Por: Iván Giordana.

Hablar de pérdidas siempre es traumático, y si nos referimos a lazos añosos, más aun. Estoy atravesando un duelo un tanto particular; si piensa que soy exagerado, consulte con un conocedor de los procesos mentales y sabrá que este asunto, aunque parezca pueril y mundano, también requiere la negación inicial, el posterior enojo y la definitiva aceptación.

Hace unos días un prestigioso traumatólogo cordobés me confirmó lo que mi médico local me había anticipado: tengo un severo problema de cadera y debo, sí o sí, abandonar la práctica de deportes de impacto.

La recomendación del profesional fue clara, a partir de este momento sólo puedo dedicarme a la natación y al ciclismo.

En honor a la verdad, no es poco. Las ventajas de la natación son patentes y conocidas por cualquiera: ayuda a desarrollar la musculatura, aumenta la capacidad pulmonar y, quizás lo más significativo, descarta la posibilidad de golpes y lesiones derivadas de roces bruscos. Podríamos agregarle, si usted lo desea, esa inigualable sensación de placidez que brinda el agua y que sólo se compara con nuestra originaria estadía en el vientre materno.

El ciclismo, por su parte, mejora el funcionamiento de las articulaciones, equilibra el peso y potencia el sistema circulatorio. Dejando de lado lo estrictamente científico, podríamos decir que permite conectarse con la vida silvestre y disfrutar del paisaje al que a veces, por estar subidos a la vertiginosa rueda de la vida moderna, no le prestamos la suficiente y merecida atención.

No obstante, el básquet y el fútbol tienen un no sé qué que los hace tremendamente atractivos.  Cuando uno abandona la práctica formal de esos deportes, es decir, esa que requiere entrenamientos periódicos y rigurosos y los comienza a jugar por el sólo hecho de divertirse con amigos, una trama de camaradería y complicidad comienza a agregarle valor a esas horas de esparcimiento.

Encontrarse semanalmente trae implícito preparativos en casa y al borde la cancha, ruegos para que no llueva, saludos y chascarrillos obligados, la elongación de los más precavidos, la aparición del vendado de pies a cabeza, la pachorra del que se despierta recién a la media hora de iniciado el partido o la liviandad del que llega pitando el cigarrillo como si de una partida de naipes se tratara.

Después del partido hay nuevas gastadas, esta vez para los perdedores o los que corrieron poco, bocas exhaustas que intentan atrapar algo de aire, propuestas de comidas en grupo, repaso de estrategias inexistentes y una bella escenografía que valoriza el encuentro.

Toda actividad tiene su folklore, no hay dudas, pero con eso de que tengo que abandonar aquellas tertulias semanales que me acompañaron durante años, ando de capa caída. Es cierto que recuperaré algo de tiempo y eso me permitirá, por ejemplo, dedicarme al cultivo de gladiolos, encarar el estudio profundo de la mandolina o analizar la influencia de los videojuegos en los suicidios adolescentes de los países nórdicos. Así y todo, siento que a mi rompecabezas le falta una pieza y es una de las del medio.

Por eso le pido un favor, si alguna noche me encuentra con mis botitas de básquet y la camiseta número 2 del mítico 4 y 10, aquél equipo de fútbol que fundamos junto a mis amigos hace casi quince años, y se sorprende porque ando pateando piedritas, relatando a gritos jugadas que siempre quise y nunca pude hacer o ejecutando una finta perfecta que me abre camino a un aro imaginario, no avise a las autoridades, prometo no causar daño a nada ni a nadie.

Y si me encierran por desequilibrado, quizás no me quede más alternativa que aprender a jugar al ajedrez.

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