Autor: Julián Lucero.
Ilustración: Bruno Maretto.

Agua estancada. El puente.  Ella.

Gladis repasaba los últimos chismes en su cabeza mientras barría las hojas de fresno que el otoño había dejado en su vereda. Los sistematizaba. Dejaba los más fidedignos para su difusión inmediata y, por la noche, antes de dormirse,  reformularía y decoraría un poco el resto. El sol se escondía en el horizonte. Los días comenzaban a extenderse con la llegada de la primavera. Arrancaba unas malezas de su jardín, cuando escuchó las risas infantiles que provenían del canal.

Su casa se ubicaba en la esquina de las calles Santa Cruz y Tacuarí, del barrio 9 de Julio. Buscó figuras pequeñas debajo del puente de la calle San Juan, que se veía perfectamente desde su vereda. Algunos changos sacando mojarras, pensó.  Sintió asco al imaginar el contacto de sus pieles con el barro de ese canal, el canal sur como lo llamaba la gente de Sunchales. Recordaba que,  treinta  años atrás, su agua era tan roja que parecía sangre y que su cuadra no existía; era monte, chañares, tierra seca y ajada. Los sonidos de júbilo se intensificaban. Caminó, superada por su espíritu curioso, hasta el borde del canal.

En el centro del arroyo jugaba una nena vestida con un delantal celeste de jardín de infantes. Estaba sumergida hasta la cintura en el agua y acomodaba, sobre una mesa enana,  un juego de té antiguo de cerámica que sacaba del agua. Hablaba con sus supuestos invitados, pero el sonido que salía de su boca era la combinación de muchas voces infantiles. Daba vueltas alrededor de la mesa con movimientos ligeros y elegantes. Servía el té a sus invitados invisibles. De la tetera salía barro. Gladis intentó decir algo que llamara su atención, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la niña dejó la tetera en la mesita y la miró. Gladis se sintió acusada por la mirada e, instintivamente, intentó retroceder. Pisó una planta de hinojo salvaje y cayó. Rodó por la barranca y terminó despatarrada en en la orilla del canal, frente a la nena y su mesita. El fondo barroso no la dejaba moverse y comenzó a hundirse. Desesperada quiso gritar, pero la nena tapó su nariz y le colocó el pico de la tetera en la boca. El lecho del canal la fue tragando lentamente, hasta que desapareció.

Despertó en un lugar estrecho y oscuro con olor metálico, a sangre, rodeada de líquido viscoso, completamente desnuda. Unas manos la tomaron por la cabeza y la arrastraron hacia la salida. En la luz, vio al monstruo del que había salido y extrañó la oscuridad. Un cordón la sujetaba al interior cálido, pero alguien lo cortó.

El monstruo no tenía colmillos, ojos rojos o la piel gris. No iba a devorarla como lo harían los ogros de los cuentos infantiles. Su monstruosidad era mundana. Era abulia, desapego, abandono. Era egoísmo. Era la nada misma, la falta de espíritu, de humanidad. El monstruo era hueco, como el tronco de un árbol seco, capaz de obrar sobre su cuerpo frágil e inmóvil.

Gladis fue abandonada en la noche por el monstruo en su estadio de recién nacida. La rodeaba un lugar que le resultaba familiar. Era el frente de su casa, el canal sur. No percibió un instante de calidez, de protección; sólo la amenaza de extinción se cernía sobre su cuerpo chiquito. Lloró para que alguien la escuchara, sumergida en el agua fría, invadida por el olor a barro podrido. Su vida de bebé se apagó gradualmente. Intentó, resignada, encontrar paz.

Cuando reaccionó, estaba cubierta de barro, acostada en el borde del canal sobre la planta aplastada de hinojo. Ya era de noche. Había salido de un pozo, de un portal a otro mundo. Había nacido, muerto y resucitado. Vomitó barro líquido, oscuro, pestilente. La nena  seguía hablando con sus invitados en la oscuridad. Se interrumpió un instante. Ahora podés contarles todo lo que sabés, lo que sentí, le dijo, y continuó jugando en su paraíso sin luz.

 

 

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