Por: Iván Giordana

Un sábado a la noche, con un par de copas encima, Horacio me confesó que no leía mis textos y, lo peor de todo, que no tenía ninguna historia para contar. Esto último me sonó a mentira y se lo hice saber porque no creo que exista una persona que no tenga algo para relatar. Entonces lo insté a recordar viejas charlas con su abuelo o incluso los mano a mano con su padre, que pisa este suelo hace más de sesenta años. Parece que mis palabras le quedaron rebotando en algún rincón porque, un rato más tarde, comenzó a lanzar datos sueltos referidos a la histórica máquina de Rotania que hoy descansa elegantemente resguardada en la avenida de ingreso a la ciudad. Horacio me contó que su abuelo, vinculado familiar y laboralmente a la empresa, le había dicho que el modelo que finalmente salió al mercado no era el primer prototipo materializado sino el tercero, o probablemente el cuarto, porque luego de diseñado y fabricado, tuvieron que realizarle varios ajustes antes de comercializarlo.

Para corroborar esa información tendría que haber pasado por la casa de Neva, que es una persona memoriosa y gentil que seguramente hubiese accedido a contarme más. No obstante, como en mi cabeza se derrumbaron los estantes y se mezclaron los ficheros, este tema se me entrelazó con otro y recordé la foto que nos sacamos con mis compañeros de jardín antes de egresar y decidí rumbear para ese lado dejando para otro momento lo que pudiera surgir de la eventual charla con Neva.

A finales de los ´80 la Primera Máquina Automotriz del mundo, obra maestra de Don Alfredo Rotania, descansaba en el mismo lugar en el que se encuentra hoy pero en condiciones muy diferentes. La cosechadora era de tonos grises, con algo de pintura blanca descascarada y el apellido del fabricante en un color desteñido que alguna vez había sido rojo. Sin cobertizo que la protegía ni mayores datos sobre su origen que el año de fabricación y su creador fijado sobre una pared de las cercanías, la máquina estaba sola en los confines de la ciudad que todavía no se animaba a extenderse mucho más allá. Los domingos, mientras los adultos descansaban y mateaban en los alrededores, los chicos subíamos a la máquina para simular que la manejábamos, que la poníamos a punto, que cosechábamos o simplemente para aprovechar el tobogán trasero y cuanta manija o rueda con movimiento pudiese haber en su inmensa estructura. Lo destacable es que, para bien o para mal, estaba al alcance de cualquier persona que por allí pasaba.

Llegando al final del ciclo lectivo del año 1988, los alumnos de sala marrón nos enteramos de que nos sacaríamos una foto allí para que nos quede un grato recuerdo de nuestro grupo. El día indicado, a los empujones y a los gritos, con la alegría de estar de paseo, nos acomodamos para el retrato que hoy ilustra esta columna.

Veintitantos años después, con aquella misma ilusión, volvimos al aula en la que dimos nuestros primeros pasos en el largo camino escolar. Ya no éramos chicos ni inocentes, pero teníamos las mismas sonrisas pícaras e idénticas ganas de rendirle homenaje a nuestra infancia. Porque crecimos juntos entre bloques de madera y muñecas, servilletas y vasitos, cantando canciones para soñar y garabateando para conocer la libertad.

La señorita Olga también estuvo presente ese día. Charlamos sobre el derrotero de nuestras vidas, sobre el trabajo, sobre los hijos. Creo que se emocionó. Yo le conté, muy por arriba, qué había sido de mí en todo este tiempo, pero no me animé a revelarle que en aquellos lejanos años había estado enamorado de ella.

 

Comentá con tu usuario de Facebook

1 Comentario

  1. Segunda lectura en mi haber Ivancho!; muy linda historia con varios condimentos. Que se repita un entre copas para más puntapiés y nuevas historias. Lo mejor amigo!

Dejar respuesta