Ni Una Menos: los inicios de la violencia de género en Sunchales

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Por Fernando Calamari

Sunchales, aquél pujante poblado que de sus trigales dorados emanaba la riqueza de la colonia, acentuada posteriormente por el cooperativismo lácteo. Pueblo con calles de tierra, viviendas de material y plaza amplia, donde todos se conocían. Su dinamismo institucional manifestado en escuelas, mutuales, entidades deportivas, junto a la cultura de trabajo que trajeron los inmigrantes, le dieron la impronta de distrito cosmopolita desarrollado.

El edificio de la iglesia rompía la monotonía de su urbanización y su campanario era la voz de la conciencia que llamaba a los feligreses a la misa dominical para seguir el camino de la rectitud moral y expiar pecados.

Pero detrás de esta aparente calma y rectitud pueblerina yacía latente la idiosincrasia de la sociedad patriarcal. Esta no solo se caracterizaba solamente por el relegamiento de la mujer en la economía y cultura que ocupaba puestos secundarios, sino también en la vida cotidiana e íntima familiar de puertas adentro de la casa.

Pose fotográfica de matrimonio: el hombre sentado expresa la prioridad de la comodidad basada en su superioridad patriarcal, a la vez que la mujer parada a su lado manifiesta su lugar secundario y sumiso. La solemnidad y elegancia del vestuario incluye cubrir todo el cuerpo femenino como antónimo de liberación de la mujer y evidencia de la rigidez de género. Fuente: Semanario Informativo La Lucha, Álbum del Cincuentenario, Sunchales, 1936.

En esto último, se dieron casos de violencia simbólica, material, psicológica y física. En estas situaciones, el hombre consideraba a la mujer como inferior, incapaz y de su propiedad, enmarcado en la idea de cosificación del primero hacia la segunda. Estas características se manifestaron en denuncias de mujeres en la Comisaría de Sunchales entre 1895 y 1934 de la siguiente manera y con nombre propio, a modo de ejemplos de otros casos anónimos:

Teresa llegó desesperada al destacamento policial y contó que su marido era muy violento porque la insultaba y la golpeaba. Se constató que le había “movido un diente” (entre comillas textal del informe de la policía) a través de un puñete. Igualmente, dijo que su esposo la amenazó de muerte y que la iba a echar de la casa. Además de la denigración y la violencia, se evidencia el hogar como ámbito de autoridad y dominación masculina y el deber de la mujer para atenderlo. Este rol de ama de casa expone la división sexual del trabajo en donde la consorte debía realizar las tareas hogareñas y criar a la prole, mientras el hombre trabajaba en el mundo exterior. En este sentido, la expulsión aludida infiere la vulnerabilidad femenina para encontrar refugio y sustento. Con su acusación, Teresa Ventura se convirtió en la primera mujer de Sunchales que denunció institucionalmente la violencia de género.

Otras víctimas fueron Anita y María. La primera sufrió golpes por su marido porque éste tenía celos. Era común justificar la incompatibilidad del amor con la violencia física expresada en la frase “porque te quiero, te aporreo”. La segunda dijo que su esposo la maltrataba. El padre de María querelló a su yerno porque deterioraba a su hija. Las dos familias vivían en su casa, levantada con esfuerzo en el campo de su propiedad. Esta característica era común en núcleos familiares rurales que se agrandaban con el casamiento de las hijas o hijos y convivían el mismo techo paterno. Los numerosos integrantes aportaban mano de obra en las tareas del campo. En una noche, dentro de la habitación matrimonial, el esposo de su hija le gritaba y la golpeó con una escopeta, llegando a herirla en la cabeza. El padre, al oír los gritos, intentó entrar a la pieza para socorrer a María pero su yerno le disparó, si bien no le impactó el tiro porque se hizo a un lado. Ante esto, el anciano tuvo que encerrarse en su habitación hasta que amaneciera y luego hizo la denuncia. Mientras tanto, entre sollozos y dolor en una noche interminable, María estuvo prisionera, castigada y amenazada.

Un nuevo suceso lo vivió Elena, quien denunció que su pareja la “ultrajó y vejó”. El ataque sexual como “delito de alcoba” porque se realizó en el ámbito íntimo de la vivienda, demuestra que la mujer debía satisfacer las demandas sexuales de su conyugue y que a éste no le importaba el consentimiento de su esposa, incluso formaba parte de las obligaciones maritales en donde el hombre decidía. En el sexo, la autonomía de la mujer consistía en la reproducción. Tener hijos era un mandato social y una obligación para la dama y la procreación le otorgaba el verdadero sentido femenino y su realización como mujer. Por lo tanto, el placer sexual le estaba vedado a la consorte, al igual que la independencia de su cuerpo.

Otro ejemplo de vulneración fue Ilda. Aprovechó la ausencia de su esposo para abandonar su hogar con su hijo. En el momento de constituir la acusación se comprobó que tenía mordeduras y un ojo “completamente marcado”, fruto de haber sido castigada con el puño cerrado. Cansada de los constantes maltratos, “solicitó el divorcio y pidió amparo a la policía”. El abandono de hogar por parte de las mujeres fue otro origen que manifestaba la violencia familiar del hombre hacia la mujer. Era considerado delito y los esposos hacían la denuncia. Se dieron varios acontecimientos de esta índole, como el de Ludovica, Rosa y Antonia. Esta última lo hizo con su hija porque su marido le dio “una vida llena de sinsabores e ingratitud por su carácter irascible”.

Familia de época: la gran cantidad de hijos era sinónimo de virilidad masculina y principal función de la mujer. Fuente: Semanario Informativo La Lucha, Álbum del Cincuentenario, Sunchales, 1936.

La separación y el abandono de hogar por parte de la señora era mal visto por la gente ya que aquella no tenía que dejar a su cónyugue y debía aguantar en silencio los padecimientos. Su obligación era atender hasta la muerte a su pareja. Los abandonos de hogar por parte de las mujeres tenían el estigma de la culpa ante la sociedad y el incumplimiento de los deberes conyugales.

Los intentos de abuso sexual igualmente formaron parte de la violencia contra la mujer. En este sentido, Abala caminaba por las calles al salir de un negocio y un hombre se le acercó. Mediante una simulación de entregarle algo que le pertenecía, el sujeto logró que Abala detuviera su marcha. El masculino la agarró del brazo y le apuntó con una pistola en el pecho. Luego se dio a la fuga. Abala quedó temblando de miedo porque creyó que le disparaba. Ella no conocía al agresor y se sospechó de un intento de abuso.

Otro asunto lo padeció Eulogia, quien llegó a la institución policial “bañada en sangre” porque un inquilino le causó heridas en un aparente intento de defensa ante un ataque sexual, Su sangre fresca en su ropa y las heridas abiertas fueron testimonio de la agresión. A pesar del dolor y antes de ir al consultorio médico, Eulogia concurrió a la repartición de la ley para radicar la acusación. Otro suceso fue cuando la madre de una niña denunció a un notorio propietario de un pequeño establecimiento fabril de intentar abusar a su hija.

Un nuevo hecho lo padeció la esposa de un vendedor ambulante, quien fue víctima de un intento de violación. Junto a su marido e hijas, habían llegado a Sunchales en carreta para realizar algunas transacciones comerciales y así obtener dinero para vivir. En el momento de la agresión, su marido no estaba en la carpa porque fue a buscar alfalfa para los caballos. Unos vecinos del pueblo se acercaron a su morada y uno de ellos le ofreció dinero por sexo. Por su respuesta negativa, le pidieron a su hija menor. Un agresor sacó su cuchillo y amenazó a la adulta para tener relaciones. Ante el rechazo, en la intimidación le decía “si no te dejás montar, te voy a degollar”. La señora se resistió y forcejeó, logró salir de la carpa y solicitó auxilio de personas que vivían cerca. Ante la llegada de vecinos, los atacantes se retiraron. Aquellos delincuentes creían que por tener dinero y debido a que uno de ellos tenía el apellido de una familia destacada de la comunidad, podían aprovecharse de la pobreza de sus víctimas y “comprarlas”, pero no tuvieron en cuenta que la dignidad no tenía que ver con el aspecto material sino humano. Además, los chacales esperaron que el marido de la mujer se ausentara para aprovecharse de la mayor indefensión de la esposa y sus hijas, a la vez que cuando llegaron personas para socorrerlas, escaparon cobardemente. Al regresar el esposo y padre de las víctimas, se dirigió a la repartición policial para contar el hecho.

La relación jefe-empleada era motivo de abuso de poder y acoso. En este sentido, Ángela era una niña que entraba en la adolescencia y trabajaba como sirvienta para colaborar con los ingresos de su familia. Su patrón le hacía “proposiciones desconsideradas en forma reiterada”. Cansada del acoso interminable, Ángela quiso buscar otro trabajo pero sus padres se opusieron y la obligaron a regresar. La necesidad de dinero para sobrevivir fue más importante para la familia de Ángela que el acecho que ella padecía. Así, su trabajo era un infierno cotidiano que tenía que soportar.

La libre elección de pareja por parte de la mujer tampoco era bien valorada socialmente ya que en muchos casos los padres elegían a su futuro esposo, bajo la creencia que el amor llegaría con los años de matrimonio. Para la selección se tenía en cuenta el aspecto material del posible conyugue ya que éste le debía dar a su prometida una vida sin privaciones, lo cual le asignaba al varón el título de “verdadero hombre”. Esto era una costumbre ancestral de otras partes del mundo que los inmigrantes trajeron. Algunas jóvenes se oponían a la intervención paternal sobre el criterio de elección de pareja y se marchaban de la casa paterna. Como ejemplos de esta problemática se nombra a Ángela, menor de edad, quien partió para estar con su novio Eduardo y Dominga, quien hizo lo propio con José. Esta selección de pauta matrimonial alude a la crianza rígida dentro de la familia que el padre ejercía sobre las hijas.

María L. Chazarreta de Acosta. Fuente: Semanario Informativo La Lucha, Álbum del Cincuentenario, Sunchales, 1936.

Los abortos clandestinos estaban presentes. Como ejemplo se registró la declaración de un vecino que sospechaba de tal situación. A pesar del pacto de silencio de la familia, una mujer detenida confesó: “luego de transcurrir una hora del aborto, la madre agarró una pala y enterró el nonato de cuatro meses, cerca de un corral y tapó la fosa con ramas. Posteriormente, hizo remedios caseros para curarse”. El padre era del entorno familiar y se había dirigido a otra provincia. La policía “desenterró el cuerpo putrefacto, comprobó que era una niña, la puso en un cajoncito y fue llevada inmediatamente a esta Comisaría General. Sin pérdida de tiempo se llamó al doctor del pueblo y ante testigos se le practicó la autopsia. Se puso los pulmones, el corazón y la cabeza en un balde de agua ardiente (para su conservación) y al cadáver se le dio sepultura.” En otros casos, como uno envuelto en un pañuelo blanco, se encontraron bajo tierra huesos, cráneos, piernas y brazos. La crudeza de

los testimonios expone la interrupción clandestina de los embarazos avanzados y su metodología. Muestra también su consideración social ya que se debía realizar en forma oculta y silenciosa, pero era aceptado y practicado, si bien no por toda la comunidad.

De las propias mujeres surgía violencia con el mismo género. Por ejemplo, un insulto común era decirle “putana” a otra mujer. Este improperio quedó registrado como descalificación y ofensa contra la persona. En efecto, traslucía el mandato social que pensaba que la mujer debía llegar virgen al matrimonio para demostrar su moral y decencia. Pero la permanencia del prostíbulo denominado Casa de Tolerancia durante décadas evidencia la demanda masculina de prostitutas para el servicio sexual. Concurrían hombres casados y solteros, incluso adolescentes que, acompañados por un familiar o amigos, debutaba sexualmente para tener experiencia en el matrimonio, al igual que para gozar en el sexo. El negocio económico de sexo y venta de alcohol a los que visitaban a las “pupilas” que ejercían esta profesión legal era rentable. La doble moral de la sociedad y el desigual derecho a la sexualidad en los dos géneros quedaron manifestados rotundamente.

María L. Chazarreta de Acosta vivió en los años investigados. Era afiliada del Partido Socialista de Sunchales, miembro de la comisión directiva de la Biblioteca Popular “Juan B. Alberdi” y formó parte de la revista “Vida Femenina”. Por las características aludidas fue pionera intelectual, activista y defensora de los derechos de la mujer e igualdad de género en nuestra comunidad y la provincia. En 1936 -año del cincuentenario de Sunchales-, María testimonió en un semanario local la situación de las mujeres, llamando a la sociedad a reflexión de la siguiente manera: “¿Debe la mujer seguir siendo, a pesar de la evolución que se opera en el mundo, el puntal del oscurantismo? ¿No habrá llegado el momento de cortar con el lastre que nos mantiene amarradas a un pasado que contrasta con el presente y se opone al porvenir?” Además, denunciaba que a la mujer se la consideraba “como un ser sin ideas, sin derechos, sin aspiraciones…como un ser inferior…” María no buscaba confrontar en la dicotomía amigo-enemigo ni imponer la superioridad del género femenino sino establecer una sociedad con igualdad de condiciones para la mujer y el hombre.

De lo analizado se concluye que la violencia de género se dio mayoritariamente en forma intrafamiliar y en hogares de familias heterosexuales y monoparentales. Fue común en distintos orígenes étnicos y clases sociales. El espacio rural y urbano, al igual que la pertenencia a un credo, fueron otras características compartidas. Por lo tanto, la violencia de género atravesó a toda la sociedad sunchalense. La ausencia de femicidios marca el límite de las agresiones que no culminaron en tragedias.

La Comisaría fue el lugar de denuncia y las pericias policiales constataron la veracidad de los hechos, pero éstos no fueron sancionados -excepto en el caso de aborto que se detuvo a una femenina-, lo cual manifiesta el desamparo de la mujer y el poder del varón para lograr su impunidad en la sociedad dominada por estos últimos. Es muy posible que las secuelas físicas y psicológicas de las víctimas perduraran a lo largo de sus vidas provocándoles traumas, agravados por la falta de respuesta, justicia y contención. Por otra parte, generalmente los sucesos denunciados eran de menor cantidad que los totales ya que se los omitía debido al ambiente social opresivo y estigmatizador contra la mujer.

A pesar de este contexto sumamente adverso, las víctimas tuvieron el valor de denunciar y hacer oír su voz. Fueron pioneras en sentar precedentes, visibilizar la problemática y buscar terminar con las agresiones. Así mismo, refuta la falacia que considera que en épocas anteriores no se realizaban hechos de violencia del hombre contra la mujer.

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