Por: Iván Giordana.

La abrasadora tarde de aquellos primeros días de noviembre presagiaba a las de pleno enero. El sol rabioso lanzaba sus rayos despiadados y la baja presión creaba una gruesa burbuja de aire irrespirable. Llegué a la casa de Silvia para entregarle unos papeles y, mientras esperaba que ella respondiera al llamado del timbre, oculté torpemente parte de mi cuerpo detrás de una columna para poder ver y oír lo que pasaba en la vereda vecina sin parecer un curioso –aunque lo fuera- ni un espía encubierto.

El viejo estaba sentado en el sillón de tiras anchas, a la sombra de una frondosa planta de moras, tomando mate y escuchando la radio. El pelo, ceniciento y disperso, apenas peinado. Bermuda color beige, camisa blanca desabotonada de punta a punta dejando entrever la panza lampiña y raídas chinelas calzadas en los pies duros y algo torcidos. Estaba con la cabeza gacha, mirando el piso y escuchando el sermón de la mujer que, presumo, era su hija. La dama gesticulaba y movía los brazos, caminaba frenéticamente de un lado a otro, se ofuscaba, suspiraba y volvía a discursear.

El viejo levantó la vista por única vez y, desesperado como un condenado en el patíbulo, preguntó a modo de defensa levantando sus manos temblorosas, ¿y quién va a regar las plantas? 

Toqué timbre nuevamente aun sabiendo que nadie iba a responder porque quería ganar algo de tiempo para saber si lo que estaba sucediendo era lo que me  imaginaba.

La mujer volvía sobre sus pasos, bufaba, miraba hacia el cielo, se abanicaba con una revista y reprimía el llanto. Las frases que ella lanzaba me llegaban sueltas y mezcladas, a veces entrecortadas. Es un lindo lugar. El viejo ni se inmutaba. Estás tan solo acá… El viejo seguía contando hormigas. Las cosas no están como para descuidarse y yo tengo mi trabajo, los chicos. El viejo arrimaba la radio a la oreja izquierda y se encorvaba cada vez más.

Como no me quedaban excusas para seguir en el lugar, me fui lentamente dejando un saludo a modo de campana redentora, de salvoconducto liberador. La situación debe haber continuado, difícilmente se haya terminado luego de mi desaparición.

Volví a la casa de Silvia a mediados de abril pisando las hojas crocantes que alfombraban las veredas.  El vecino no estaba afuera. Los pastos del frente, talludos y desprolijos, daban la impresión de que el lugar estaba deshabitado. Las puertas y las ventanas permanecían herméticamente cerradas, casi clausuradas. Pregunté, como quien no quiere la cosa, qué había pasado allí. Silvia me dijo, con los ojos tristes, que el señor estaba grande y que la ciudad se había vuelto peligrosa y que la hija ya no podía atenderlo y que…

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