Por: Ezequiel Barberis.

Hace 2.500 años en Grecia, cuna tradicional de muchos de los conceptos que hoy adoptamos como naturales y rigen nuestra vida contemporánea, algunas celebraciones y ritos en honor a los Dioses fueron la piedra fundacional de una de las expresiones artísticas más bellas y puras: el teatro.
Más de dos milenios después, en la mismísima capital griega, un grupo de argentinos deleitaba al mundo con “El Alma”, una obra teatral de su propia y completa autoría. Una obra que llevaba pocos pero fructíferos años de ensayo. Una obra que recogió laureles en todo el planeta. Una obra que durante los próximos días ofrecerá su última función.

Lo más cercano al primer guionista fue Rubén Magnano. Cordobés, de bigote cambiante e ideas revolucionarias, gozó de la fortuna de coincidir históricamente con una incipiente generación de actores ilustres, capaces no sólo de interpretar con brillantez sus líneas, sino de escribir nuevas con igual éxito.
Bajo su dirección, “El Alma” acarició el primer puesto en el Mundial de Arte de Indianápolis en 2002, donde refutables fallos del Jurado lo situaron en el segundo escalón del podio. Y si bien en el mundo de las tablas suele reinar la camaradería, nadie niega que haberse bañado de oro dos años después en el Festival de Atenas fue una pequeña (y merecida) revancha.
Para un grupo ignoto, caído del planisferio, ambas fueron una gesta formidable y escrita en mayúsculas en las páginas más gloriosas de la Nación. Gestas que adquirieron el rótulo de hazaña por haber derrotado en las ternas al Dream Team, un elenco plagado de artistas hollywoodenses acostumbrados a millonarias taquillas.

Sergio Hernández tomó luego la posta en la silla. Con los mismos actores y la pasión de siempre, revalidar las distinciones suponía un enorme desafío. Quizás, más complejo que los anteriores. Las dos citas más destacadas coincidieron en 2008. Y ambas en China, casualmente otra plaza mundialmente reconocida por haber forjado el arte moderno, con expresiones que reflejan lo majestuoso del gigante asiático.
Primero la medalla dorada en la Exposición de Nankín, y apenas días después el bronce en la ciudad capital fueron el premio para una generación de protagonistas estelares, con estirpe ganadora sin importar el escenario que toque pisar ni la hostilidad del público de turno.

Injusto hubiera sido que este elenco se quedara con una asignatura pendiente, por más mínima e insignificante que sea en relación a la magnitud de las proezas conseguidas a lo largo y ancho del mundo.
Por eso, con Julio Lamas en la Dirección, “El Alma” rompió con el proverbio de los profetas y sus tierras y en el Festival de Argentina se colgó la presea con el color que más la representa. Y si bien de Londres se volvió con el cuello limpio, porque a los cuartos sólo los palmean y les guiñan un ojo, el pecho jamás dejó de estar inflado.

Ha pasado más de una década, y este puñado de héroes se encuentra tras bambalinas, a la espera de que Hernández, que volvió al asiento que mejor le cae, grite “¡Acción!” por última vez. Será la función de despedida de “El Alma”, una obra que puso un mojón en la historia cultural argentina. Que derribó mitos y fronteras. Que cosechó respeto donde antes sólo había recelo. Y que nos convirtió en fanáticos de este lugar del planeta.

Punto final para una Generación Dorada en todos los aspectos posibles. Río de Janeiro bajará el telón, y sólo habrá aplausos de pie.

 

Comentá con tu usuario de Facebook

Dejar respuesta