El rol de las mujeres antes, durante y después del proceso revolucionario de 1810

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Por Roxana Lusso

Luego de más de 2 años sin escribir un artículo en esta página, decidí retomar la escritura con este artículo gracias a mi hermana Romina que hace unas semanas me envió un video que me inspiró con este tema.

Agradezco a Hijos del Pueblo por el espacio siempre disponible para todos.

Y antes de comenzar se lo quisiera dedicar a una gran mujer en mi vida, una luchadora, con un corazón inmenso, una gran madre, una excelente abuela, a mi mamá Graciela que nos dejó hace un par de meses y a la que extrañamos muchísimo.

“Si la historia la escriben los que ganan
eso quiere decir que hay otra historia
la verdadera historia
quien quiere oír que oiga.”

Lito Nebbia

Para comenzar a contextualizar el rol de las mujeres en tiempos de la Revolución de Mayo, podemos nombrar algunas revoluciones que incidieron en algunos de los cambios que luego veremos reflejados en nuestro país: la industrial, la de Estados Unidos, la francesa y la latinoamericana. Con esta última me refiero a la encabezada por Túpac Amaru II y su compañera Micaela Bastidas que tuvo su comienzo en 1780.

El Siglo XVIII fue conocido como el Siglo de las Luces o de la Ilustración, las nuevas ideas “iluminarían” el mundo y la sociedad. Se destacó el despotismo “ilustrado” que conservaba los privilegios de la monarquía absoluta y la aristocracia.

Uno de los rasgos característicos de esta Ilustración fue el interés por la educación, incluyendo a las mujeres.

Las ideas de las Ilustración llegaron a las colonias españolas en América de la mano de escritores franceses e ingleses, de contrabando.

Mucho antes que las criollas de la elite se interesaran por las novedades provenientes de Europa en cuanto a cuestiones políticas, las mujeres de las comunidades quechuas y aymaras se sumaron a los ejércitos rebeldes contra el poder colonial en la revolución andina nombrada anteriormente de Túpac Amaru II. Este levantamiento se realizó contra los impuestos a las ventas aplicados por España en la zona actual del Perú y Bolivia. Algunas mujeres participaban de la logística y abastecimiento y otras en las filas de los combatientes. Las más reconocidas por la historia fueron Micaela Bastidas Puyucawa y Bartolina Sisa.

De acuerdo a los datos extraídos de los libros de Felipe Pigna, Mujeres tenían que ser y Mujeres Insolentes de la Historia sobre los que gira la información sobre cada una de las mujeres que se nombrarán en este artículo, Micaela nació en Pampamarca en 1742 o 1745. En la categorización colonial era zamba, es decir descendiente de africanos por vía paterna y de indígena por vía materna. El 25 de mayo de 1760 se casó con Condorcanqui (Túpac Amaru II) que en ese momento tenía 20 años. La pareja tuvo tres hijos. Micaela habría sido quien convenció a su marido de no tolerar más el maltrato que recibían los “indios”.

Túpac fue entendiendo que debía tomar medidas más radicales. La primera tarea fue el acopio de armas de fuego, vedadas a los indígenas.

Las mujeres tejían mantas con los colores prohibidos por los españoles. Una de ellas sería adoptada como bandera por el ejército libertador. Con los colores del arco iris, aún flamea en los Andes peruanos.

Micaela estuvo siempre junto a Túpac Amaru en esa lucha que se prolongó hasta que un ejército, que reunía a todas las tropas disponibles de los virreinatos del Perú y del Río de la Plata, logró derrotarla en abril de 1781. Al producirse la derrota de los revolucionarios, Micaela Bastidas y la cacica del pueblo de Arcos, Tomasa Condemaita, fueron torturadas, condenadas a muerte y ejecutadas en la Plaza Mayor de Cuzco, junto a los principales jefes. Antes debió presenciar la tortura y muerte de su hijo mayor, Hipólito.

Mientras tanto la revolución andina continuaba. Iniciada en forma paralela a la del Perú por los hermanos Tomás, Dámaso y Nicolás Katari, curacas aymaras de Chayanta, en la intendencia de Potosí, luego se vinculó a la lucha Julián Apaza, que tomó el nombre de Túpac Katari.

En el levantamiento del Alto Perú tuvo un papel fundamental su esposa, Bartolina Sisa. Nacida en el pueblo de Sica-Sica en 1750. Durante el sitio de La Paz, Bartolina comenzó a ser llamada “Virreina” por los sublevados. Capturada por los españoles tras levantarse el sitio de La Paz, Bartolina fue utilizada como rehén para lograr la entrega de su marido. Durante meses se la sometió a torturas reiteradas, hasta que el 5 de septiembre de 1782 los españoles la ejecutaron en la Plaza Mayor de La Paz. Fue ahorcada y luego su cuerpo descuartizado, para exhibir sus partes “como escarmiento” en distintos lugares del Alto Perú. En 1983, el Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América estableció conmemorar cada 5 de septiembre como Día Internacional de la Mujer Indígena. En 2005 el Congreso Nacional de Bolivia reivindicó a la pareja de revolucionarios y declaró a Bartolina Sisa y su compañero Túpac Katari héroes nacionales.

Las repercusiones de la revolución andina llegaron con retraso al resto del Virreinato, en lo que se refiere a la vida cotidiana de las mujeres. Las noticias llegarán a través de Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo, quienes empezaron a interiorizarse de estos intentos revolucionarios.

El primer signo de participación de las mujeres y antecedente de la Revolución de Mayo fueron en las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807.

Para repasar brevemente estos hechos históricos cabe recordar que durante la etapa virreinal, España mantuvo el monopolio con sus colonias americanas, impidiendo el libre comercio, principalmente con Inglaterra.

El 25 de junio de 1806, bajo el Virreinato de Sobremonte, una flota de guerra inglesa desembarcaba en Quilmes y en pocas horas ocuparon Buenos Aires.

El Virrey huyó tratando de salvar los caudales públicos, que luego fueron capturados por los ingleses. El jefe de la expedición William Carr Beresford decretó la libertad de comercio.
La mayoría de la población, en contra de los invasores e indignados ante la ineptitud de las autoridades españolas, decidieron prepararse para la resistencia. Aparece en escena el marino francés Santiago de Liniers quien organizó las tropas para reconquistar Buenos Aires.

Las mujeres del pueblo participaban en la defensa de la ciudad, luchando a la par de los hombres con idéntico fervor y heroísmo. Una de las mujeres que se encuentran en los partes oficiales es Manuela Pedraza o Manuela la Tucumana.

Aunque no hay datos precisos, las crónicas dicen que había nacido en la provincia de Tucumán y que estaba casada con un cabo, quien participaba de los combates por la reconquista.

En los combates del 11 de agosto de 1806, el cabo fue fatalmente herido por el disparo de un soldado británico. Manuela, que había presenciado todo, tomó el fusil que había dejado caer su marido y luchó cuerpo a cuerpo con el soldado que la había dejado viuda. Finalmente, logró darle muerte y como trofeo de guerra, le quitó el arma que luego le entregó a Liniers.

Por su bravura y para que su nombre no fuese olvidado, Liniers la declaró heroína distinguida y consiguió que el rey le diese el grado de subteniente de infantería con goce de sueldo de por vida, algo insólito para la época, sobre todo tratándose de una mujer y criolla. Pese a ello, después de la Revolución de Mayo, Manuela terminó viviendo en la miseria.

En 1893, Buenos Aires, la ciudad que la Tucumana había defendido con tanto coraje, le rindió un merecido homenaje bautizando una calle con su nombre.

Finalizando la década de 1960, la cantante Mercedes Sosa, le rindió homenaje a través de la canción “Manuela la Tucumana” del disco Mujeres argentinas, grabado en 1969 con letra de Félix Luna y música de Ariel Ramírez.

“No duerme Buenos Aires / las mechas arden
cuarenta mil valientes / solo un cobarde
con un fusil de chispas / y muchas ganas
peleó Doña Manuela / la tucumana.
Este triunfo ganaron / nuestras mujeres.
Las hembras han peleado / como varones
las ollas en sus manos / fueron cañones…”

Si la quieren escuchar completa, les comparto este link a You Tube: https://www.youtube.com/watch?v=0z4ZtUWyysw.

Pocas semanas después, Liniers y su gente obligaron a Beresford a rendirse el 12 de agosto de 1806.

Ante la ausencia del Virrey Sobremonte, un Cabildo abierto le otorgó a Liniers el mando militar de la ciudad.

Frente a la posibilidad de una nueva invasión, los vecinos se movilizaron para la defensa formando las milicias ante el fracaso de la tropa española.

En cada milicia, los jefes y oficiales fueron electos por sus integrantes democráticamente, allí se destacaron Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Martín Rodríguez, Hipólito Vieytes, Domingo French, Juan Martín de Pueyrredón y Antonio Luis Berutti.

El 28 de junio de 1807, nuevamente tropas británicas desembarcaron en las costas bonaerenses de Ensenada y tras derrotar las fuerzas locales, avanzaron hacia Bueno Aires en un nuevo intento por apoderarse de la colonia española.

El 5 de julio los ingleses intentaron ingresar a la ciudad con el objetivo de tomarla, pero se encontraron con la resistencia de los vecinos, sumados a la llegada de Liniers y los hombres que estaban a su mando.

Durante la defensa de la ciudad de Buenos Aires se recuerda a las porteñas arrojando desde las azoteas de sus casas “aceite hirviendo” a las fuerzas británicas. Este hecho es muy poco probable, ya que la mayoría de las casas donde se produjeron los combates no tenían azotea a la calle y porque el precio del aceite en la ciudad era bastante alto. Se sabe que arrojaron grasa hirviendo, agua caliente y todos los objetos contundentes que estaban a su alcance. Lo cierto es que sí combatieron y estuvieron en la línea de fuego, algunas disparando, otras recargando los fusiles de los hombres de las milicias y otras cumpliendo tareas de espionaje.

Uno de estos casos fue el de Martina Céspedes (1762-1807), viuda, dueña de un pequeño negocio de despacho de bebidas del barrio de San Telmo que, junto con sus tres hijas, ideó la forma de contribuir a la lucha. Los ingleses irrumpían en casas y pulperías en busca de alimentos y alcohol, doce integrantes de la tropa invasora tuvieron la mala idea de golpear la puerta del boliche de Martina. La dueña de casa les abrió y les dijo que los atendería con la condición de que entraran de a uno. A medida que fueron ingresando, les servían una copa tras otra de aguardiente y aprovechando el estado de borrachera de los soldados, las mujeres les fueron quitando sus armas y los convirtieron en prisioneros atándolos en el sótano de la casa. Martina le entregó a once de los prisioneros ingleses a Liniers, quien le otorgó el grado y uniforme de sargento mayor. ¿Qué pasó con el inglés que faltaba? Parece que Josefa, una de las hijas de Martina, se enamoró de su prisionero inglés y la historia terminó en casamiento.

El 7 de julio de 1807 los ingleses finalmente aceptaron la rendición.

Otras de las mujeres que pasó a la historia en esta época fue Marie Anne Périchon de Vandeuil (1775-1847), más conocida como Anita Perichón o la “Perichona”.

Dicen que todo empezó el 12 de agosto de 1806, cuando Santiago de Liniers, el héroe de las invasiones inglesas, virrey por decisión de los vecinos, desfilaba con su ejército. Alguien arrojó a sus pies un pañuelo como homenaje, Liniers lo recogió con su espada y al contestar el saludo pudo ver a Anita.

Había nacido en 1775, en la isla de Reunión, en el océano Índico y llegado a Buenos Aires en 1797 con Thomas O’Gorman, su marido, con el que se había casado muy joven. A poco de llegar, O’Gorman compró campos, aunque también cometió el error de colaborar con el enemigo inglés, lo que le costó primero la cárcel y finalmente, la expulsión del Virreinato.

Su esposa Anita se quedó en Buenos Aires y empezó una relación con Liniers, convirtiéndose en uno de los escándalos de la ciudad en esos momentos.

Se instaló en casa de Liniers y llegó a usar uniforme militar y pasearse montada a caballo.

La hija de Liniers quería casarse con el hermano menor de Anita. Esto fue demasiado para el Virrey, quien acusó a su amante de conspirar contra él y la expulsó a Río de Janeiro.

En su nuevo destino, Anita siguió organizando tertulias que reunían a enemigos de Liniers, y se hizo de un nuevo protector y amante: Lord Strangford, el representante británico en Río de Janeiro. Esto no le gustó a la princesa Carlota, hermana del rey Fernando VII, y Anita fue nuevamente expulsada, esta vez de Brasil.

Las autoridades españolas de Montevideo y de Buenos Aires le negaron a Anita el permiso para desembarcar, por lo que tuvo que esperar hasta después de la Revolución de Mayo para que la dejasen bajar a tierra, aunque le pusieron como condición que debía vivir lejos de la ciudad.

Anita permaneció encerrada en la estancia familiar de La Matanza los restantes treinta años de su vida, mientras se casaban sus hijos y nacían sus numerosos nietos. Entre ellos, la también conocida Camila O’Gorman.

Para 1809, el nuevo Virrey Cisneros estaba próximo a llegar a Buenos Aires y Liniers debía entregarle el mando.

Cisneros tenía espías en la ciudad, quienes le informaron que se estaba tramando una conspiración en su contra y que Juan Martín de Pueyrredón era el cabecilla. El futuro virrey no lo dudó y mandó a encerrar al conspirador en el Regimiento de Patricios. Su plan era enviarlo a España. Pero Juan Martín seguía divulgando sus ideas revolucionarias incluso desde la cárcel, por lo que Cisneros ordenó su traslado a un cuartel donde pudieran custodiarlo mejor.

El jefe del regimiento, Cornelio Saavedra, se opuso e incluso se ofreció como garantía de conducta del preso. Pero fue su hermana Juanita Pueyrredón (1775-1812) la que consiguió todo. Primero, se presentó ante el representante de Cisneros, a quien convenció de postergar el traslado. El hombre comentó luego cuánto lo impresionó la belleza de la dama.

Después, Juanita fue hasta el cuartel de Patricios para hablar con los guardias que custodiaban a Juan Martín, a quienes les pidió que lo dejasen huir. La tropa escuchó silenciosa, pero con respeto. Dos horas más tarde, el comandante Pueyrredón se escapaba por una de las ventanas del cuartel. Primero, se refugió en casa de amigos, para luego partir a Brasil, hasta que con la Revolución de Mayo de 1810 pudo regresar al país.

Su hermana Juanita quien se había casado a los 15 años y tuvo 14 hijos, siguió donando parte de su fortuna personal a la causa independentista hasta su fallecimiento, en 1812, a los 37 años. Antes de morir escribió su testamento donde pidió que fuera sepultada sin ninguna pompa y dejó en herencia buena parte de sus bienes a sus hijas mujeres.

En vísperas de la Revolución de Mayo, la política empezó a instalarse como tema de conversación en las familias, en los mercados, en las iglesias, tertulias, entre otras.

Las mujeres empezaron a aparecer adhiriendo a la causa revolucionaria, pero sólo como apoyo o acompañando las decisiones tomadas por los hombres. El papel de las mujeres aún era el de madres criando a sus hijos, organizando el hogar y la familia. Algunas también como mano de obra en la producción, auxiliares en el frente o como principal sostén del hogar ante la ausencia de maridos e hijos.

Gilda Manso, autora del libro “La historia argentina contada por mujeres”, sostiene: “La historia la contó el patriarcado. Las mujeres estaban ahí, pero fueron invisibilizadas porque las cosas que hacían, supuestamente, no eran imprescindibles. La normalidad era eso, que se ocuparan de la casa o sus hijos. Cuando la Revolución tuvo lugar, y los hombres se vieron obligados a luchar o a buscar trabajos en otras ciudades, ellas tuvieron que hacerse cargo de los comercios familiares, de las estancias, de los negocios. Fueron fundamentales para mantener la vida por fuera de la batalla. Esto, al parecer, no era importante”.

Adolfo P. Carranza, en su libro Patricias Argentinas hace mención a una de las mujeres protagonistas de esta época, Casilda Igarzábal de Rodríguez Peña. Casada con Nicolás Rodríguez Peña, fue una de las mujeres adineradas que se sumaron a la lucha contra el Virreinato. Su esposo, junto con Hipólito Vieytes, eran dueños de la Jabonería Vieytes, centro de encuentro para debatir las corrientes filosóficas y culturales de la época o sobre los movimientos emancipatorios que se daban en Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos, al punto de convertirse entre los años 1804 y 1810 en una de las sedes deliberativas y secretas del Partido de la Independencia. Si bien Casilda no participaba de esas reuniones clandestinas, que eran privativas de los varones, sí se sumaba a las tertulias que compartía con Mariquita, Flora de Azcuénaga, Melchora Sarratea y las señoras Mercedes Lasala de Riglos, Isabel Agrelo o Ana Estefanía Riglos, varias de las cuales no sólo ponían los salones de sus mansiones a disposición de las reuniones clandestinas de los criollos revolucionarios, sino que hicieron importantes donaciones en dinero y joyas para equipar a la expedición que partiría en 1810 al Alto Perú.

Hay una versión que indica que en la madrugada del 18 de mayo de 1810, Casilda Igarzabal fue la que convenció junto a otras esposas de la alta sociedad porteña al comandante del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra, para que se reuniera con Manuel Belgrano y Juan José Castelli con el fin de conspirar contra el Virrey Cisneros, reunión que culminó con el Cabildo Abierto del 22 del mismo mes. Sin embargo, esos datos no están actualmente certificados.

 

Para contextualizar este hecho es necesario mencionar que a principios de mayo de 1810 llegó la noticia a Buenos Aires que el Rey Fernando VII había caído prisionero de los franceses y la Junta Central de Sevilla había sido disuelta. El Virreinato había quedado vacante de autoridades.

Comienza entonces la conocida “semana de Mayo” que comenzó el 18 de mayo de 1810, siguió con el Cabildo abierto del 22 de mayo, la formación de una Junta de Gobierno, culminando el 25 de mayo con la conformación de la Primera Junta presidida por Cornelio Saavedra, con sus secretarios Mariano Moreno y Juan José Paso. El gobierno virreinal había llegado a su fin.

De esta manera comenzaba un período revolucionario tanto en lo político, pero también en lo económico y social para lograr una sociedad más igualitaria y moderna.

Al trabajo que ya realizaban las mujeres se sumaron tareas que ocupaban sus maridos e hijos, enviados a los ejércitos.

El proceso independentista iniciado en 1810 generó para las clases populares un contexto más favorable donde plantear sus demandas y brindó algunas oportunidades de ascenso social antes desconocidas.

Para los esclavos también produjo algunos cambios: muchos de ellos se sumaron a los ejércitos como libertos, bajo la promesa de que obtendrían su libertad una vez culminada la guerra.

Este es el caso de María Remedios del Valle (1766 o 1767–1847), nacida en Buenos Aires. Según el sistema de castas vigente en la época era “una parda”. Lamadrid no duda en llamar a esta argentina de origen africano como “la Madre de la Patria”.

Desde el 6 de julio de 1810, cuando partió la primera expedición destinada al Alto Perú al mando de Ortiz de Ocampo, acompañó a su marido, a un hijo de sangre y a otro adoptivo, los tres muertos en esas acciones. La “parda” María, como se la menciona en algunos partes militares, combatió en Huaqui (20 de junio de 1811), vivió la retirada del Alto Perú y luego el éxodo jujeño. Volvió a combatir en las victorias de Tucumán y Salta y en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, siempre junto a su general Belgrano que la había nombrado capitana. En esta última batalla fue tomada prisionera por los realistas Pezuela, Ramírez y Tacón, que la condenaron a ser azotada públicamente a lo largo de nueve días. Pero María pudo fugarse y reintegrarse a la lucha contra el enemigo operando como correo en el territorio ocupado por los invasores. En los expedientes que se encontraron de la época se menciona que estuvo siete veces a punto de ser fusilada, y que a lo largo de su carrera militar recibió seis heridas graves de bala. No fue fácil que las autoridades de Buenos Aires le reconocieran el grado de capitana, con el sueldo correspondiente, pero lo logró aunque luego de la independencia, como ocurrió con tantas otras y tantos otros patriotas, el Estado dejó de pagárselo.

Cuentan que el general Viamonte, que había estado al mando del Ejército del Perú, se la encontró un día harapienta y limosneando, y al reconocerla exclamó: “¡Es la Capitana, es la Madre de la Patria!”. Luego, desde su banca en la Legislatura bonaerense, insistió para que se hiciera justicia con María. Lo mismo hicieron otros militares que habían sido testigos de todo lo que esta mujer había dado por la libertad de este suelo.

Finalmente, en 1828 le concedieron un sueldo de capitán de Infantería (30 pesos mensuales). Dos años después, Rosas mejoró su situación dándole el grado de sargento mayor, por lo que María Remedios decidió adoptar un nuevo nombre: Mercedes Rosas, que mantuvo hasta su muerte, el 8 de noviembre de 1847. En su memoria, ese día fue declarado como el “Día Nacional de los/as afroargentinos/as y de la cultura afro”.

Fue mujer, negra y pobre. Su historia como “Madre de la Patria” recién empezó a conocerse gracias al reclamo de visibilización de las mujeres y de los y las afrodescendientes.

Otro de los papeles de las mujeres de entonces fue el denominado “agentes de inteligencia”. En este sentido destaca la esposa de Mariano Moreno, María Guadalupe Cuenca (1790-1854). En sus cartas, que nunca llegaron a destino dado que su marido había muerto en alta mar sin recibirlas, aparte de las muestras de afecto y amor, lo mantenía informado de lo que sucedía en Buenos Aires en esos momentos. Algunos fragmentos así lo demuestran:

“Moreno, si no te perjudicas procura venirte lo más pronto que puedas o hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir. No tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen y participen de tus disgustos; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? No hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios […]”

“Los han desterrado, a Mendoza, a Azcuénaga y Posadas; Larrea, a San Juan; [Rodríguez] Peña, a la punta de San Luis; Vieytes, a la misma; French, Beruti, Donado, el Dr. Vieytes y Cardoso, a Patagones; hoy te mando el manifiesto para que veas cómo mienten estos infames. Del pobre Castelli hablan incendios, que ha robado, que es borracho, que hace injusticias, no saben cómo acriminarlo, hasta han dicho que no los dejó confesarse a Nieto y los demás que pasaron por las armas en Potosí, ya está visto que los que se han sacrificado son los que salen peor que todos, el ejemplo lo tienes en vos mismo, y en estos pobres que están padeciendo después que han trabajado tanto, y así, mi querido Moreno, ésta y no más, porque Saavedra y los pícaros como él son los que se aprovechan y no la patria, pues a mi parecer lo que vos y los demás patriotas trabajaron está perdido porque éstos no tratan sino de su interés particular, lo que concluyas con la comisión arrastraremos con nuestros huesos donde no se metan con nosotros y gozaremos de la tranquilidad que antes gozábamos.”

Lo de ellos fue amor a primera vista. En 1804, mientras visitaba una tienda, Moreno quedó impresionado por la belleza de una joven que aparecía retratada en un camafeo. Preguntó si esa muchacha existía y le contestaron que sí, que tenía 14 años y se llamaba María Guadalupe Cuenca.

Moreno no paró hasta dar con ella. Se cruzaron las miradas y Guadalupe, destinada por su madre a ser monja, halló en el amor por Moreno el argumento más firme para negarse a la reclusión del convento. Mariano y Mariquita, como la llamaba su compañero en la intimidad, se casaron el 20 de mayo de 1804 y un año después nació Marianito.

Por esos días, el joven abogado estaba dando sus primeros pasos profesionales y defendiendo a indígenas explotados y a viudas que no cobraban sus pensiones. Como consecuencia, las autoridades españolas empezaron a perseguirlo, hasta que las cosas se pusieron demasiado feas y Moreno se marchó a Buenos Aires con su familia.

Se sumó a los independentistas y fue un activo protagonista de la Revolución de Mayo, donde ocupó el cargo de secretario de la Primera Junta. Mientras, María Guadalupe criaba a Marianito y cuando su marido llegaba a casa, mate de por medio, compartían lecturas y largas conversaciones. Moreno quería la independencia absoluta de España y pudo concretar varias de sus ideas revolucionarias: creó la biblioteca pública y fue el promotor de la igualdad entre criollos e indígenas y de la educación popular.

Eso le hizo ganarse enemigos dentro de los sectores conservadores que respondían al presidente de la Primera Junta, Cornelio Saavedra, y a fines de 1810, dispuestos a sacárselo de encima, lo mandaron en una misión a Londres, en un viaje del cual no regresaría. A poco de partir, Moreno se sintió enfermo y murió en un confuso episodio.

María Guadalupe quedó sumida en la pobreza, recibiendo una pensión miserable en compensación por los servicios prestados a la patria por su marido.

Dicen que los 4 de marzo se iba hasta el río para arrojar unas flores rojas.

“Ay mi Moreno de mi corazón, no tengo vida sin vos, se fue mi alma y este cuerpo sin alma no puede vivir.” (9 de Mayo de 1811, de las cartas de María Guadalupe a Mariano Moreno).

También la cantante Mercedes Sosa la incluye en el disco Mujeres argentinas, mencionado anteriormente. “Las cartas de Guadalupe” se titula, comparto el link a You Tube si la quieren escuchar: https://www.youtube.com/watch?v=72Zb-0nikNc.

Otra de las mujeres destacadas y referente de las mujeres de la elite rioplatense fue Mariquita Sánchez, en realidad María de Todos los Santos Sánchez de Velazco Trillo (1786-1868), que ya había dado muestras de su voluntad al enfrentar a sus padres para casarse con Thompson.

Mariquita tuvo acceso a la educación y las lecturas. En muchos aspectos no dejaba de ser una exponente de su clase social. Por ejemplo, en lo que se refiere al “orgullo de casta”, como lo puso en evidencia en sus proyectos educativos, en los que siempre conservó el criterio de diferenciar a los sectores de elite de los populares. Estando al frente de la Sociedad de Beneficencia, mantuvo escuelas separadas para niñas blancas y para niñas pardas. En cambio, tenía puntos de vista mucho más avanzados en lo que se refería al matrimonio y el papel de la mujer en la familia.

El primer signo de rebeldía de Mariquita fue negarse a casarse con Diego del Arco, el candidato que le habían elegido sus padres. Ella tenía 14 años, y el comerciante español con el que querían casarla, 50. Mariquita estaba enamorada de su primo segundo Martín Thompson, que era oficial de la Marina.

Sus padres se negaron por completo a la relación con Thompson, pero los dos jóvenes siguieron encontrándose en secreto, hasta que los descubrieron y los Sánchez movieron sus influencias para que el joven fuese trasladado de Buenos Aires a Montevideo. Luego lo mandaron a España.

Esto no detuvo a Mariquita que se presentó ante las autoridades para dejar por sentado que quería casarse con Thompson. Sus padres la recluyeron en un convento.

En 1804, después de tres años en los que los enamorados habían intentado todo para lograr la aprobación familiar, Mariquita decidió contarle su caso al virrey Sobremonte, que era la autoridad máxima. En la carta que le escribió, la joven le habló de sus “derechos” y le pidió que hiciera justicia para que ella pudiera casarse con Thompson, “porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen”. Finalmente, el virrey dio su permiso para la boda.

Unos años más tarde escribirá:

“El padre arreglaba todo a su voluntad. Se lo decía a su mujer y a la novia tres o cuatro días antes de hacer el casamiento; esto era muy general. Hablar de corazón a estas gentes era farsa del diablo; el casamiento era un sacramento y cosas mundanas no tenían que ver en esto, ¡ah, jóvenes del día!, si pudierais saber los tormentos de aquella juventud, ¡cómo sabríais apreciar la dicha que gozáis! Las pobres hijas no se habrían atrevido a hacer la menor observación, era preciso obedecer. Los padres creían que ellos sabían mejor lo que convenía a sus hijas y era perder tiempo hacerles variar de opinión. Se casaba una niña hermosa con un hombre que ni era lindo ni elegante ni fino y además que podía ser su padre, pero hombre de juicio, era lo preciso.  De aquí venía que muchas jóvenes preferían hacerse religiosas que casarse contra su gusto con hombres que les inspiraban aversión más bien que amor. ¡Amor!, palabra escandalosa en una joven; el amor se perseguía, el amor era mirado como depravación.”

Mariquita reafirmó su fama de mujer valiente y empezó a organizar tertulias en su casa. A estas reuniones asistían los patriotas criollos. Desde 1808, su casa y las tertulias de la calle “del Empedrado” o “del Correo” (actual calle Florida al 200) constituyó un centro de la política pro revolucionaria. Hombres como Juan Martín de Pueyrredón, Nicolás Rodríguez Peña, Bernardo de Monteagudo, y Carlos María de Alvear, entre otros, tejieron y destejieron alianzas políticas, en la formación de asociaciones públicas, como la Sociedad Patriótica o secretas, como la Logia. De hecho, de Mariquita se ha dicho que estuvo al frente de la organización patriótica “el complot de los fusiles” surgida en 1812 con el propósito de reunir fondos para armar los ejércitos patriotas. Se dice también que en su salón se interpretó por primera vez el Himno Nacional, aunque ella no lo menciona en ningún escrito ni en sus memorias.

En los 14 años que estuvo casada con Thompson tuvieron cinco hijos, hasta que él murió en 1819. Al año siguiente, Mariquita volvió a casarse, esta vez con un comerciante francés Jean Baptiste Washington de Mendeville con quien tuvo tres hijos, del que luego, en otro acto de rebeldía, se separó. Mantuvo activo su salón como centro de la vida social porteña hasta que murió en 1868. La revolución le permitió resignificar el ámbito doméstico y posicionarse como una mujer capaz de trascender lo privado y situarse en el ámbito de lo público, además de establecer lazos con otras mujeres y apoyar el proceso revolucionario.

Igualmente rica y tan poco convencional como Mariquita Sánchez, la figura de María Magdalena Dámasa Güemes (1787-1866) posiblemente resalte aún más políticamente por las situaciones que le tocó vivir. Nació en Salta, sociedad mucho más conservadora, donde las diferencias de clase y de casta eran más pronunciadas que en Buenos Aires.

La familia Güemes se destacaba entre los integrantes de la elite. Tanto Magdalena, familiarmente apodada “Macacha”, como su hermano Martín Miguel y su marido, Román Tejada Sánchez (con quien se casó en 1803), pertenecían a los hacendados criollos.

Macacha aprendió a leer a los cinco años, cosa poco frecuente para la época, y su maestro fue su padre, algo también poco habitual para la época. También estudió flauta y piano.

Desde 1810, los hermanos Güemes estuvieron entre los primeros partidarios salteños de la revolución, en contra del gobernador Nicolás Severo de Isasmendi.

Cuando llegó a la provincia la expedición al Alto Perú comandada por Castelli y Balcarce, organizaron milicias de apoyo.

La primera aparición pública de Macacha tiene que ver con la defensa de su marido, el capitán Román de Tejada, que había sido confinado a Famatina por ofender a su camarada de armas en la Compañía de Patricios, el sargento primero José Luis Pacheco, en presencia de oficiales del cuerpo. Macacha hizo un reclamo y logró que cesara la condena de su marido y que el capitán volviera a su puesto, a su ciudad y a su lado.

En 1815, Martín Miguel de Güemes fue nombrado gobernador de Salta por voluntad popular.

En 1816, Macacha actuó de mediadora entre su hermano y las fuerzas del gobierno, comandadas por José Rondeau, que estaban a punto de enfrentarse.

El conflicto entre Güemes y Rondeau llegó a oídos del director supremo Álvarez Thomas, quien decidió enviar una expedición al mando del coronel Domingo French para mediar y socorrer a las tropas de Rondeau varadas en el norte salteño.

La llamada Paz de los Cerrillos, firmada el 22 de marzo de ese año gracias a la mediación de Macacha, establecía que Salta seguiría con sus métodos de guerra gaucha bajo la conducción de Güemes y brindaría auxilio a las tropas enviadas desde Buenos Aires.

Mientras su hermano se encontraba fuera de la ciudad, las riendas del gobierno salteño estuvieron en manos de Macacha, quien una y otra vez se encargó de desbaratar conspiraciones en su contra.

Tras la muerte de su hermano en 1821, Macacha siguió al frente de la «Patria Vieja», de la que participaban otras mujeres, como su madre Magdalena Goyechea y sus sobrinas Cesárea y Fortunata de la Corte, entre otras. En medio de las disputas por el poder entre miembros de la elite, en septiembre de 1821, Macacha, su madre, su esposo y otros “güemistas” fueron detenidos. Se produjo entonces la “Revolución de las Mujeres”, en las que el gauchaje se sublevó y saqueó la ciudad de Salta para poner en libertad a la madre y la hermana del caudillo, que para entonces era apodada “Madre del Pobrerío”.

Macacha, que adhirió al partido federal, continuó participando en esa agitada vida hasta 1840. Para entonces se había convertido en una figura reconocida más allá de las banderías políticas. En 1866, murió en Salta a los 90 años, completamente retirada de la actividad pública.

“Macacha Güemes tus ojos,
son dos luceros en guerra;
por eso hasta las guitarras
te copiaron las caderas.
Mamita del pobrerío,
palomita mensajera;
que entre el gauchaje lucía
lo mismo que una bandera…”

“La Macacha”, con letra de Jaime Dávalos, comparto también el link si la quieren escuchar: https://www.youtube.com/watch?v=kb9K4oq6jis.

En este contexto de fuerte politización femenina abierto por la revolución, se destacaron también otras mujeres de la elite criolla quienes organizando tertulias incidieron en las decisiones políticas generando negociaciones, estableciendo tanto acuerdos como disensos.

Entre ellas se puede mencionar a Flora Azcuénaga, Bernarda Rocamora, María Buchardo, Trinidad Mantilla, Guadalupe Cuenca, Melchora Sarratea y Ana Riglos.

Para cerrar cito una reflexión de la Dra. en Historia Valeria Pita, investigadora del Instituto de Investigación de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y del Conicet quien sostiene que “reconocer la variedad de acciones y experiencias en las que las mujeres participaron en el ciclo revolucionario es un ejercicio de desmitificación que implica desplazar tonos heroicos, excepcionales o románticos, para dar lugar a la escritura de una historia capaz de situar a las mujeres en la historia y, a la par, devolver la historia a las mujeres”.

Si les gustó el artículo y la temática, para el 9 de Julio continuaremos con la segunda parte: el rol de las mujeres en el proceso independentista, además de compartirles material para los docentes que quieran trabajar estos temas en el aula.

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