Por: Iván Giordana.

Esto que les voy a contar sucedió a mediados de los años noventa porque recuerdo que aún estaba cursando la escuela primaria.

La casa de mis abuelos tenía un patio que, después de una reforma para separarlo del que había pertenecido a la despensa de la que les hablé hace un tiempo, había quedado largo y angosto, con una enredadera que corría por una glorieta baja y algunas macetas que trataban de contrarrestar la falta de verde. Al fondo, como un apático testigo de otra época, estaba el galpón que había servido de depósito de mercadería. Oscuro y desordenado, guardaba productos que habían quedado del negocio ya cerrado, utensilios para limpieza, bicicletas, herramientas, neumáticos y, vaya uno a saber por qué, una cocina solitaria.

Era mediodía de un jueves, si mal no recuerdo, y con mi mamá estábamos almorzando en casa de mis abuelos. Mi abuela había fritado empanadas de carne en la vieja cocina trasera para vaciar una garrafa que tenía poco gas. Cuando ya casi terminábamos de comer, una inesperada explosión en el galpón nos eyectó de nuestras sillas. Asustados y algo desorientados corrimos al lugar desde donde parecía haber llegado el estruendo y vimos que un humo denso se escapaba presuroso por la puerta de rejas y las llamas se asomaban por el alto techo cuyas chapas se retorcían como las raíces visibles de un añoso ombú.

Los bomberos, que cada vez que tenían que actuar pasaban por la comisaría para saber cuál era su tarea, no tuvieron más que detenerse ahí nomás y ponerse a trabajar, porque el siniestro en cuestión estaba a metros del cuartel de policía.

Entre ropa colgada, gritos, vecinos curiosos, cámaras de Canal 4, llantos y desesperación, los bomberos lograron sofocar el incendio.

Al arrebato de la urgencia le siguieron extensos minutos de silencio y desolación. Un latoso sentimiento de impotencia nos cubría con su manto helado. Paredes enclenques, hierros enroscados, trastos chamuscados y ese olor picante que asfixiaba en segundos.

Mi abuelo, ya enfermo, no entendía mucho lo que había sucedido y mi abuela lloraba de angustia, entonces mi madre llamó a su hermano –mi tío- para contarle lo acontecido y él, que vivía a una centena de kilómetros, decidió acercarse para compartir la pena y acompañar a los viejos en tan duro momento.

Que lo vamos a reconstruir pronto. Que por suerte no fue en la casa. Que menos mal que no había nadie cuando explotó la garrafa. Todos buscábamos justificativos suficientes para contrarrestar la amargura.

Llegada la tardecita, la sirena ubicada en el techo de la comisaría volvió a sonar convocando nuevamente a los bomberos. Afligidos y aterrados, salimos disparados como flechas hacia el galpón pensando en que quizás las llamas habían decidido renacer y seguir con su banquete fatal, como sucede en infinidad de oportunidades. Afortunadamente, los despojos continuaban tan quietos como antes.

El silbido de la autobomba creció hasta sentirse casi dentro del comedor. Se oyó un golpe inquietante en la puerta y, para nuestra sorpresa, un agente nos anticipaba que entrarían por el portón lateral para atacar el fuego una vez más.

Mi tío, que con su habitual paciencia había tomado la palabra, le explicó que no había nada de qué preocuparse, que habíamos revisado todos los rincones sin registrar nuevos focos.

–Nos llamaron por el humo que sale desde allá –dijo el bombero.

–Disculpe oficial, es que vengo poco y para aprovechar la visita estoy haciendo un asado –explicó mi tío.

El oficial se rio y aceptó las disculpas. No quiso quedarse a cenar.

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