Por: Iván Giordana.

Hace más de treinta y cinco años, cuando las frases famosas tenían autor reconocido y no andaban circulando por medio mundo con la firma de cualquier badulaque que se las atribuía, John Lennon dijo, palabras más o menos, que “la vida es eso que pasa mientras estás haciendo otros planes”.

Por estos lares, mi sabio amigo Eladio, a quien ustedes conocen de sobra (http://hijosdelpueblo.com.ar/eladio-y-la-imposibilidad-de-volver/), sostiene que el enunciado del célebre cantante está directamente relacionado con los estudios científicos que hablan sobre la subjetividad del tiempo.

Fiel a su costumbre de cautivarme con sus ideas, hace una pausa esperando que muerda el anzuelo porque sabe que me sentaré a su lado para escucharlo con atención. Con los pies en remojo para aflojar las durezas, hojeando despreocupado una revista Para Ti otoño invierno 1994 y advirtiendo que el sahumerio de lavanda que aromatiza el ambiente es el último del paquete y que sólo le quedan de pachuli, comienza a desovillar su intrincada doctrina.

“El tiempo, a pesar de ser una unidad de medida universal y estar regida por la exactitud y la rigurosidad, tiene un componente subjetivo importantísimo que hace que no todas las personas ni en cualquier circunstancia lo perciban de la misma forma. Cuanta mayor expectativa se ponga en el desplazamiento de las agujas, tanto más lento parecerá el movimiento para el cerebro; como contrapartida, cuando la atención se enfoque en una actividad entretenida o dificultosa que haga olvidar el reloj, la mente desatenderá el componente temporal y así los minutos se escurrirán como el chancho enjabonado de la fiesta del pueblo. Para que usted pueda despejar sus dudas y distender su frente arrugada, le daré ejemplos. Supongamos que usted está leyendo un buen libro, practicando su deporte favorito, mirando la última película de la bella Natalie Portman, remontando un barrilete, a punto de conquistar toda Europa en el TEG o simplemente comiendo un asado con amigos, ¿no siente que las horas pasan deprisa? Pensemos ahora que usted está sentado en la sala de espera del consultorio del proctólogo, llevando a su suegra a pasear en auto un domingo de invierno a las cinco de la tarde, aguardando ansioso el final de la jornada de trabajo previa al inicio de sus vacaciones o escuchando una disertación sobre la evolución de aparato digestivo de los ornitorrincos, ¿se atrevería a decirme que no golpea el reloj para cerciorarse de que sigue marchando? Es así, mi querido amigo, aunque parezca una locura, el tiempo no transcurre de la misma manera para todos”.

Me despido de Eladio convencido de que es el más iluminado de todos mis conocidos.

Llego a casa, encuentro una nota sobre la mesa que dice “acordate de buscar a los chicos a las seis y media”. Levanto la vista y miro la hora. Ocho menos diez. No sé dónde y por qué perdí tanto tiempo. Eladio tiene razón.

 

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