Por: Conrado Bocco

Desperté con la excusa perfecta para pasar navidad a solas. Cólico intestinal. Ensayo ante el espejo: mano en la barriga, cara de dolor y voz de náusea. “Llevame al médico, Ester”. Estercita era servicial como nadie. Con el doctor, siempre fácil; contraerse cuando palpa, y listo. Los niños esperaban noche buena como náufrago a su rescate. Cosa de chicos, que no eran como el que yo había sido. Acepto ser un mezquino, amante de la oscuridad y del silencio. Las navidades de mi cuñado, que además vivía en la casa de al lado, a pura cantata, vino picado y guitarra desafinada, me producían rechazo al borde del mal de tripas. Así que, mejor simularlo y prevenir el verdadero asco de empanada aceitosa, vitel toné alergénico y asado arrebatado. Todos cantaban o bailaban, y yo un simple comisionista, voz de pito y rengo de oídos. No me interesa la música, no creo en política, no comulgó religión, ni coincido con las personas en términos generales. El típico hombre que se jacta de tener pocos amigos.

Los chicos se vistieron con ropa de fiesta y musitaron rezos para que Niño Jesús despachara regios regalos. Dos que cayeron en las garras espirituosas del engaño. Inventos del ser humano negado a comprender que cuando se apaga la luz, termina la película (capút). Sigiloso, me dieron un beso grande. “Papá, de regalo pedimos que mañana estés recuperado”. Aunque nunca creí en querubines y demás chantadas, ellos sí que eran dos angelitos. Lástima que no les gusta el fútbol. Ester me pidió que asistiera a la entrega de regalos y la foto para el álbum. ¿Álbum? “Amor, los amigos de Carlitos vienen con trajes de la banda, y todo pinta de maravilla”. Gracias por la información. Acababa de rubricar a sello lacre que ni embriagado con el más sedativo de los jarabes me asomaría por allí. “Te amo, reina”. Sujeté mi panza por la nariz, ojos cerrados, y me mandé para el cuarto.

“Héroes”, documental del mundial ´86. Preparé pororós, salchichitas rápidas y Gancia con hielo y limón. Puse el cassette en la videocasetera y me dejé caer como Diego en el área, en la final. “Más, me das cada día más,…” Solo me sentí conforme con mi país en el ´86. Para salir de lo ordinario, los argentinos tuvimos que irnos a México. Entre lágrimas por el campeonato, y el aperitivo recordándome al viejo fumando un habano con la copa de plástico, los destellos en el cielo dieron un marco increíble a mi: ¡Feliz Navidad! De pronto, el estrépito se adueñó de los acontecimientos. Un grave sonido en la cocina me alarmó. Abrí la puerta y una ventisca despeinó mi cuero cabelludo despoblado. El aroma a estiércol se tornó insoportable. Pude ver una sombra movediza en el fondo del patio. “¡Qué los parió, rateros de cuarta!” Fui hasta la vitrina de armas. Preferí la escopeta. Además de cartuchos, también cargué con mis ciento cuarenta kilos. La gramilla estaba húmeda y yo descalzo. Al malhechor le costó trepar el muro y no parecía hábil manteniendo equilibrio en la tapia. Bombo y cantos en el patio de los artistas. Mi voz de alto no dio resultado. Conozco el corazón de manzana, y el caco iba a tener que saltar al techo de mi cuñado. Imaginé a los niños de rehén. Sabiendo de mis limitaciones, preferí la alta escalera apostada en la casilla de la basura. Pude verlo repiquetear torpemente sobre las tejas. Guitarras y percusión crecían con estridencia en lo de Carlitos. Sin farolas en la calle, nada hubiese sido posible, y solo por ellas pude ver la silueta embebida en lo que parecía el tanque de agua. Emití el segundo pedido de alto. Con una descarga fue suficiente. La explosión se confundió con épico sapucai del gordo gritón de la banda de folcklore, y la perdigonada logró el cometido. El maleante arqueó su cuerpo sobre el borde de lo que al final identifiqué como la chimenea, y desapareció. Salí a la vereda y corrí al rescate de mis niños. Ingresé a casa de mi cuñado con patada en la puerta. La banda muda y el parlante con ruido de acople. El morocho especialista en sapucais, y otros relinchos, tenía la cara petrificada. Los niños lloraban aterrados, con sus regalos regados de ceniza y sangre. El malhechor estaba bajo la arcada del brasero, y todos con intenciones de reanimarlo. “¡No se acerquen, que lo remató! ¡Estuvo en casa y es muy peligroso!” Mi suegro me agarró con maniobras propias de ex militar, y me estampó contra la pared a punta de atizador. Ester me encaró con las venas ingurgitadas de la bronca. Su frase fue imperceptible de tanto llanto. Nunca la vi así de desconsolada. Una línea de defraudación caminaba su rostro. Regresé al cuerpo. Era verano y el bandido andaba de poncho pesado. “Ya veo que le di a uno de los norteños”, pensé. Cosas de la mente. El mayor de mis hijos se atravesó y me alzó la voz como si fuera él el adulto. “Jamás te lo voy a perdonar. ¡Mataste a Papa Noel!” Más allá de tamaña estupidez, un sujeto disfrazado agonizaba, y tal vez podía hacerse algo. Dejé el arma en el charco de sangre y me doblé en su cabecera para tironear de la barba. El canoso de lentes no se dignaba a abandonar la pose. De nuevo, el olor a estiércol viniendo de la puerta del patio se tornó insoportable. La cabeza de un reno asomó por la ventana. Fue difícil incorporarme por la agitación. Una mano se posó en mi hombro. Giré y encontré a mi cuñado Carlitos. “Vos siempre creyendo que te las sabes a todas. Nunca dejaste de ser un pelotudo.” Entre sudor, sangre y griterío, me fui sin chistar. En mi habitación choqué con el espejo y me hallé de calzones enterrados en la cintura. Para la antigüedad, la obesidad era sinónimo de belleza. Retiré el cassette de “Héroes”, otras pertenencias, y me alejé de tanta mediocridad. En la melancolía de un andar solitario, pensé en los que se analizan, pero nada corrigen los incorregibles.

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