El hombre masticó de parado el último bocado del postre que le quedaba en su plato, se terminó el vaso de tinto con soda y renunció a la cita familiar de cada domingo con la excusa de lavar el auto.


♦¡ADVERTENCIA!♦ La nota que usted está por leer no pertenece al campo de la actualidad. El día domingo 3 de abril de 2016 se disputó uno de los tantos clásicos sunchalenses entre Libertad y Unión, correspondiente a la 9na fecha de la zona “G” del torneo Federal “A”. La nota fue parida por el autor días más tarde. La lectura desactualizada corre por su cuenta


Por: Ezequiel Barberis.

El hombre masticó de parado el último bocado del postre que le quedaba en su plato, se terminó el vaso de tinto con soda y renunció a la cita familiar de cada domingo con la excusa de lavar el auto.

El legendario Tabaré Cardozo nos habla del ritual de prender la radio, al que Gustavo asiste cual socio honorario desde que tiene uso de razón. Es que su viejo, camionero con estereotipo de camionero, lo cargaba en su Ford con motor Perkins, y en los viajes largos al norte aquel aparatito con dial a válvula era su inseparable compañía. Por eso, hasta el día de hoy no se le ocurre no encender la radio cuando a su Renault 12 le toca la hora del baño.

El coche es gris, como el cielo de aquella tarde a inicios de abril. Y la calcomanía del baúl es amarilla y negra, como esa camiseta de su amado Libertad que llevaba puesta. La casaca es del 2007 y le queda un poco chica, producto de tantos asados que hasta hoy sigue comiendo en honor al ascenso. Pero Gustavo la conserva como una reliquia y la usa sólo en ocasiones especiales. Como ese día. Día de clásico.

Las horas le pasaban lentas, producto de la ansiedad. Casi se devoró medio paquete de Parliament, lustró tres veces las cubiertas y se bajó un termo de amargos. Siempre en soledad, porque la bruja sabía que enfrentar a Unión, de visitante, a Gustavo le generaba tal nerviosismo que sería en vano dirigirle la palabra.

Llegó el momento de partir rumbo a la cancha. Antes de salir alzó un buzo. La verdad es que poco le interesaba si la temperatura disminuía a bajo cero, o si esas nubes parían gotas, pero si pintaba festejar era necesario tener algo a mano para revolear. Y sacudir esa camiseta, nunca. Siempre en la piel.

Caminando arribó al estadio. Pasó un cacheo. Dos. Entró y se sentó casi atrás del arco, justo donde el flaco Manera peloteaba con Ruffini. Sacó del bolsillo a su fiel compañera, y mientras el relator le contaba al oído las formaciones, él tomaba notas mentales de la distribución en el campo de juego. Obviamente ya conocía de memoria a los suyos, pero nunca estaba de más recordar los nombres de pila, para hacer más personalizados los aplausos o los insultos.

De nueve jugaba Matías Zbrun. “¿Será el hijo del viejo Zbrun?”, preguntó un sexagenario que se le sentó al lado. Gustavo, no acostumbrado a que le hablen los domingos de clásico, lo miró de reojo y contestó a regañadientes. “No, no creo…”, dijo. “¡Ese sí que hacía goles, eh! Éste no le llega ni a los talones”, respondió el viejo entre risas. Gustavo ni lo miró.

A Gustavo no le agradaban las comparaciones, ni que les resten crédito a sus jugadores. Y mucho menos antes de que empiece el partido. En todo caso, si había que putear, que sea con la cosa ya juzgada.

Sonó el silbato y en la tribuna se dibujaron varias cábalas. De trámite parejo, aunque con Unión más incisivo buscando hacer valer su localía, la primera mitad se fue esfumando poco a poco. Pero cuando el humo de los choripanes marcaba que el entretiempo era inminente, la frente de Yuste enloqueció a la hinchada local.  Cabezazo de pique al suelo, como marcan los libros, para el 1 a 0.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, y Gustavo se devoró las cinco pitadas finales del último pucho del paquete. Esos quince minutos fueron eternos. Todavía tenía en sus retinas el gol, cuando en el primer minuto del segundo tiempo Baumann sólo debió empujarla a los piolines. Otra desatención defensiva y 2 a 0 abajo. Tan abajo como la moral en la tribuna visitante.

Todo lo que Gustavo había imaginado horas antes se desmoronaba como un castillo de arena. En el otro costado de la cancha, cientos de fanáticos verdes gritaban y saltaban. Y para colmo de males, fumaban, mientras a él se le había evaporado su atado, y cambiaba tabaco por uñas.

Un tal Gudiño le devolvió las esperanzas. Lo habilitaron bien, enfrentó al arquero y definió con clase para estampar el descuento en el marcador. Tan sólo unas gotas de agua en medio de un oasis de preocupación para Gustavo, que casi ni pudo gritarlo. Pero era agua al fin.

Unión siguió atacando y tuvo varias chances de ampliar el resultado. Ruffini empezó a ser figura y los hinchas aurinegros ya no sabían a cuál de todos los santos quedaba por rezarle. Lo que sí era sabido es que estaban bien organizados: algunos pedían por empatar, y otros por no recibir más goles. Salvo Gustavo. Él sólo pedía un cigarrillo. Sabía que lo que suceda en el campo de juego no era asunto de interés para el poder divino.

Iban 44 minutos y medio cuando el árbitro alzó su mano y marcó que se jugarían 180 segundos más. En la radio el comentarista decía que por la tensión, el aire del estadio se cortaba con un cuchillo. Sonó a cliché, y por un instante Gustavo pensó que ese cliché debía completarse con otro cliché. Y así fue.

A los 48, en la última jugada del encuentro, Zbrun anticipó un centro que llegó desde la izquierda, venció al arquero, y decretó el empate. El estruendo en las gradas visitantes se mezcló con el silencio local y el pitido del árbitro que le bajó las persianas al partido.

A Gustavo se le cruzaron muchas cosas por la cabeza, pero rápidamente se difuminaron cuando sintió que alguien le apretaba las costillas. Aquel viejo gruñón lo abrazaba con tal emoción, que fue imposible recriminarle su pesimismo siquiera por un segundo. No podía interrumpirle semejante alegría. Y tampoco podía darse el lujo de interrumpirse la propia. Ambas eran tan genuinas que valía la pena disfrutarlas.

Mientras tanto, esa vieja camiseta, que pronto cumplirá una década, le sigue regalando sonrisas. Y quedará en la eternidad. Como el gol de Zbrun. Como ese viejo. Como su amor por Libertad.

 

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