Por: Conrado Bocco 

Ingresé a mi habitación, agotado y sudoroso.

-Es una locura lo que acabas de hacer. ¿Eres consciente de tus hechos?

Fue la voz cascada y cargando enfado que nació de un rincón oscuro. Prendí la luz, y me encontré con un sujeto de aspecto descuidado, dentro de una jaula de hierro. Me contuve de gritar, correr, atacar. El flacucho de cara chupada, tenía una actitud tranquila y aspecto pacífico. Por eso y porque además estaba controlado detrás de gruesos metales, pude eludir el temor de la sorpresa.

-¿Perdón? ¿Lo conozco? –tomé el picaporte instintivamente.

Solo atinó a mirarme con gestos de obviedad. A tal punto dio por hecho que nos conocíamos, que siguió sin aclaraciones.

-Hablo de la planta. ¿Feliz de haber arrancado el árbol de su patio?

Tragué saliva y simulé naturalidad.

-Me estaba destruyendo la medianera con las raíces –lateralicé la comisura derecha.

-Los humanos siempre tenemos una justificación para destruir. ¿No? -lateralizó su comisura derecha.

Se relajó y sentó en el piso de su jaula alta y fina, cada vez más ceñida a su cintura. Permaneció mirándome con preocupación.

-Los seres humanos deberíamos sacar a relucir nuestras plantas de interior, pero preferimos mostrarnos superiores. No es que lo seamos, simplemente tenemos un cerebro desarrollado para sociabilizar y modificar, pero muy pobre para mantener el equilibrio. La cultura de cambio hace creernos que somos “avanzados”.

El desconocido que ya me hablaba mirando el techo, hizo ruidos regulares con la lengua pegada a la línea de dientes, como el tic del tic-tac del reloj, y los acompañó con el “no” de su índice de mano derecha. Como era un gesto muy mío, me familiaricé con él y también me arrojé a la alfombra del cuarto.

-Las plantas son los seres vivos más inteligentes de la naturaleza. Los más olvidados también. Ni siquiera Noe las tuvo en cuenta.

Me sonrojé.

-Lo de Noe es una especie de mentira.

-Así parece, porque aquí están ellas. Se ve que las cargó a todas –sonrió-. Por cierto, ellas no mienten. Son la máxima expresión de ser vivo, equilibrio y simpleza. Al lapacho no le interesa tener más que a un jacaranda. A la lantana no le mueve las agujas saber de los bienes raíces del eucalipto. Al ser humano le irá el tiempo que tarde la tierra en frenarse, para comprender que lo más importante se cultiva y cosecha con simples semillas.

-Es interesante, lo que usted dice –fueron palabras osmóticas, con la palma de una mano en el mentón-. ¿Le sirvo una power-cola, mientras tanto?

Totalmente inoportuno. Pero ya lo había dicho, y el señor de harapos dejó caer su mirada a modo de desaprobación. Para remendar el error regresé de la cocina con un vaso de agua fresca. Se lo alcancé y de cerca advertí su barbilla mal cuidada, las manos de uñas terrosas y un aroma agrio en la piel.

-Usted acaba de eliminar de cuajo a un ser vivo muy de avanzada. Las plantas no tienen cuerpo, ni patas, simplemente son un gran cerebro. Los cabellos bajo tierra son neuronas. Duermen, producen, se comunican, fecundan y se regeneran. También se trasladan, perciben cinco sentidos y muchos otros más –me miró con cierta zozobra- ¿Usted sabe determinar lo que irá a encontrarse al girar en la esquina de su casa?

-Bue…

-Ellas sí. Y más le digo, disfrutan la música, conversaciones, y lo más increíble…-llevó su dedo a la sien-, las plantas tienen memoria.

Mis cejas se estiraron y arrugaron las líneas de mi frente. El sujeto se incorporó y quedó con la cara entre barrotes, aferrado con sus manos. Había un sedimento de tristeza en sus ojos. Me hizo recordar a mis formas de hacer notar enfado a los niños.

-La que usted mató, ya no podrá recordarlo, quédese tranquilo. Tampoco son vengativas. La nuestra es una inteligencia voraz, y la de ellas, de paz. Para nada les sirve matar, oprimir, almacenar. Han alcanzado el sumun de lo que cualquier ser aspira: vivir plenamente –y entonces, lo dijo-. Las plantas son hippies, querido amigo.

“Las plantas son hippies”, fue la frase que retumbó como ecos. Quedamos mirándonos muy de cerca. Solo el grosor de dientes de acero nos separaba. No por casualidad recordé a mi abuela, quien según historias de rondas familiares había sido una artista naturalista y bastante libertina. Abrí una cajuela antigua sobre la cómoda que le había pertenecido, y tomé una llave muy pequeña que nunca había servido para nada.

La incrusté en el candado de la jaula y hundí a la pulpa de su bronce. Los brazos de metal se liberaron con un chasquido reconfortable. El extraño hizo un paso, con la lentitud de un lustro de quietud.

-La de mis huesos, es la misma artrosis de tu cerebro. Disculpas del caso. Por mi parte, ya te perdoné toda esta vida de encierro.

Después fue simple, se deslizó por el intersticio de mis carnes y se perdió en mí. Frente al espejo, era mía su imagen. Me quité lo puesto, y con lo indispensable peregriné hacia la montaña.

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