Por: Iván Giordana.

La cara del tipo sentado contra la vidriera en esta mañana perezosa denota que su estadía no es voluntaria. Equipo de mate al pie, termo con pico humeante y un paquete de Porteñitas que se asoma por el cierre del bolso. Chupa la bombilla con fuerza y encoge los hombros, se cierra el cuello de la campera y se pasa una mano por su cabeza desnuda.

Difícil comenzar el día cuando el primer homo sapiens con los ojos abiertos que uno se encuentra tiene la cara surcada por ese cansancio imposible de disimular cuando se pasa la noche en una incómoda silla instalada al lado de una cama de habitación compartida. No lo conozco, no sé su nombre ni tengo registro de haberlo visto alguna vez en mi vida, pero noto su angustia. Su herida está a la vista.

Paso frente a él, le digo buenos días y el hombre me mira como a un extraterrestre. Retrocedo unos pasos y le pregunto cómo anda, a quién espera. Me contesta que no espera, que transcurre, y su respuesta me descoloca. Me comparte un amargo y dice ser de Las Palmeras, haber llegado en el último ETAR del día previo con su esposa casi desvanecida de tanto dolor. Me cuenta que dejó a sus hijos con la abuela. Suma a su relato la edad de los chicos y lo bien que le va en la escuela a los tres, gracias a Dios, y que seguro que ellos van a poder llegar lejos si siguen así. Retoma el motivo de su estadía en la ciudad y se le alivia el pecho porque, según dijo el doctor, el malestar de su esposa sería producto de  cálculos en la vesícula que desaparecerían luego de una operación sencilla. Nos alegramos y hacemos una broma al respecto.

Ya no parece el mismo sujeto abatido de hace instantes. Yo ya no parezco el mismo repetido oficinista de hace instantes.

Pregunta por mi trabajo y por mi familia. Acepta unas poquitas palabras a modo de resumen y me invita a seguir caminando, pues seguramente se me acerca la hora de ingreso.

Le tiendo la mano y le deseo suerte. Me la retribuye gentilmente.

Me alejo a paso lento, sonriendo y hablando solo como un loco, disfrutando de haber iniciado la mañana de una manera poco común. Aquel hombre transformó mi día y me atrevo a pensar  que yo el suyo.

Es maravilloso cómo todo puede cambiar de color de la mano de un completo desconocido.

 

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