Por: Ezequiel Barberis

La agenda olímpica ayudará, la inmediación televisiva sumará a la causa, y la pérdida de memoria colectiva hará el resto. Volverá a pasar otra vez. Como siempre, mañana será otro día…

El fútbol argentino continúa envuelto en los mismos problemas que como comunidad erróneamente hemos llegado a naturalizar. Acefalías interminables, intereses encontrados, confusiones y un listado enorme de esos que borran con el codo lo que ni siquiera llegaron a escribir con la mano.

Nada que no podamos encontrar en otras esferas de la misma sociedad. ¿Es el fútbol el reflejo de nuestra sociedad? ¿O es la misma sociedad la mímesis del deporte? En este caso, tanto el huevo como la gallina son preocupantes.

La eliminación de la Selección en primera ronda en los Juegos de Río no fue más que una mancha negra al mismo tigre abatido y resignado de siempre, marcando que los errores que se cometen (y padecen) en las bases tarde o temprano terminan inclinando la balanza de la justicia. Sí, de la justicia.

Hace algunos meses tuve la oportunidad de charlar con un reconocido economista, que como buen pensador me regaló una frase que jamás pude dejar de aplicar a cualquier análisis sobre la realidad actual, sin que importe el ámbito en el que se plantee cierto interrogante. “¿Te has puesto a pensar que en Argentina seguimos discutiendo las mismas cosas que hace 200 años?”, me interpeló. Oportunamente sólo atiné a asentir con la cabeza, aunque algunas horas después lo entendí: en nuestro país, el árbol siempre tapa al bosque. Pasa en las finanzas. Pasa en la política. Pasa en el fútbol.

Tradicionalmente fuimos instados a debatir sobre conceptos superfluos, superficiales, y cometimos el pecado de acechar a ultranza esa enorme zanahoria exitista y persecutora de resultados, creyendo que el aspecto deportivo se mantendría inmune mucho tiempo más a la polución del entorno institucional.

Quizás sea por todo esto que le exigimos tanto a los selectos que usan la camiseta nacional. Quizás sea por todo esto que depositamos tantas ilusiones en sus pies. Quizás sea por todo esto que sufrimos cada derrota como la primera, cada subcampeonato como un fracaso y cada eliminación en primera ronda como si el tigre estuviera limpio.

Es momento de abandonar esa innata habilidad de la evasión, porque el bosque es demasiado grande y el árbol se empequeñece cada día más. La crisis de AFA, iniciada hace más tiempo del que se cree, nos entierra frente a un mundo que observa atónito e incrédulo, sin comprender cómo desde estas tierras aún pueden surgir jóvenes talentos que se venden por millones. Aunque tampoco nadie desconoce que, bajo estas condiciones, la fertilidad tiene fecha de vencimiento.

Es insoslayable que el país respira fútbol, pero su contaminación ha ido destruyendo poco a poco los pulmones de una sociedad argentina ya enferma. Y aquella bocanada de aire puro que era nuestra Selección ya no podrá evitar caer en la suciedad del ambiente.

La intoxicación será cada vez mayor y las dolencias se multiplicarán. Pues sepan que lo de Río de Janeiro fue apenas la expresión objetiva del síntoma.

 

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