Servicio Militar Obligatorio: hacer la Colimba

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Por Fernando Calamari

Entre 1880 y 1916 el país estuvo gobernado por la oligarquía de terratenientes y comerciantes que se caracterizaron por ser liberales en lo económico y conservadores en lo político. En el primer aspecto permitieron la libertad económica, como las inversiones extranjeras y el ejercicio de distintas profesiones. Estaba orientado al modelo agroexportador de trigo y carne vacuna e importación de productos manufacturados, siendo Gran Bretaña el principal mercado. La tierra en gran parte estaba en manos de los estancieros que explotaban a sus peones. Además, se fomentó la llegada de inmigrantes extranjeros, principalmente europeos, como mano de obra.

En el segundo aspecto se realizó un gobierno basado en el fraude electoral. Mediante trampas, como la adulteración de los resultados de los comicios y el uso de la violencia, los conservadores ejercían la presidencia. Igualmente, se reprimió la protesta social, por ejemplo el reclamo de mejores sueldos y la jornada de trabajo de 8 horas. Los extranjeros considerados peligrosos al modelo político y económico podían ser expulsados del país. También se encarcelaban a los dirigentes sindicales y sociales díscolos.

En este contexto, durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca (1898-1904) se sancionó la ley 4031 en 1901 que estableció el Servicio Militar Obligatorio para los varones argentinos de 20 años de edad (luego se redujo a 18), tras el ensayo en 1896.

El Ministro de Guerra General Pablo Ricchieri fue quien lo organizó y obtuvo el apoyo del presidente. Argumentó la necesidad de mejorar la defensa nacional (existía el peligro de guerra contra Chile por problemas limítrofes), modernizar las Fuerzas Armadas (tanto al Ejército como la Marina para dotarlas de mejor armamento e infraestructura, jerarquización profesional y mayor cantidad de tropas) e impartir moral, orden y disciplina a la sociedad. Se buscaba además homogeneizar cultural y socialmente a la población mediante la ideología nacionalista e integrar a los hijos de los inmigrantes. Así, los jóvenes argentinos fueron reclutados por un año bajo bandera para recibir instrucción militar.

Soldados del Hospital Militar preparados para el desfile oficial: uniforme verde mimetizado, brazalete con la identificación de la Cruz Roja, fusil FAL con munición asegurado, casco con antiparras, cinto y tiradores con cargadores y borcegos

Pero la contracara fue la intervención del Estado para formar ciudadanos bajo su ideología política, diferenciación entre personas porque casi todos los reclutados pertenecían a la clase baja mientras que los hijos de los ricos eludían la conscripción (esto provocaba discriminación entre distintas clases sociales) y los soldados eran considerados superiores moralmente y mejores patriotas que los civiles. Además, se criticaban a las Fuerzas Armadas ya que imponían la militarización de la sociedad y se autoasignaban un rol de mesianismo para dirigir a la comunidad, a la vez que proteger los valores y la moral de la nacionalidad argentina. Otros argumentos contrarios eran el aumento del control social y la represión de la protesta social.

El modelo militar fue el del ejército de Prusia (estado alemán que llevaría a cabo la unificación y surgimiento de Alemania) y Francia. Sobre todo se imitó al primero por su organización, profesionalismo y disciplina.

La Iglesia católica, en alianza con la oligarquía y el gobierno, formó parte del adoctrinamiento de los soldados debido a que dicho culto era oficial y mayoritario del país. Para esto, los sacerdotes daban misa y confesaban a los soldados, suboficiales y oficiales. De esta manera, el poder eclesiástico logró mayor influencia en el gobierno, en los militares y en la sociedad.

En 1930 se realizó el primer golpe de estado contra un gobierno democrático argentino en el siglo XX. Hipólito Yrigoyen de la Unión Cívica Radical fue destituido por un derrocamiento cívico-miliar. A partir de entonces, las Fuerzas Armadas incumplieron su función de estar sometidas a los gobiernos elegidos democráticamente según la Constitución Nacional y tuvieron accionar directo en la política. Paralelamente, recibieron mayores presupuestos y su poder se incrementó notablemente.

Dentro de este contexto, los reclutas fueron utilizados como poder disuasorio en situaciones internas del país, por ejemplo desplazar topas para proteger dictaduras. En otros casos ocurrió la desaparición de soldados por el Terrorismo de Estado o asesinatos por las organizaciones guerrilleras. Esto expone que los conscriptos no estaban exentos de los conflictos políticos. No se puede dejar al margen la participación heroica que tuvieron en la Guerra de Malvinas y el trato desagradecido que recibieron de la sociedad luego del conflicto.

La vida de los ciudadanos civiles que se convertían en soldados durante el Servicio Militar Obligatorio era dura para el heterogéneo mundo de la soldadesca. Este abarcaba a todo el país, desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, con las variantes geográficas, sociales y culturales de los futuros enrolados. De los testimonios de ex conscriptos, se pudo reconstruir como era la vida de aquellos, si bien las experiencias son subjetivas y personales.

Comenzaba con el sorteo de la lotería nacional en donde de acuerdo a los últimos tres números de la libreta cívica o del documento nacional de identidad se aplicaba una cifra de lotería para establecer si el joven tenía que hacer o no la conscripción. Igualmente, se asignaba el destino: Ejército, Marina y posteriormente Aviación. Por ejemplo, los números superiores a 900 estipulaban el enrolamiento en la Marina. Los números bajos, como 200, evitaban la conscripción.

Así, un jujeño de las montañas podía tocarle el mar en la Patagonia porque tenía que ir a la Armada, un santafesino de la pampa podía estar en los montes de Corrientes para enlistarse en el Ejército o un misionero de la selva debía concurrir a Córdoba porque allí se ubicaba una base de la Fuerza Aérea, entre diversos casos de enlistamiento. El gobierno enviaba telegrama de aviso y fecha para la citación. Cuando los sorteos se hicieron por radio (también se publicaban en los diarios), muchos estaban pendientes de las transmisiones para saber si les tocaba o no la conscripción. Este momento radial era muy esperado y lleno de tensión, incluso se escucha en las escuelas secundarias debido al horario matutino del sorteo. Generalmente, el que “zafaba” explotaba de alegría y al que le tocaba tenía una mezcla de pesadumbre, desazón e incertidumbre, si bien a algunos les gustaba convertirse en conscriptos.

Luego se hacía la revisación médica en una unidad militar para saber si era apto. En los controles se concentraban grandes cantidades de ciudadanos para hacerles exámenes físicos y bioquímicos. En una parte de los mismos había que desnudarse en grupos y un doctor chequeaba el ritmo cardíaco, revisaba la dentadura, palpaba los genitales y examinaba el ano. Además, se observaba la columna, los pies y la vista. Para algunos era el primer control sanitario completo de su vida. Algunas excepciones se tenían en cuenta, como el pie plano (dificultaba el desplazamiento de la persona en los ejercicios y desfiles), la homosexualidad (era considerada contraria a la “hombría” militar, si se constataba, existía el rumor que se escribía “orificio anal dilatado” en rojo en el documento de la persona) y el mal de chagas. Se daban otras causas de impedimento, por ejemplo ser sostén de familia, ejercer alguna función religiosa o haber sido sometido a operaciones cardíacas. Incuso había acomodos por la posición social o por disponer de un contacto o “gancho” político o militar que evitaba hacer el enrolamiento o para conseguir un lugar “tranquilo”, sin las exigencias que se les hacían a los soldados rasos. La mayoría era establecida apta para realizar la conscripción. Se podía pedir prórroga por estudio. En la parte final de la libreta cívica o documento se registraba el alta y la baja de la conscripción, incluido el lugar de la misma.

Después de la revisación, y con fecha determinada, los soldados debían presentarse en el destino (lugar del regimiento) que les correspondían. Centenares de jóvenes que no se conocían pasaban a vivir en cuarteles en manos de otros desconocidos. Esto generaba angustia e incertidumbre.

La ropa civil se guardaba y se debía poner el uniforme de fajina (para los ejercicios y trabajos). Inmediatamente se cortaba el pelo, principalmente con la máquina rapadora y tijera. Se hacía el corte “taza” (rapado hasta la superior de las orejas y se dejaba pelo en forma circular en el extremo de la cabeza). Este “look” se hacía quincenalmente y era obligatorio afeitarse todas las mañanas. Esto significaba limpieza -por ejemplo evitar piojos- y prolijidad. Simbólicamente, el pelo largo era sinónimo de rebeldía y libertad, características contrarias a la homogenización y subordinación del individuo en la vida militar.

La vestimenta consistía en botas o borcegos (incluso zapatillas de tela), pantalones y camisa de grafa, remera de algodón y gorra. Si hacía frío se usaba tricota (pullover de lana de intermedio grosor) y chaqueta de tela o campera inflable (era más abrigada que la anterior). Se disponía de pantalón corto para los ejercicios en verano. Todo era de color verde oliva o verde claro, hasta los calzoncillos y las medias de lana (usadas en las cuatro estaciones). La excepción podía ser alguna musculosa, camiseta o pantalón corto de color blanco. Había que vestirse en forma prolija, como arremangarse las mangas de la camisa en forma doblada y hasta arriba de los codos o embetunar los borcegos, caso contrario se podía penalizar al desordenado. La cama tenía sábanas (blancas) y dos mantas (verdes) y debía estar ordenada. Antes de cada franco se dejaba la ropa en la lavandería o se podían llevar prendas para lavar a la casa del soldado. El orden y la prolijidad eran estrictos porque formaban parte de la idiosincrasia militar.

El día empezaba antes del amanecer. Los soldados dormían en “cuadras” (pabellones) sobre cuchetas de hierro de tres cuerpos verticales. A los gritos se los despertaban e inmediatamente debían pararse frente a las cuchetas en formación recta y erguida. Luego, en pocos segundos, había que vestirse y hacer la cama. Posteriormente, se desayunaba y en formación se izaba la bandera (a la noche se la arriaba). En ocasiones se cantaba la Marcha a Mi Bandera. Seguidamente, se rezaba una oración católica dirigida por un capellán. Incluso se daban momentos durante la semana para confesiones, concurrir a la capilla y asistir a misa, pero estas tres acciones no eran obligatorias. También se exhibían símbolos de dicho culto, como crucifijos e imágenes de la Virgen María. Esto manifiesta el monopolio del credo y su influencia en el sector castrense.

Ejercicios militares durante la instrucción: saltar y esquivar muros y carrera recta y en zig zag. A la izquierda y en el fondo, oficial y suboficial controlando los movimientos de los soldados

Los primeros tres meses de la conscripción se dedicaban principalmente a la instrucción militar. Esta era la parte más dura porque consistía en seguidos y extenuantes ejercicios físicos, como salto rana, rodilla a tierra, cuerpo a tierra, correr, saltar, arrastrarse, flexiones, abdominales, etc. A esto se lo llamaba “baile”. La intensidad y continuidad dependía del instructor, quien daba las órdenes a los gritos e incluso con insultos, como decirles a los soldados “tagernas”, “maricones” o “cierren la boca que les va a entrar una verga voladora”, entre otros epítetos “de prosa pedagógica”. En ocasiones se podía jugar al fútbol como recreación.

Las quejas o desobediencia se castigaban con encarcelamiento, pérdida de franco o hacer más ejercicios individuales o grupales. Nótese la violencia psicológica que se imponía a los conscriptos. No faltaban la homofobia y los prejuicios antisemitas. El antisemitismo fue común, influenciado por el nacionalismo católico. Los soldados de origen judío a veces debían soportar mayores exigencias, como los aludidos bailes.

La preparación militar consistía también en aprender teoría y práctica de combate, manejo de armas, conocimiento de los grados jerárquicos, información del regimiento, normas de disciplina (a los superiores se les debía responder en voz alta -casi con un grito-, por ejemplo: “¡ordene mi sargento!, al igual que para obedecer se tenía que exclamar “¡sí mi capitán!), marcha para desfilar, etc. Estas frases exponen la subordinación y verticalidad en el mundo militar.

Los ejercicios de combate era otro punto álgido de la formación y se hacían en campo abierto. Se le daba al soldado elementos de guerra: fusil (al principio era el Máuser alemán y luego el FAL -fusil automático liviano- de Bélgica. Pesaban entre 5 y 6 kgrs aproximadamente, dependía del modelo y si se usaba bayoneta y cargadores); casco de casi 2 kgrs; mochila con utensilios para comer y tricota; pala sin mango para cavar “pozo de zorro” o trincheras y cantimplora. Con saliva u orina se hacía una pasta con tierra. El barro se untaba en la cara y los brazos para camuflarse (el agua se conservaba para beber) y era mejor esforzarse en salivar u orinar para hacer la mezcla que compartir el barro ajeno. En cambio, los superiores usaban pasta negra o verde para camuflarse. Los soldados tenían que correr, agacharse, tirarse al suelo y arrastrarse. El peso de la carga y la intensidad del ritmo cansaban pero no producían agotamiento. Se hacían pausas para recuperar energía. A veces se usaban gases lacrimógenos en los entrenamientos. El denso y asfixiante humo blanco dispersaba en forma desordenada a la tropa, si bien algunos aguantaban la respiración y cerraban los ojos para continuar con los movimientos militares.

Luego de los ejercicios se hacían prácticas de tiro. Se disparaba a un blanco a 300 metros o más de distancia, situados en montículos de tierra. Generalmente eran entre 3 a 5 disparos y se controlaba la puntería, El culatazo de fusil era intenso y provocaba molestia en el hombro por la fuerza del disparo. Muchas veces esa era la cantidad de balas que se usaban en los doce meses de instrucción. Eso refleja la poca preparación y la falta de presupuesto. Se hacía una pausa para comer y nuevamente se retomaban las actividades. Los campamentos formaban parte de la instrucción. En una pequeña carpa se alojaban hasta cuatro soldados. Aquellos que podían lesionarse eran atendidos por médicos o enfermeros militares y si era serio el daño se los llevaba a la enfermería.

En el destacamento, todas las noches se hacían dos grupos (cada uno incluía a decenas de conscriptos) para bañarse en diez o quince minutos. Las duchas tenían agua fría o tibia y había que compartirlas debido a que no se disponía una para cada uno. A veces irrumpía a los gritos un militar que les hacía hacer a los soldados flexiones en el baño, enjabonados y desnudos. A continuación se ordenaba acostarse y dormir, aproximadamente a las 21:00 hs.

Se apagaban las luces, excepto las de la entrada de la cuadra. Se hacían guardias nocturnas (“imaginaria”) entre los soldados para controlar que cada uno no se levantara ni que se dieran robos, si bien la oscuridad del recinto amparaba a los delincuentes. A cada recluta se le asignaba un casillero sin candado donde se guardaban sus pertenencias civiles y militares, como vestimenta y utensilios de higiene. Si faltaba algo que había sido suministrado por los superiores, había que reponerlo, ya sea robando a un compañero o comprando en el mercado negro. Al pie de la cama se dejaba la ropa para ponérsela al despertar.

Era común que durante la noche entrara a la cuadra un militar y a los gritos despertara a los soldados para hacerles hacer ejercicios, como la “motocicleta” (postura que imitaba estar sentado en una moto por tiempo indeterminado, hasta no aguantar más y salir de la posición), estar parados en punta de pie y con los brazos extendidos, flexiones de brazos o salir a correr por el cuartel. Todo se hacía en ropa interior. El trato duro tenía la dudosa intención de formar el carácter y la disciplina, además de borrar cualquier intento de libre voluntad y homogeneizar al grupo.

En algunas ocasiones se creaba compañerismo y amistad entre los conscriptos que a veces perduraba a lo largo de la vida. Sin embargo, había que cuidarse de los “botones o alcahuetes” que delataban para quedar bien con los superiores. En la cotidianidad de la vida en el regimiento también surgía una buena relación con aquellos militares que trataban a los soldados con paternalismo o compañerismo. Se compartían anécdotas, situaciones de vida, incluso mercancías, como cigarrillos.

Durante las 24 hs se hacían guardias armadas de vigilancia junto a suboficiales y oficiales. Había que hacer recorridos y evitar dormirse a la noche. Esto último era castigado con prisión o suspensión de franco. Ante la presencia de un sospechoso o desconocido se le debía gritar: “¡alto, quién vive!” o: “¡contraseña!”. En caso de evasión o de no obtener respuesta, se podía disparar.

Luego de la instrucción, a cada conscripto se le asignaba una tarea. De aquí viene el término colimba: correr, limpiar y barrer. Esto infiere la esencia en el imaginario popular de la “utilidad” del Servicio Militar Obligatorio. Los que sabían un oficio se los ubicaba en lugares que podían ejercerlo, como tractorista, pintor, albañil y mecanografista. Otra labor era la jardinería porque se necesitaban personas que mantuvieran los extensos espacios verdes de las unidades militares, por ejemplo cortar pasto, barrer hojas, podar árboles y juntar ramas. Los trabajos se remuneraban simbólicamente, generalmente con muy poco dinero. De esta manera, el soldado era mano de obra casi gratuita.

“Colimba”: incluía cortar el césped durante extensas horas de trabajo. Luego se debía barrer con rastrillos y juntar el pasto en carretilla para llevarlo a la parte de los residuos.

La alimentación era moderada y se daba en cuatro momentos: desayuno, almuerzo, merienda y cena. El primero y el tercero eran iguales: mate cocido (a veces con leche) y un bollo de pan, mientras que en el segundo y en el cuarto se variaba el menú, si bien no tan seguido y con único plato. Podía ser sopa (infaltable, era acuosa y casi nada de algo sólido como fideos o arroz, a veces tenía gorgojos o gusanos debido al estado de los ingredientes), guiso, fideos, arroz con pollo, locro y fruta (manzana o naranja). La calidad era regular, por ejemplo, se comía el menudo o las alitas del pollo, el locro era espeso y grasoso con porotos, maíz y trozos de cuero. Los alimentos provocaban acidez debido a los condimentos. La carne vacuna era muy escasa, solamente en contadas ocasiones se hacían milanesas o bifes a la criolla. La dieta alimentaria era de bajo costo, pero existían rumores que una parte de los suministros era aprovechado para beneficio propio de algunos militares, como la venta en el mercado negro de los cortes de carne de mejor calidad. Los soldados comían en forma separada y diferente que sus superiores, manifestando desigualdad en la dieta del cuartel.

El que tenía dinero podía comprarse algo en la cantina, como alfajores, sándwiches o gaseosas, y así sacarse el hambre o darse un gusto. Era muy común bajar de peso por el tipo de alimentación e intensidad de los ejercicios. Cada soldado tenía sus utensilios para comer: plato, vaso, cuchara, tenedor, cuchillo y taza (todos de aluminio). Había que lavarlos y guardarlos. En los descansos algunos fumaban y el alcohol estaba prohibido, aunque se podía introducir cerveza o petacas de whisky, -los cuales eran consumidos también por algunos militares-, en forma oculta. Esto muestra que los controles fallaban y no eran estrictos. Incluso no se revisaban a los conscriptos cuando retornaban al cuartel luego del franco.

No se podía escuchar radio ni ver televisión. Algunos tenían libros o revistas que traían de la vida civil, pero eran controlados para evitar que sean “peligrosos” a las ideas militares. Así, la libertad quedaba afuera del cuartel. Es que en la vida castrense, prima la verticalidad y jerarquía, y los preceptos democráticos, como el libre pensamiento, no se permiten.

Los días de descanso fueron esporádicos y los que vivían en lugares alejados se quedaban en el regimiento o acumulaban franco para poder viajar menos pero quedarse en sus hogares con más tiempo. Además, se permitían visitas los domingos. Ver a familiares -quienes llevaban comida, como tortas o sándwiches de milanesas-, era muy importante para los jóvenes porque sentían la lejanía durante la estadía en el regimiento. Las visitas a la casa y las horas de descanso para salir del cuartel se hacían con uniforme de salida. Este era más elegante que el de fajina (para la vida cotidiana dentro del cuartel). El del Ejército tenía boina (negra o verde) o gorro (marrón o verde), zapatos negros, pantalón de vestir, saco, camisa y corbata marrón. La Marina utilizaba uniforme blanco y la Aviación azul. Cada uno servía para identificar a la fuerza que se pertenecía.

Muchos aprovechaban para conocer la ciudad o el pueblo en donde se ubicaba el destacamento. Después de varios meses sin salir y estar entre varones, ver a civiles y principalmente mujeres, se convertía en una agradable sensación, incluidos los colores diferentes al verde. Hubo casos en que los soldados se pusieron de novio con una chica del lugar en donde hacían la conscripción.

Durante los actos patrios e inspecciones como la IGE (Inspección General del Ejército) y autoridades militares superiores, por ejemplo General o Teniente Coronel, se debía desfilar -a veces se hacían marchas en centros urbanos-. Para esto se realizaban seguidos y cansadores ensayos. En dichas revisaciones, toda la unidad militar tenía que estar en perfecto orden, para lo cual los enrolados trabajaban hasta el día de las mismas.

El Servicio Militar Obligatorio fue eliminado en 1994 por el presidente Carlos Menem cuando el soldado Omar Carrasco fue asesinado en Zapala (Neuquén) por los malos tratos sufridos, como golpes y patadas. Su cadáver estuvo escondido y se intentó desviar la investigación, por ejemplo acusarlo de desertor, pero se esclareció el crimen cometido por soldados y militares. La violencia física y los abusos de autoridad no eran nuevos en la colimba y hubo otros casos que sucedieron pero que no tuvieron gran notoriedad mediática.

En este sentido, la prensa afín a las Fuerzas Armadas y gobiernos, en donde recibían jugosas pautas publicitarias y otros privilegios -además de compartir ideología-, callaban o desviaban la información. Igualmente, muchas películas, en las cuales participaron Sandrini, Palito Ortega, Carlitos Balá, Porcel y Olmedo, entre otros actores, hacían buena publicidad sobre la militarización y la colimba. En los films se mostraba con alegría y aventura como era la vida en el servicio militar (otro constructor de esta falacia es el humorista Luis Landiscina a través de sus cuentos sobre la colimba). Algunas películas eran apologistas de dictaduras y justificadoras del Terrorismo de Estado. Otras, con más calidad actoral y compromiso con la verdad, denunciaron casos reales, por ejemplo mediante las actuaciones de Federico Luppi y Miguel Ángel Solá. Pero las primeras fueron mayoritarias. Esto evidencia como los factores de poder manipulan la verdad y la cultura para fines sectoriales y no generales.

El caso Carrasco fue aprovechado electoralmente por Menem porque utilizó la eliminación de la conscripción para beneficiarse políticamente ya que buscaba la reelección presidencial en 1995. Para esto, le fue muy favorable tener el voto numeroso de las madres y varones que ya no hacían el Servicio Militar Obligatorio. En su reemplazo se implementó el Servicio Militar Voluntario de hombres y mujeres con remuneración. Así se dio libertad de acción, inclusión de género, salida laboral y carrera militar para aquellos que estaban interesados en hacerlo.

La colimba fue para algunos una experiencia imborrable por las vivencias y para otros constituyó pérdida de tiempo porque interrumpía proyectos personales, como trabajo y estudio, o la libertad.

Escenario y pista de desfile de un regimiento militar. Nótese el palco, mástiles, decoración con armamento y arbolado frondoso. Casi todos los días se debía practicar la marcha -fusil en mano-, marcando el movimiento sincronizado de los pies al ras del suelo y apoyo del talón, con el ritmo mental: “izquierda, izquierda, izquierda derecha izquierda”. La vista era al frente y en el momento de pasar ante las autoridades se debía girar la cabeza y fijar la mirada en los superiores.

En la actualidad se habla y se pide por algunos sectores de la sociedad y de la política reinstaurar el Servicio Militar Obligatorio, invocando la necesidad de “reencausar” y “corregir” a la juventud. Estas ideas son equivocadas porque las Fuerzas Armadas no tienen preparación educativa, pedagógica, profesional e infraestructura para tal fin. Su función (con desinversión) es proteger las fronteras y los recursos nacionales, además de colaborar ante catástrofes naturales. Igualmente, para evitar males sociales que padecen los jóvenes, se necesitan políticas integrales de estado, como educación, empleo, cultura y alimentación.

Difícil en este modelo económico que prioriza la especulación financiera y no la producción y que aplica continuos ajustes contra la clase media y baja de donde proviene la mayoría de jóvenes del país. Así se recortan los presupuestos sociales, precisamente educación, cultura, ciencia, deporte, arte, tecnología y contención social. A la vez que la alta inflación y el desempleo expulsa del sistema a miles de jóvenes, entre otros. Es que el neoliberalismo y las posturas facilistas, además de demagógicas y oportunistas, prefieren lo superficial y engañoso a las acciones a largo plazo, inclusivas y estructurales. Pero esto último para los neoliberales es gasto y no inversión social. Ninguna sociedad en donde unos pocos tienen cada vez más y la mayoría tiene cada vez menos, puede ser sustentable para todos sus miembros, como las jóvenes generaciones.

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