Por: Nicolás Guglielmone.

Los días posteriores a mi último cumpleaños me encontré sacando cuentas. De todo un poco, medio al tuntún: cuándo fue la última vez que vi a tal amigo, cuánto hace que no voy a tal lado, cuánto salía tal producto hace un año. Cosas del estilo, algunas más importantes, otras menos. Pero el dato que me resultó más interesante es el siguiente: pasé casi dos tercios de mi vida en mi ciudad natal, Sunchales; el tercio restante, en Córdoba. La fracción me llegó de una forma contundente; tan fácil de graficar que se podría hacer con casi cualquier objeto que uno se pueda imaginar: tazas de azúcar, manzanas, pizzas. Me quede tildado con la idea de seguir comparando alimentos con distintos aspectos de mi vida.

Casi sin darme cuenta, empecé a indagar en esos inquietantes dos tercios, en esas casi seis porciones y media de pizza que fueron mi infancia y adolescencia juntas, en esas 18 manzanas de 27 que fueron mis días pasados. Descubrí dos cosas: que pensar variables de fracciones son un infantil pero grato modo de procrastinación; que nunca me había puesto a pensar detenidamente en qué me hace ser sunchalense.

Vivir fuera del hogar familiar ­-cualquiera puede dar cuenta de eso- genera muchos cambios. Por ejemplo, lo habilita a usar la palabra “volver”. Se vuelve al hogar, se tiene un lugar al que volver: con tus viejos, con tu gente, a las calles que conoces como nadie. Una parte importante de tu vida está ahí cuando volvés. Es raro: todo lo ves superpuesto, como cuando te pones los lentes 3d y todavía no empieza la película. Una parte roja, la otra azul, las cosas una arriba de la otra y la película que no empieza. El recuerdo en tu cabeza y lo que tenés frente a tus ojos dialogan, te hacen jugarretas. Tu perro está más viejo, con canas en el hocico; alguien que conocías se mudó lejos y otra familia completa ya ocupa su antigua residencia. Pero hay algo que no cambia: todos los que nacimos en ese lugar hablamos de la misma manera. Basta tomar un poco de distancia para notar que no todo el mundo habla como lo hacemos en esta particular latitud de la bota del país. Y las palabras que usamos y el modo en que las decimos determinan en gran medida nuestras vidas.

A la gente que no es de Santa Fe le suele llamar la atención estos rasgos: por un lado, el uso (o la ausencia de) las eses; por otro, la ironía como estilo. Existen otros aspectos que definen nuestra forma de hablar, pero esos, las eses y el estilo irónico, son los que más resaltan en un lugar en donde no hablan como nosotros. Ponemos muy poco esfuerzo en pronunciar las eses. Sobre todo las eses de los plurales, ésas que van al final de las palabras y que determinan algo importantísimo para el oyente. Es como si secretamente no quisiéramos que el otro nos entienda, que no sepa si eran una o veinte personas de las que estamos hablando. Un amigo que es profesor de italiano en un colegio secundario me comentó que muchos plurales de este idioma terminan en “i”. Está de más comentar las raíces italianas asentadas en nuestra zona.

Siempre he pensado que la nuestra es simple dejadez, una pachorra crónica y colectiva que nos lleva a nunca terminar las palabras. Imagino una espora que nace en el suelo y se incuba en nuestros pulmones y afecta justo la parte del cerebro que permite que la lengua se ponga debajo de los dientes inferiores, expulsando el aire con el sonido de las víboras. Quizás la cantidad de italianos que poblaron nuestra zona desde principios del siglo pasado y su prodigiosa testarudez para no aprender el idioma que el proyecto modernizador les imponía puedan explicar nuestras eses ausentes.

El nuestro es un país profundamente clasificador. A todos nos interesa saber de qué hablan nuestros conocidos cuando hablan de nosotros. Queremos saber con qué palabras nos dicen cuando no estamos, cómo nos imaginan, qué somos para los otros. Y uno de esos rasgos de clasificación se basa en el modo de hablar. Para tener un laburo como la gente tenemos que hablar bien, nadie va a darle laburo a alguien que hable mal (menos si habla mal de los otros). Pero ¿qué significa eso? ¿El resto del tiempo qué hago? ¿Hablar mal? Pero si todo el mundo me entiende: me mira a la cara y asiente cuando saludo. ¿Significa que no soy tan buen ciudadano el resto del tiempo cuando no estoy hablando bien? No, ya sé, quizás no sea para tanto: simplemente, significa que por un lado en la vida tenés que ser; por el otro, aparentar lo que no sos. No todo el tiempo, pero sí de a ratos. Cierta astucia, cierta conveniencia puede radicar en los momentos que elijamos para ser una cosa o la otra. No digo que la vida se resuma en dos opciones… pero hay momentos y momentos.

Una entrevista laboral, todos lo sabemos, es un muy buen lugar para aparentar todo lo que uno no es, o mejor, todo lo que se quiere hacer creer que uno es. ¿Me conviene o no ser tan sunchalense en una entrevista de trabajo? “Hola, señor jefe. Este soy yo, escuche lo bien que hablo, cómo pronuncio todas las letras y lo bien vestido que estoy. ¿Mi currículum? Pero no se haga problema, usted sienta mi aliento. Es menta con miel. Huela mi perfume también”. Lo que decimos es casi intrascendente, es menos importante el contenido que el modo en que decimos lo que decimos. “Soy gentil y saludable, estoy preparado para hacer lo que se necesite por el dinero que haya. Deme trabajo, se lo ruego. Pronuncio todas las eses del castellano”.

 

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