Por: Iván Giordana.

Uno de los últimos días de clases del ciclo lectivo del año 1995, a punto de finalizar la escuela primaria y cambiar de colegio, me sorprendí al ver a una de mis compañeras sentada sobre uno de los bancos del aula esperando que los demás dibujaran y escribieran su guardapolvo con fibras, lapiceras o cualquier otro elemento que pudiera dejar una marca indeleble de aquél momento que, a nuestras cortas edades, era lo más trascendental que podía pasarnos en la vida.

Como buen abombado pregunté cuál era la razón de tremendo ultraje al atuendo que nos unificaba y en repuesta recibí un interrogante bastante elemental en tono burlón:

–¿No ves que terminamos séptimo?

Desconcertado por esa extraña costumbre que no conocía, escuché con atención las razones por las que se la ponía en práctica: era la última vez que íbamos a estar juntos, nadie sabía qué nos depararía el futuro a cada uno y, lo más importante, la prenda conservaría incólume el recuerdo de una dicha que no se repetiría jamás.

Los argumentos me parecieron indiscutibles y, al ver que el hábito contagiaba y la palabra jamás auguraba largos siglos de negra soledad, me dieron ganas de hacer lo mismo.

Esa tarde volví a casa pedaleando rápido para llevar la noticia de que pondría a disposición mi guardapolvo para que mis compañeros dejaran sus huellas. Al instante recibí una de las pocas negativas rotundas e innegociables que mi madre iba a darme durante mi niñez:

–¿Estás loco? De ninguna manera, hay chicos que no tienen qué ponerse para ir a la escuela, así que se lo regalaremos a alguien que lo necesite. Mirá si te voy a dejar hacer esa pavada.

–¿Y si llevo el más viejo?

–Tampoco.

Obviamente, lloré como un desamparado, revoleé algún cachivache y luego, aun sabiéndome en falta, rogué para que la decisión fuera revocada.

No tuve éxitos.

Los días que restaron para terminar las clases formé en el patio con mi delantal blanco -lo más blanco que se lo puede tener en diciembre- entre tantos otros pintarrajeados. Por suerte no fui el único.

Mirado a la distancia, y si bien no es más que una travesura o una manera de marcar la diferencia entre los alumnos menores, que deben cumplir a rajatabla las normas de la escuela y los mayores, que gozan de cierta impunidad la última semana por estar de festejo, el hábito de escribir un guardapolvo (o una remera, o un uniforme) no tiene mucho sentido que digamos. El hecho de haber incumplido aquél ritual no impidió que mantuviera los vínculos que todavía hoy me unen a muchos de mis compañeros ni que siguiera mi vida como si nada fuera. Disfruto y padezco como cualquier otro bípedo con pulgar oponible.

Pero claro, esto lo pienso ahora, que ya pasé los treinta y tengo hijos que en pocos años dirán que no los entiendo. El círculo cierra perfectamente; cuando uno se da cuenta de que sus padres tenían razón, seguramente ya tiene hijos que piensan que está equivocado.

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