Por: Iván Giordana.

De niños soñamos con ser adultos para poder hacer todo lo que nos es prohibido en aquella etapa sin saber que luego pasaremos más de la mitad de la vida pensando en lo lindo que sería volver a ser niño para jugar con la seriedad con la que lo hacen los chicos, andar desprovisto de prejuicios y holgado de obligaciones fuertes.

Las dos grandes preguntas que viajan por mi cabeza en este instante son ¿a partir de qué momento uno se vuelve grande? ¿hay un solo y único instante o varios indicios que nos llevan hacia la adultez?

Si usted está pensando en su matrimonio, en su primer trabajo o en el nacimiento de sus hijos, se lo acepto, pero creo que hay hechos inesperados e increíblemente curiosos que marcan un antes y un después. Veamos.

Mientras la juventud va haciendo nido en nosotros y la adolescencia se aferra con uñas y dientes a nuestro cinto para no caer mientras caminamos hacia una vida completamente responsable, llega el trágico momento en el que un pibe con cara angelical que anda pateando despreocupado con sus amigos dice “señor, ¿me puede alcanzar la pelota?” La primera palabra destruye nuestra autoestima, nos clava una filosa espada de acero templado en el tórax y entonces uno, cabizbajo y decaído, se comienza a cuestionar si se debe a la barba, a los lentes o a la panza que empieza a florecer.

Otro riguroso indicador del cambio de etapa es el comportamiento familiar luego de la Nochebuena o de un casamiento al que asistió la parentela completa. Todos se acuestan tarde y dominados por los mil demonios de los excesos y resulta que a las pocas horas uno está sentado en ronda conversando con los parientes más añosos acerca del vaivén de la economía nacional, del crimen que conmueve al país o del estado del arbolado público mientras los que andan con las hormonas a flor de piel todavía duermen y sólo se acercarán a la mesa luego de varios llamados fallidos.

Ya que tocamos el tema de la comida, no podemos olvidar el día preciso en que no se le quitan las frutas abrillantadas al pan dulce, se aparta hacia un costado del plato la verdura que a uno no le gusta sin armar un escándalo por ello o se torna estrictamente necesario poner la pava para tomar mate en soledad.

Pero si hay un momento fundacional en la vida de un individuo, un instante en el que su existencia pega un formidable salto que lo alejará definitivamente de la desfachatez juvenil, es el segundo exacto en el que desde adentro de un corro de sinvergüenzas descalzos y a las risotadas que andan tirando bombuchas se escucha “¡a ese hombre no!”. Esa pequeñísima fracción de tiempo confirma que se puede pasar por secretaría a retirar el carné de adulto.

Todas estas gansadas se me ocurren mientras escucho una conversación de mis sobrinos y no sé dónde queda el lugar al que fueron a bailar ni quién es esa chica tan hermosa de la que hablan. Pido disculpas, intervengo un segundo en la charla y pregunto si la joven en cuestión es la hija de Fulano. Los chicos me miran raro, no tienen idea, y yo me siento tan pero tan grande…

 

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