Cuando la realidad es sublime, el escritor calla. En su lugar sólo aprecia. Y cuando esta realidad es reproducida a elevadísimos niveles miméticos, el escritor perece en el intento de describir lo que observa. La creación habla por sí misma.

Bienvenidos a la historia Luis Hernán Vaca, el hombre que consiguió retratar la vida salvaje dentro de cinco paredes de concreto.

Por: Cristian Malano.

Imaginemos que estamos en un teatro.

Las cortinas rojizas caen pesadas y aún cerradas, porque la gente está terminando de acomodarse en las butacas. Observamos una sala repleta de sunchalenses. ¿Ven aquella señora que se está abanicando lentamente con un hojita de papel? Bueno, ese papel es el programa de la obra teatral. Por lo que podemos apreciar hoy disfrutaremos la historia de un hombre cuyo talento plástico es majestuoso: “Murales Salvajes” dice el papelito que dejó de agitarse, y el título está ornamentado con algunas cotorritas que buscan volar hacia el horizonte. Es correcto y podemos estar de acuerdo con que el director se arriesgó un poco con ese título sugerente y marketinero de tinte hollywoodense.

Ahí es cuando me empujo a mí mismo desde atrás de bambalinas para saltar al escenario. Cuando salgo noto miradas confusas, incluso gente que recorre el programa con la vista. No, no. No confunda, señorita pituca de la platea. Míreme, ¡acá estoy! No soy el protagonista de esta historia, sólo subí a hacer una aclaración y quiero que todos me presten dos segundos de atención.

El homenajeado de esta semana es mi abuelo. Disculpen, pero hoy no puedo ser objetivo.

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Fotografía: Guillermo Reutemann.

Mientras estira su brazo derecho para saludar, Luis Vaca (Hernán, como lo conocemos sus allegados y como lo nombraré a partir de ahora) se agacha un poco y hace una pequeña reverencia con el cuerpo. Lleva el brazo izquierdo en estocada rápida hacia la espalda y completa su presentación mirando a través de los cristales, sonriendo con los ojos.

Desde que tengo uso de razón ese saludo es todo un símbolo distintitivo de su personalidad. Y es así como nos recibe esta vez.

“Ocho meses estuve pintando todo lo que  ven aquí dentro. Las cuatro paredes y el techo. Todos los días un poco, en torno a dos o tres horas diarias”, explica ante los gestos de asombro de mis compañeros. Estamos rodeados de muros que reflejan un paisaje de salvajismo y virginidad absoluta: flamencos, leones, tigres, patos e innumerables especies de loras amalgamadas en un mismo bioma.

Una creación que fue moldeando con base en sus numerosas vivencias de monte y caza, y bajo la inspiración de incontables fotografías del mundo animal. Hernán no escatima en desafiar a que nos acerquemos a ver el pelaje de los felinos. Claro, no es falsa modestia. Pelo tras pelo, las micro pinceladas le dan forma y color a las piezas que componen la obra.

Y caigo otra vez en un bache descriptivo.

No quiero insistir en la grandilocuente e innecesaria introducción que hice sobre lo subjetivo del valor de las palabras, pero créanme que describir el efecto que su obra produce no es sencillo. Probemos con esto: el resultado perceptivo es inverso a las sensaciones que pueden brotar al contemplar un artista promedio. Vemos la obra a cierta distancia, la evaluamos, la tratamos de entender (según sea su nivel de abstracción) y la sentimos. Qué nos produce, ¿tristeza? ¿alegría? [Paso de hablar de esto. Quiero enfocar mi análisis en lo plástico y formal]. Nos acercamos un poco más y vemos que hay detalles, ciertos trazos irregulares que claro, es entendible, con la distancia se camuflan y se funden en una estructura mayor, que será más o menos atractiva a la vista. Si casi pegamos nuestra nariz a la obra veremos contornos semi difusos, espesuras irregulares de pintura o incluso el mismo pulso de la mano que le jugó una mala pasada al artista. ¿Estamos de acuerdo con eso?

Bueno, en las pinturas de Hernán Vaca nada es así. Mientras más cerca, mayor el deleite visual.

Y todo envuelve. Una tríada de espejos ubicados estratégicamente en esa fresca sala  no hacen más que explotar el carácter de profunda inmensidad que flota allí. “Es raro –expresa José-, pero acá adentro no me siento encerrado”, a lo que Hernán completa “y no sabés lo que es de noche, cuando está todo en silencio y pongo en la tele algún documental de vida animal”.

Doy fe de eso. Esa habitación cobra vida.

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CLICK PARA AMPLIAR. “Pescando en la cueva del oso”.

¿Que qué se necesita para crear semejante espacio? No sólo habilidad. Y no, tampoco tiempo de sobra. Saquen cuadernos para anotar un término ya demasiado común dentro de la esfera familiar: ser “bichero” hasta los huesos. Llevar la naturaleza bien adentro, y que sea ésta la encargada de marcar los pulsos de la vida. Amar el monte virgen y sus misterios. Hablar del guazuncho o del carpincho como si fueran amigos de toda la vida. Y por no mencionar la vizcacha, compañera de las mil anécdotas. Dejar que una singular intervención divina lo trascienda a uno y que todo ese cúmulo de recuerdos y sentimientos se canalice junto en un dibujo, en una pincelada. “Desde muy chico yo siempre anduve por esos lugares –afirma nuestro entrevistado-. Montes espesos, en cacerías que no voy a olvidar junto a mis hermanos, en Córdoba. Pintar estas paredes significó para mí traer acá todo eso que viví y retratar el paraíso como yo lo entiendo”.

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Hernán, en plena tarea. FOTO DE ARCHIVO.

La primera
“Una vez vino gente de Buenos Aires a recorrer y le buscaban el ribete a los dibujos porque decían que yo pegaba calcomanías


La segunda
“Y otra vez vino un hombre que me dijo que yo pintaba las paredes porque no podía hacerlo en cuadros. Se fue y volvió al tiempo, y yo le mostré los 12 murales que hice de madera


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Murales. CLICK PARA AMPLIAR.
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Murales. CLICK PARA AMPLIAR

Pero no es sólo la pintura. Lo acompañamos en una recorrida tranquila por los laberínticos pasillos de un criadero de pájaros que es, también, su elección de vida. 5000 ejemplares distribuidos ordenadamente en jaulones inmensos según la especie. “Siempre me gustó trabajar por mi cuenta –dice -, y cuando vine a Sunchles y terminé el servicio militar me salió la oportunidad de criar loras para exportación. Eso fue hace muchos años, después se prohibió. Con el tiempo aquel pasatiempos se transformó en un trabajo de tiempo completo”.

¿Qué especies criás acá? – pregunta Guillermo. “Cotorras australianas en su mayoría, Agapornis Fischeri [N. del R. mejor conocidas como “Fisher”], diamantes y calafates. Esa es la variedad, cada una con sus cuidados distintos, que demandan muchas horas de trabajo entre alimentación e higiene de las jaulas”.


Los dejo en las manos mágicas de José y su edición de video. Él sabrá contarles mejor que yo de qué se trata todo esto.

Quizá porque una parte de mi infancia quedó allí también, plasmada para siempre en aquellas paredes. O porque fui testigo presencial, entre medio de tarritos de pintura y mate, del “mientras tanto”, de la ejecución maestra. Lo cierto es que considero que su vida y arte merecen un lugarcito en los atriles de nuestra historia ciudadana. Repito, es difícil seguir una lógica periodística bajo mi condición familiar, pero con la ayuda de mis compañeros hicimos el esfuerzo de transmitir todo lo que nos llevamos ese día, cada cual en su campo de trabajo. El resto de las conclusiones quedan a criterio de ustedes, espectadores.

Ahora que esta humilde obra teatral terminó, los dejo escabullirse tranquilos. Les deseo un buen retorno a sus rutinas. Que el último que salga de la sala apague la luz, y que lo único que brille sean las pinturas de mi abuelo.

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Fotografía: Guillermo Reutemann.
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