Por: Iván Giordana.

En la antigua Grecia y allá por el Siglo VI a. C. el famoso filósofo Heráclito, o también conocido como “El oscuro de Éfeso”, dijo algo así como que “en los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos”, aforismo que más adelante se tradujo, palabras más o menos, en “ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”.

Por estas tierras, mi ilustrado amigo Eladio, a quien ustedes ya conocen, cita aquella frase para afirmar, sin temor a equivocarse, que ni los seres vivos ni las cosas pueden volver al estado en que estaban.


[Nota de Hijos del Pueblo]
¿No sabés quién es Eladio? Hacé click y accedé al siguiente artículo: ELADIO, FILÓSOFO AUTÓCTONO.


Como lo hace siempre, capta mi atención de manera tal que acepto mansamente su invitación a sentarme a su lado. Acomodándose la cofia que cubre su cabellera recién teñida de negro azabache, comiendo quinotos en almíbar que le preparó su nonagenaria tía Ofelia y cerrando la guía telefónica en la que estaba curioseando qué apellido es el que predomina en la localidad de Gato Colorado, avanza con su siempre valiosa alocución.

“Sin ánimo de entrometerme en sus creencias religiosas, comenzaré diciéndole que sólo una fuerza superior, todopoderosa e inabarcable puede retornar las cosas y las creaturas al estado en el que se encontraban antes de la constante mutación que sucede segundo a segundo. Así que dejando de lado la intervención de ese Ser Supremo, a quien nadie puede alcanzar, diré que el mero paso del tiempo nos cambia, nos transforma, y cualquier acto que ejecutemos será efectuado por un ser diferente al que lo realizó antes. Para que usted comprenda cabalmente mi pensamiento le daré ejemplos tangibles y palpables referidos al mundo material, que sigue la misma suerte, para que vea que no estoy errado. Luego usted podrá trasladar fácilmente esas mismas alteraciones a las personas. Fíjese qué sucede cuando la mala fortuna lo obliga a cambiar la cubierta del auto. Seguramente busca el auxiliar, el gato hidráulico y la llave en el baúl y luego de acondicionar nuevamente el vehículo, se percata de que por más instructivo que tenga a mano, sus denodadas maniobras para dejar las herramientas de la misma forma en la que estaban resultan en vano. Cosa similar sucede cuando compra una fina camisa prolijamente doblada e inmovilizada por un centenar de alfileres, si usted se la mide y no le entra o no le gusta cómo le queda, intentará volver a acondicionarla para colocarla en la bolsa en la vino cuidadosamente presentada y no podrá hacerlo. Las sábanas siguen idéntico criterio, ¿cómo lograr, a pesar de aplastarlas con vehemencia, que vuelvan a caber en el estuche en el que venían de fábrica? Y para ahondar un poco más, piense en lo que ocurre cuando abre, por ejemplo, la caja en la que se encontraba la licuadora que compró para el verano que pasó o la máquina para cortar el pelo con sus treinta y cuatro accesorios que jamás usará, ¿puede acomodar nuevamente todas las piezas para que no queden el aparato y sus cachivaches vagando por la casa? Es así, mi querido amigo, el tiempo nos arrastra y nos deja sus huellas, por eso ni las personas ni las cosas pueden volver al estado en que se encontraban segundos antes”.

Me despido de Eladio sorprendido, una vez más,  por la profundidad de sus reflexiones.

Llego a casa, entro al baño dispuesto a retocar mi barba y aparece, solitaria y delatora, una cana. Ayer no estaba. Eladio tiene razón.

 

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