06- Fotos

Por: Iván Giordana.

Sunchales ´42, esa es la inscripción que figura en un rincón de la fotografía que encontré mientras limpiaba el cajón de mi mesa de noche. Mi abuelo, con su atavío de conscripto, le sonríe a una cámara que eterniza su imagen. El descubrimiento despierta una vez más mi interés y aumenta mi deseo de meter mano en la caja destartalada que estaba en lo de mi abuela y que hace un par de meses cerré, no sin antes quedar un rato detenido en el siglo pasado.

Despliego las solapas y saltan como pulgas los recuadros de todo tamaño y matiz. Hay algunos tan pequeños que no alcanzo a distinguir las caras de los que en ellos aparecen, otros con bordes ribeteados, dentro de sobres con dedicatorias, en blanco y negro, pintados a mano, con colores desvanecidos…

Mis abuelos solían viajar junto a Dario y Zunilda, aunque en las fotos aparezcan, indefectiblemente, sólo tres personas. Dario (no le pongo tilde a la letra i porque en todos los relatos orales el acento estaba en la a) era de apellido Bonaudi y por eso nunca estaba frente a la lente, porque era el encargado de calibrar delicadamente su cámara, situar los personajes en escena y gatillar. No cualquiera podía con esa tarea en aquellos tiempos, había que ser un experto en el tema.

Me paso la tarde mirando las maravillas de Dario y las otras, las modestas fotos que sacaban mis abuelos con menos estilo pero con la misma intención: detener el tiempo para evitar que el soplo de los años arrastre los recuerdos. Y encuentro de todo: los Latini prolijamente dispuestos alrededor del nono, el quinto grado del Colegio San José allá por los años cincuenta y pico, la comunión del primo de Rosario, los casamientos.

Revuelvo con desesperación, meto la cabeza adentro de la caja, quiero ver qué quedó registrado ahí, aun cuando no sepa quién es ese bebé recién bautizado rodeado de hombres con bigote y mujeres formalmente entalladas ni cómo le pueden haber puesto ese vestido con miriñaque y toda la pompa a la chica que cumple quince años al momento del disparo. La historia de mi familia está ahí. Mi historia, en parte, también está ahí.

Pienso en esas imágenes que cuando uno las ve las reconoce automáticamente: al valiente que frenaba los tanques en Tiananmen,  a The Beatles cruzando Abbey Road, al extenuado Delfo Cabrera llegando a la meta en el estadio de Wembley, a nuestro queridísimo Chente Cipolatti y su mítico “11” por las calles de la ciudad en su primer centenario.

Ya no hay rollo que cuidar, ya no hay revelado (del latín revelare, quitar el velo) que nos mantenga expectantes. Los misterios no son tales pues ya nos vienen resueltos. Tener la posibilidad de retratar al instante lo que se nos cruza nos hizo fotografiar casi todo y a veces sin saber por qué. Una selfi con cara de sorprendido y sacando la lengua puede mostrarme a mí ahora, mientras escribo, a un adolescente chino que se aburre en la escuela o a un veterinario sudafricano que va camino al trabajo. La foto de mi vecino en pantuflas, calzoncillos y un gato sobre su hombro gusta tanto que en dos días medio planeta está multiplicando la misma toma, aunque no le signifique nada a nadie.

¿Se emocionarán nuestros sucesores al remover digitalmente millones de archivos de cientos de momentos de nuestras vidas, significativos o no?

Sí, ya sé, vivimos en un lugar chico y seguro que me vieron con mi cámara digital a cuestas. No reniego de eso, me gusta atrapar instantes valiosos y cosas curiosas  o disponer objetos para contar una historia; solo que hoy, hurgando en aquella vieja caja, me asaltó el desánimo al pensar que quizás los que nos sigan no sepan qué fue lo más relevante de nuestras vidas sino solamente que anduvimos por aquí en las primeras décadas del siglo equis equis i.

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