Por: Iván Giordana.

El escritor francés Anatole France, que vivió en la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX, dijo alguna vez que sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento.

Por estas vastas extensiones de pampa húmeda, mi cultivado amigo Eladio, que a esta altura ya es un Hijo del Pueblo más (http://hijosdelpueblo.com.ar/eladio-y-la-imposibilidad-de-volver/), sostiene que la mentira es moneda corriente, circula oronda entre nosotros como una ciudadana más y hasta es necesaria para sostener el correcto funcionamiento de la sociedad.

Como en cada encuentro, cautiva mi atención de manera tal que me desplomo gustoso sobre la telaraña que lentamente teje con sus ideas. Envuelto en una bata de raso atigrada turquesa y verde limón, untando pomada entre los dedos de sus pies para combatir la picazón ocasionada por los hongos y con el preparado de agua y detergente para jugar a hacer burbujas esperando sobre la mesa ratona que tiene al lado de su majestuoso sillón, se explaya sobre el asunto.

“La primera gran mentira sobre la que se asienta la sociedad moderna es aquella máxima del derecho que figura en todos los cuerpos normativos y que reza que la ley se presume conocida por todos. Usted coincidirá conmigo en que es un principio absolutamente necesario para garantizar la convivencia, sino cualquier hijo de vecino podría matar a otra persona y luego decir que no sabía que eso estaba prohibido o, sin llegar a ese extremo, alguien podría pintar la familia Picapiedra entera en el tapial de una casa ajena y escudarse luego en su falta de conocimiento de la ley para no sufrir la condena, ¿me sigue? Partiendo entonces desde ese punto, podemos encontrar mentiras imprescindibles para la vida en sociedad en todo ámbito, de lo contrario se haría casi imposible mantener ciertas estructuras. Si no me cree, analice un poco esto: ¿piensa que cuando los países industrializados firman un pacto global para reducir los gases del efecto invernadero realmente están planeando ponerlo en práctica? ¿cree que cuando acuerdan no producir armas químicas lo piensan llevar a cabo? Son todas falacias, mi amigo, todos artilugios para que vivamos pensando que nos rodea la verdad. Sin ir más lejos, mire lo que sucede en los velorios, los asistentes repiten con insistencia que el difunto era una persona buenísima aun cuando haya sido el más turro de la ciudad. ¿Y qué sucede cuando usted está esperando a alguien y le envía un mensaje para saber si va a llegar pronto? Seguro que la respuesta es estoy en camino o similar, ¿no es cierto? Y si quiere más ejemplos, piense en el famoso ratón que subrepticiamente cambia dientes por dinero, en la vieja frase no sé lo que me pasa, no sos vos, soy yo, en los que en plena resaca prometen a los cielos no volver a tomar nunca más o en el rechoncho colorado que supuestamente viene en navidad a repartir juguetes con un traje abrigadísimo y pasado de moda. Es así como le explico, la mentira es parte de nuestra cotidianeidad y absolutamente necesaria para no desestabilizar el sistema ni a quienes en él interactuamos”.

Me despido de Eladio asombrado por su entendimiento y por la facilidad con la que trasmite su saber a quienes no manejamos su ciencia.

Llego a casa, me esperan cuatro horas solo con mis hijos, mi esposa dice se están portando de maravillas, no sé por qué están tan tranquilos hoy y se va como alma que lleva el diablo. Empiezo a correr como loco por toda la casa tratando de evitar que la derrumben. Eladio tiene razón.

 

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