Por: Iván Giordana.

Sin ningún tipo de rigor científico y sólo fundado en mi percepción de ciudadano con poco más de tres décadas sobre las espaldas, me atreví a listar un puñado de especies urbanas en peligro de extinción que bien podrían sumarse a las más de cinco mil salvajes que, lamentablemente, están a punto de desaparecer de la faz de la tierra. No crea que tomo el tema de la pérdida definitiva de animales y plantas para la chacota, todo lo contrario, sólo que nací en calle asfaltada y sobre ellas también se fueron ausentando ciertos personajes de esos que uno imaginaba que estarían para siempre. Obviamente, no me referiré al lechero ni al farolero porque sus oficios quedaron truncos y, por ese motivo, se hizo prescindible su presencia. Apuntaré lisa y llanamente a protagonistas de la vida cotidiana de hace un tiempo; vea:

Silbadores: no había día, por gris, ventoso, húmedo o caluroso que hubiera arrancado, en que no pasara alguien silbando alguna melodía cualquiera. Por lo general eran adultos mayores que caminaban distendidos o bicicleteaban con parsimonia. Probablemente queden algunos todavía, lo cierto es que hace meses que estoy prestando atención y no logré dar con ninguno.

Afilador de cuchillos: aunque María insista con eso de que por su casa pasa uno cada mes o mes y medio, hace rato que no escucho el sonido tan característico que anunciaba su llegada. Solía andar montado en una bicicleta a la que le colocaba un pie que sostenía la rueda trasera levemente separada del piso y con los pedales hacía girar la piedra con la que daba filo.

Verdulero rodante: dos o tres veces por semana un camión repleto de frutas y verduras recorría las calles publicitando sus productos con un estridente parlante y fraccionándolos con la balanza que colgaba en su parte trasera. Paraba cuando alguien le hacía señas, en los lugares en que acostumbraba a hacerlo o en cualquier esquina en la que el conductor presentía que podría lograr una jugosa venta. Los vecinos nos acercábamos y comprábamos ahí nomás, a metros de casa.

Tomadores de fresco: las tardecitas de verano hacían aparecer, además de los clásicos y molestos insectos, los sillones en los que los vecinos se sentaban en las veredas de sus casas a tomar algo, a leer, a charlar con quienes tenían a sus alrededores o a no hacer absolutamente nada más que descansar y escaparle al tufo de los ambientes. Ahora, por motivos en los que no vamos a ahondar en estas líneas, vivimos un poco más encerrados.

Meteorólogos: antes de que los noticieros dedicaran bloques enteros y rubias curvilíneas pseudoespecialistas para hablar del tema del tiempo y cualquier sujeto pudiera recibir en su teléfono la inservible primicia de que está lloviendo en Chañar Ladeado, no faltaba el pronosticador que con sólo escrutar el color, la posición y el movimiento de las nubes decía a la madrugada va a caer un chaparrón o esa tormenta pasa porque de ese lado no viene, proclama más que suficiente para que cada uno pudiera seguir con su vida como cualquier otro día. Evidentemente, en aquella época se miraba más hacia arriba que hacia abajo, usted sabe a qué me refiero.

La enumeración seguramente peque de inconclusa, por eso le pido que tenga a bien considerar el asunto seriamente y, si no es mucha molestia y quiere colaborar con esta humilde publicación, agregue algún otro espécimen a punto de caer en el olvido.

Por mi parte, deseo fervientemente que no llegue el momento de incluir en esta lista a quienes al arribar a un sitio saludan a los demás sin importar si lo conocen o no, a quienes dan sin esperar nada a cambio y, por supuesto, a los contadores de historias.

“Especies en extinción” – Iván Giordana.

 

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