Por: Iván Giordana.

Hartos de los convencionalismos y la vida rutinaria, de los horarios y las estructuras, Joaquín y Paulina decidieron cambiar drásticamente el rumbo de sus días. Necesitaban renovar sus energías, sentir que no todo estaba perfectamente digitado, que se le podía dar un matiz diferente a cada jornada. La idea nació una tarde gris y pegajosa de enero y en ese mismo momento la pusieron en marcha.

En un principio pensaron en redactar una carta para explicar los motivos de su partida, hasta la comenzaron a escribir, pero la dejaron a medias porque el cumplimiento de su deseo debía estar por encima de cualquier otra cosa; después de todo, ¿no era esa la tan ansiada libertad?

Se marcharon juntos, con lo poco que creían precisar y sin más preámbulos que una fugaz mirada atrás para llevarse grabada en la retina la imagen de esa casa que habían compartido durante tantos años. No le dieron espacio a la duda ni a los lazos que los sujetaban a tanto pesado pasado.

Con el correr de las horas la ausencia de la pareja se hizo evidente y los familiares comenzaron la intrépida búsqueda. Empezaron consultando telefónicamente a los parientes que vivían en las cercanías y que podrían haberlos recibido como solían hacerlo. Como ninguno tenía noticias, consultaron con los vecinos del barrio. Paulina, pelo ondulado, ojos oscuros, la sonrisa siempre dibujada en la cara. Joaquín, poco cabello, casi pelado, extraños ojos verdes. Una señora dijo que los había visto pasar un rato antes con equipaje excesivo y mal acomodado, incluso se animó a reconocer que había recibido un improvisado ademán entre gracioso y elegante a modo de saludo.

Si tan sólo hubiesen dejado un mensaje… Lo único que mitigaba el calvario de los buscadores era el convencimiento de que los prófugos estaban juntos; de sobra sabían que la curiosa Paulina siempre se sentía segura si lo tenía a Joaquín a su lado.

Los minutos corrían y la situación se volvía asfixiante. La desesperación dominaba la escena y se acercaba el momento de dar aviso a la policía.

En un segundo y de casualidad, Joaquín apareció contento a la vera de un camino de tierra diciendo que Paulina estaba ahí nomás, un poco más adentro del campo.

Llegaron rápidamente hasta ella y la encontraron disponiendo las mudas de ropa de ambos dentro de la carpa en forma de iglú que habían armado, distribuyendo prolijamente las mantas y ordenando las escasas provisiones que habían tomado antes de partir.

Interpelados sobre el motivo de la repentina fuga, los caminantes pronunciaron en voz apenas audible el único y real fundamento de su huida: tomarse unos días al aire libre.

Volvieron a casa escuchando el interminable sermón de sus padres enfurecidos, porque olvidé decirles, y disculpen mi descuido, que Paulina tiene ocho años y su hermano Joaquín apenas cinco.

Comentá con tu usuario de Facebook

2 Comentarios

Dejar respuesta