Por: Conrado Bocco

El sol se desnuda tras las sierras. “Una luna en la laguna.” Silencio y frescura de todo atardecer. Hora posterior al rayo verde en el cielo, en la que Irineo desata cortinas y deja el salón a media luz. Gira a lo Chaplin, y me pide la del colibrí. “Sólo queda en mi recuerdo tu alegría en mi jardín… ¿y cómo era? ¿Y cómo sigue?” Nunca se la aprende. Tengo un saxo, y al tocarlo el ambiente se vuelve solo para entendidos. Sonrojando, me estiro hasta la caja y lo tomo para ejecutar “la del colibrí”. Calladitos, entran el Gringo y el Pelado. El Negro en puntitas de pie y el Chino sin chistar. Como artistas callejeros alegramos el ambiente. Así terminamos cada semana. Gente grande, hijos crecidos y anécdotas a rabiar.

Retreta, tres ajenjos, y a roncar. Si viene el Gordo, punto final con sapucay. Sorprende un chaparrón y las luces tintinean con truenos. La puerta se abre intempestiva y un sujeto robusto ingresa al bar. De impermeable con capucha, frota las manos y quita humedad de su cara. En la alfombra de “Welcome” se seca los zapatos, contempla las centellas del cielo y sospecha tener que refugiarse un buen rato en el lugar. Se acomoda en el rincón y pide un expreso con clásico ademán. “Sale”, dice Irineo, y me marca dos temas más. Con un par de populares doy rosca a la noche. El hombre del impermeable continúa con caperuza goteando sobre la mesa y mirada hacia la calle. Irineo se acerca con el café y prende una luz.

Estoy a mitad de la más preferida de John Coltrane, quiebro mi espalda, y siento la reveladora voz del inconsciente. El hombre de perfil enigmático cobra forma para mí. Los muchachos piden sus tangos, pero para la melancolía de una noche lluviosa, no pienso bajar a menos de Coleman Hawking. Las ventanas transpiradas inspiran y el hombre del impermeable empieza a acompañar con movimiento de hombros. Termino con el fa en redonda más exquisito y la vibración de los cobres espesando humo de cigarros. Un “¡bravo!” de platea teatral concluye el repertorio. Es el señor misterioso, que tiene voz chillona. Brinca y aplaude aparatosamente. Como se siente observado, incómodo regresa a la quietud enigmática. ¡Te tengo! Suficiente para mí. Muy a pesar de su capirote y otros artilugios, lo identifico claramente. Es él. Un frío sobrecogimiento me arrasa el cuerpo. Entran varías personas, e Irineo que insiste con más canciones. Con la rockola en refacción, no tengo alternativa. Se quedan viendo mi cara de ausencia. Estupefacto por el descubrimiento, mis ojos, tercamente, ulceran la frente bajo aquella cobertura. Se me aflojan los pómulos por la sorpresa y escapa el saxo a la alfombra.

El sujeto encuentra en mi rostro el mismo escándalo de episodios anteriores, cuando también otros lo descubren. Todos notan mi rapto. Avanzo por las mesas de billar, entre lámparas realzando nubes arabescas de humo. Imantado, llego a él sin parpadear. Puedo escuchar el trago de saliva en su garganta reseca. Con mirada de súplica, me pide que no lo haga. Levanto el techo de su cabellera con suavidad. Sin inmutarse, permanece con mirada nerviosa. Llueve a cántaros y prefiere no tener que huir bajo mares. Me es fácil imaginar una lágrima por ojo, a tiro de recorrer los pómulos, y un gordo corazón rojo contorneando su boca. Lo estoy incomodando y aunque se lo merece, no es cuestión de importunarlo frente a tanta gente. Desplomo mi mano pesada en uno de sus hombros. “No pasa nada. Hacerles saber quién eres, sería de mal gusto. Quedará entre nosotros. Pero hasta que no pare de llover, usted deberá acompañarme.” Mira hacia la ventana. Llueve copiosamente. Ya con nuestras nalgas en las banquetas, será una ejecución cada uno. Yo con mis clásicos y él con las suyas.

Arranco con Miles Davis, y él con “Agüita”. Es Charly Parker contra “Rogadora de lluvias”. Wayne Shorter versus “Vos vieras, vieras tú.” Un tema por cada trago de champan. Cae el cielo, cae el amanecer. Nuestras palabras arrastradas y miradas empañadas, casi cremosas, nos hacen amigos. No hay amistad sin voz borracha de por medio. Cuando nos damos cuenta, cientos de espectadores ovacionan embelesados. Lo acompaño hasta la puerta y nos damos gran abrazo. “Ya son grandes, pero me hubiese encantado que Abril y Lucio estuvieran aquí. Me salieron rockeros por tu culpa.” Él les deja saludos. Con un simple y pintoresco mohín agradece por la confidencialidad. Me dice: “La próxima vez juego de local, y ya veremos cómo te va con mi saxo cloacal.” Carga el impermeable a sus hombros, y se aleja. Será por las burbujas, del cielo o las del champan, que marcha bailando su clásico “¡chu chu ua, chu chu ua!” De tanto cansancio, tonada provinciana mediante, me grita: “¡Se niño, se feliz! ¡Upa mis sueños! ¡Upa!”

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1 Comentario

  1. Muy lindo Conrado! Sólo para entendidos y para quienes tenemos niños que adoran ese personaje que en sus canciones deja siempre un mensaje… gracias!!!