotográfica de esas de ahora, me preguntó algo. No lo entendí, pero lo que fuera que haya querido, no me iba a molestar, así que respondí que sí con la cabeza, acompañando con un saludo de baquiano. El hombre de barba y vestimenta de foráneo se alineó a su cámara y sacó al menos una fotografía. Lo saludé, para entonces sí, pasar entre el laurel negro y el timbo blanco, de regreso a la cabaña. Antes de cruzar el dintel giré y él ya no estaba.

Desde aquel tiempo, cada vez que Palmira prepara la leche con chocolate a los niños, ellos toman la caja del cacao y me encuentran en la fotografía. No hay posibilidad alguna de escapar a este relato, para explicarles el motivo de mi imagen en tantos hogares. Quién sabe, tal vez por cientos de años siga siendo el hombre de la caja de cacao.

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6 Comentarios

  1. Cómo me imaginaba historias con la imagen de la caja del Quillá!! Era hermoso observar ese paisaje y dejarse llevar por la imaginación.

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