Por: Iván Giordana.

Cuando todos pensaban –incluso ella- que Marta iba a quedar para vestir santos, Oscar apareció en la oficina con un maletín pasado de moda y un peinado que seguía la misma tendencia para cautivarla con sus facciones árabes y su voz rasgada. Desembarcó en Rafaela con veintidós años de experiencia en el rubro y cincuentaitrés a cuestas, un envidiable puesto de Encargado de Cobranzas y una brillante trayectoria laboral. Un único detalle empañaba su foja: andaba con los hilvanes a la vista.

Los minutos posteriores a su presentación en la empresa, mientras iba saludando a los nuevos compañeros, Oscar quedó atraído por la blanca timidez de Marta, que ofreció su mano tibia sin imaginar que él le iba a acercar su mejilla para que le diera un beso.

Como Oscar era, a pesar de su férrea sujeción a las estrictas normas de trabajo, una persona jocosa y ocurrente, que gustaba de los comentarios subidos de tono, a los pocos días ya estaba perfectamente ensamblado al grupo, participando de las bromas conjuntas y organizando una cena a modo de bienvenida.

La reunión se hizo un jueves y al día siguiente el tema de conversación -aunque sesgado para que no oyeran los tortolitos- fue la sugestiva cercanía que había habido entre Oscar y Marta.

A pesar de que ambos estaban solos y les faltaban motivos para esconderse, prefirieron mantener su relación en secreto durante un tiempo porque mucho conocían –especialmente él- de precoces desencantos e inesperadas frustraciones. No lo lograron, porque en los pueblos grandes, o mejor dicho, en las ciudades pequeñas, siempre hay alguien que ve y pregunta, otro que no tiene respuesta pero supone y alguno más que afirma y cuenta, como al pasar, lo que pronto engorda y se transforma en verdad absoluta.

A Oscar lo hechizaba la facilidad que tenía Marta para cantar en inglés, para citar fragmentos de cuentos de Bioy y para irse por las ramas cuando se animaba a media copa de vino blanco. También le gustaba escuchar su curioso estornudo y verla liar sus cigarrillos. A ella la fascinaba el desparpajo de su compañero, que así como podía hacer avioncitos de papel para los chicos del barrio, arrancar panaderos de la plaza para soplarlos despacito o tomar helado de crema del cielo, también era capaz de pasarse horas enteras disertando sobre el panorama político mundial o explicando el trasfondo de los conflictos bélicos más importantes del siglo XX.

Veintiún años pasaron desde el lunes en que se conocieron, siguen compartiendo la vida y chicaneándose con ocurrentes comentarios. Ella afirma que cuando Oscar se acercó para saludarla aquella primera mañana, su sobretodo olía a naftalina y su perfume, a loción barata. Oscar jura que cuando la vio a ella enrojecida se convenció de que era una ficha ganada y supo que podría aliviarle la ardua tarea de confeccionar prendas para estatuillas de iglesia.

-Hay una teoría que dice que la palabra a-mor significa negación de la muerte y, por ende, está emparentada con la eternidad -me dice Oscar mientras bebe un sorbo de café que le empaña los anteojos.

-Tengo entendido que es una teoría falsa – me apuro a replicar.

-¿Estás seguro pibe?

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