Por: Iván Giordana.

Doña María era una mujer cálida, cariñosa. De pocas palabras, su alma era diáfana y su piel esponjosa. Tenía el pelo muy largo y fino, plateado por los años. Vivía junto a su marido en el campo ordeñando y criando animales. Como solía suceder en aquellos tiempos, además de encargarse de la comida y la limpieza de la precaria construcción que habitaban, ayudaba con el acarreo de leña, hombreaba bolsas de semillas y reparaba herramientas.

Todas las tardecitas se sentaba en su mecedora bajo la galería a mirar un punto fijo, lejano, cual navegante que sondea el horizonte en busca de un faro esperanzador. Y en ese contemplar hacía un raro juego con sus dedos, esos dedos de manos rústicas cuando trabajaba pero tan delicadas cuando acariciaba.

El último día del mes de mayo Doña María amaneció con un extraño malestar.

– Siento náuseas, me repugna el olor de las vacas y me pesan las piernas, creo que estoy embarazada -le dijo a su marido camino al tambo.

– Temprano iremos al pueblo para ver al Dr. López  -contestó Don Felipe, rudo y opaco como de costumbre.

Esa mañana, cerca del mediodía, llegaron a La Rubia para consultar al médico. Efectivamente, Doña María estaba embarazada por primera vez a sus cuarenta y dos años.

Junio y julio la encontraron débil, agosto y septiembre la trataron un poco mejor pero octubre la dejó en reposo obligado hasta mediados del mes siguiente. El dieciséis de noviembre los dolores se hicieron insoportables así que Felipe cargó a su esposa en la volanta y salieron con premura para ver al Dr. López.

A la tarde nació el varón, Felipe como su padre, con un escuálido cuerpecito que pesaba sólo un kilo y cien gramos. La partera lo arropó  y el médico lo puso adentro de una caja de zapatos:

– Tome, Doña María, y vuelva cuando…

– ¿Cuándo qué?

El verano y los cuidados de Doña María hicieron de Felipe un bebé resistente que se transformó en un niño enérgico que a los seis años ya ayudaba a sus padres en el tambo.

Desde aquél  16 de noviembre de 1944 Felipe fue presidido por veinticinco hombres y dos mujeres, acompañó a su madre a votar por primera vez, se mudó a Sunchales con lo poco que tenía, recibió con sorpresa a la televisión y al teléfono, bailó con los muchachos del Club del Clan, aceleró con el Chueco Fangio y pegó duro con Monzón, pagó con Moneda Nacional, con Peso Ley, con Peso Argentino, con Australes, con Letras de Cambio y con más Pesos, oyó hablar de un tal Borges, se deslomó para llevar el pan a casa cuando estaban los militares y cuando mandaban los civiles, el peronismo no le facilitó la faena diaria, el radicalismo tampoco, mandó ropa y chocolates a Malvinas, sufrió estanflación, inflación y hasta la híper, se acostumbró a ese vertiginoso fenómeno llamado globalización, despidió horrorizado a Favaloro, le acorralaron los ahorros, se jubiló, se espantó ante tanta corrupción, lloró cuando Francisco se asomó al balcón y, mientras tanto, edificó su propia familia.

Hoy Felipe mira el mundo que nadie creyó que vería desde sus anteojos bifocales y acomodándose la boina que le cubre los tres pelos que le quedan, me dice:

– El Dr. López murió hace muchísimos años, probablemente de tanto esperarme.

 

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