Por: Iván Giordana

Adela está espléndida. Flamantes guillerminas negras, una pollera tableada heredada de su tía Marieta y una blusa inmaculada con una florcita bordada en el bolsillo izquierdo. Deolinda, su madre, la mira con ternura, pero desde lejos, no sea cosa que la joven note su orgullo y agarre demasiada confianza. Es sábado, es verano, el sol se está yendo y en pocas horas volverá a brillar con furia.

Adela se perfuma y se hace preguntas. Oyó de boca de sus primas anécdotas divertidísimas del lugar al que irá y, si Raúl no le mintió, él también va a estar ahí. El corazón le late en todo el cuerpo. Deben ser los nervios, piensa. Deolinda la apura porque se hace la hora de partir.

El patio del club está que explota. Un sonoro murmullo de juventud cruza de un lado a otro al igual que los foquitos de colores y los banderines triangulares. Las bateas no dan abasto. Ya no quedan mesas desocupadas y los varones, apoyados contra las paredes y tejidos laterales, van apuntando a las chicas para cuando arranque el baile. En el escenario tocará la orquesta típica de Florio Aragón y después vendrá otra, de la que Adela no recuerda el nombre pero sí sus canciones.

Deolinda es cálida y simpática, pero no hoy, porque es la primera salida de su hija y seguro que los muchachos ya la están junando. Porque es preciosa. Porque es nueva.

Con tantos caballeros relojeando la pista ajedrezada de mosaicos grises y blancos Adela no se anima a levantar la vista para ver si llegó Raúl. Ayer a la tarde, cuando ella pasó por el almacén, él le prometió, mientras apagaba un cigarrillo, que la invitaría a bailar.

El presentador, de impecable saco blanco e indiscreto corbatín carmesí, anuncia el primer espectáculo de la noche. Empieza la música. Los varones se van moviendo de a poco, se van mostrando, y cuando notan que la elegida mira, cabecean con firmeza y comienzan a acercarse con aire victorioso. Algunas chicas se levantan presurosas y vuelven desinfladas a su silla al comprobar que el convite era para la de al lado.

Adela aprovecha el revuelo y busca a Raúl, que aparece de repente por la puerta de entrada acomodándose el cuello de la camisa, sabiéndose demorado. El recién llegado arroja el cigarrillo y, sonrisa gardeliana mediante, cabecea y se aproxima.

Adela pide permiso y Deolinda, que como toda madre siempre nota lo que sucede, asiente en silencio.

Los cuerpos danzan una pieza tras otra, a corta distancia pero no tan juntos, con Raúl como guía y maestro, con Adela como cachorro indefenso que se deja llevar.

Florio Aragón y sus músicos se despiden. La chica vuelve a la mesa y responde las preguntas de su madre, que indaga sin perturbar, que presiona sin asfixiar.

Reaparece el presentador para anunciar al otro grupo, al que tocará los temas más movidos, los que más le gustan a Adela.

-Nos vamos -dice Deolinda. Tu padre pidió que volviéramos temprano.

Adela no protesta, conoce las reglas y se conforma con haber ido; porque bailó de lo lindo, y no con cualquiera, sino con Raúl, que enciende otro cigarrillo y después de la primera pitada, mientras madre e hija pasan a su lado, se anima a guiñarle un ojo a la muchachita, que se ruboriza y se desarma de tanta vergüenza.

-Ahí tenés una historia para contar –me dice Raúl, que el mes próximo festejará los cincuenta años de casado con Adela, que todavía lo sigue retando por andar con el pucho de acá para allá.

 

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