Por: Fernando Calamari

La prisión de José Ignacio “Lula” Da Silva en Curitiba es la puesta en cautiverio de la democracia en Brasil porque el motivo no es la acusación de corrupción sino la certera posibilidad de que vuelva a ser presidente en 2019.

Es el único político del Lava Jato (investigación judicial de empresarios y políticos de Brasil implicados en la corrupción surgida en la empresa estatal de petróleo Petrobras) que fue preso. Se utiliza el fin noble del combate a la corrupción con fines políticos partidarios.

Esta trama organizada por políticos conservadores, entre los cuales los evangelistas son muy influyentes, jueces, grandes empresarios y medios hegemónicos de comunicación, consideró como prueba irrefutable y contundente de culpabilidad el testimonio de un arrepentido que afirmó que Lula recibió un departamento por soborno. No se pudo comprobar la veracidad de la acusación a través de escritura, documento, transferencia de dinero ni testaferros.

Esta aberración judicial, así catalogada por entendidos en la materia, lo condenó a 12 años de cárcel y fue criticada no solo por sus partidarios sino por muchos rivales, inclusive figuras y medios internacionales. El peligro ya concretado es la injerencia imparcial y tendenciosa de sectores judiciales aliados a políticos que dominan el sistema democrático brasilero. Actualmente, esta forma es solo una fachada porque no se garantiza la justicia a los ciudadanos ni la voluntad popular del sufragio.

Lula era el candidato del Partido de los Trabajadores, aliado con otras agrupaciones y, luego de perder en varias ocasiones, fue presidente dos veces consecutivas (2003-2011). Sus medidas beneficiaron a los sectores populares y a su país. En el primer caso, más de 40 millones de personas pudieron salir de la pobreza debido a las mejoras de sus condiciones de vida: obtención de trabajo, mejores sueldos, subsidios para desempleados, mejor alimentación y consumo, acceso a la educación en todos los niveles, acceder a la electricidad, agua potable y servicios sanitarios, inversión en infraestructura, apoyo a cooperativas, etc.

Cuando dejó la presidencia, fue el político que tenía la mejor imagen en la opinión pública (80 %). No fue fácil implementar estas mejoras que no conformaron a todos porque le valió críticas y rupturas de alianzas políticas por aquellos que le pedían reformas más profundas.

En el segundo caso, fue protagonista en el plano internacional como referente de los países con reciente industrialización en el mundo (BRICS) y en Latinoamérica. En esta, formó parte de los fundadores de la Unión de Naciones Sudamericanas  (UNASUR). Se proponía independizar y agrupar a los países de esta región en el mundo para  defender sus intereses.

Se gestó bajo la idea de la “Patria Grande” de los próceres San Martín y Bolívar, entre otros. Semilla vital de esto fue el rechazo a la integración de la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA), encabezada por Estados Unidos, en la cual Latinoamérica es considerada una fuente de mano de obra barata, productor primario y consumidor de las manufacturas norteamericanas. De esta manera, es relegada a un rol secundario y subordinada a la potencia del norte. Desde la UNASUR, Brasil acompañó los reclamos de Argentina por la soberanía de Malvinas y las negociaciones de la deuda externa contra los fondos buitres.

Da Silva es de origen humilde porque nació en un hogar pobre de Pernambuco en 1945 y de niño tuvo que trabajar. Luego fue tornero y militó en el sindicalismo metalúrgico. Esto le valió la persecución y detención de la dictadura militar en 1980. Su carrera política fue en ascenso y tuvo altibajos, pero resistió el autoritarismo tanto militar como democrático y al neoliberalismo.

Precisamente estos dos últimos elementos son los rivales no sólo de Lula sino de la democracia, entendida como sistema de gobierno surgido de la voluntad de las mayorías y que cumple con sus promesas, que controlan y someten cada vez más a Brasil. El corporativismo político, empresarial, religioso y mediático anteriormente aludido, en alianza al paradigma mundial neoliberal reorientado al proteccionismo estadounidense de Donald Trump, imponen políticas económicas y sociales conservadoras que apoyan a las minorías ricas contra las mayorías pobres.

Esta asociación antipopular les da muy buenos beneficios a su integrantes, como mantenerse en el poder, explotar laboralmente, concentrar medios de comunicación, disponer de fortunas en pautas publicitarias y acallar voces opositoras. El suculento rédito económico esconde la cuestión racial y social porque se erige la elite paternalista como la única capacitada para gobernar.

La estrategia incluye convencer a los que vivieron bien gracias a los avances económico-sociales que eso no era lo correcto. Para esto se dicen verdades a medias -mentiras- tendenciosas, dividiendo a la sociedad y enfrentándola contra aquellos que osaron modificar -en parte- la sociedad estratificada y privilegiada que era más fácil de dominar. En esto también contribuyeron los propios y grandes errores de los injuriados, exacerbados a niveles astronómicos.

Esta experiencia la padecimos los argentinos con los Golpes de Estado de Yrigoyen en 1930 y Perón en 1955. En estos sucesos, las minorías conservadoras oligárquicas y políticas, incapaces de ganarse el voto popular, violaron la Constitución Nacional porque derrocaron a gobiernos democráticos e instauraron dictaduras y tutelas cívico-militares. Además, en el caso peronista, su líder fue prohibido de participar en elecciones -incluso tuvo que exiliarse-, debido a que sería el seguro ganador.

No es casualidad que este proceso comenzara con el Golpe Parlamentario en 2016 que destituyó a la sucesora de Lula por el voto popular Dilma Rousseff, y llevó al poder a Michel Temer. El actual presidente profundizó recortes y medidas de Dilma contra las clases medias, especialmente los trabajadores, que perdieron nivel adquisitivo y derechos.

Lo que sucede en Brasil es la forma violenta y contundente del avance neoliberal sutil y gradual que ocurre en América y Europa. Queda abierta la marcha de los acontecimientos y desafíos que la sociedad brasilera, principalmente los sectores populares y progresistas -entre los cuales se encuentra el catolicismo-, encarará para transitar y superar estas aciagas horas e impredecible porvenir.

 

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