Hace 34 años, Alcides Cararo dejó de caminar y aprendió a volar. De a poco extendió sus alas entre tientos de cuero y tejidos de tramas complejas, y se animó a surcar por los placenteros cielos de la artesanía. Y vaya si lo hizo. La historia de un hombre que volvió a nacer.

La historia de un hombre que día a día teje un poquito de vida.

Por: Cristian Malano.

Me recibe Nilsa, con una gran sonrisa, y me pregunta si no le hice una entrevista a su marido en alguna otra ocasión. Niego con la cabeza mientras ingreso a la casa que exhibe un pequeño cartel de madera en el frente: Artesanías en cuero. Alcides está en la galería pitando el final de su cigarrillo: “lo tengo que dejar, pibe” -me dice,  y lo estalla delicadamente contra el asador. “Vamos al comedor, ahí vamos a estar más cómodos”.

Nacido en la ciudad de Morteros, Alcides Cararo se introdujo en el mundo de la artesanía en 1990, algunos años después de un terrible accidente de tránsito que lo dejó en silla de ruedas. Probó asistir a los talleres de cerámica y cuero crudo, pero se dio cuenta enseguida que esta segunda actividad lo apasionaba profundamente. Fue el último alumno de Hilario Faudone, un hombre al que describe sólo con palabras de agradecimiento. Dio clases además durante 13 años en el Liceo Municipal de Sunchales.

Con el paso de los años intensificó su paciencia y desarrolló sorprendentes habilidades de motricidad fina para tejer tramas de naturaleza compleja. Su forma de ser detallista, minuciosa y autoexigente (y un buen sentido de la vista, claro está) hicieron la diferencia en el ambiente. Al poco tiempo ya era reconocido en múltiples ferias y encuentros de artesanos en todo el país por el nivel de detalle y terminación de sus obras.

Entre sus principales distinciones se encuentran el “Premio UNESCO para América latina y el Caribe” en 1999; el “Premio a la excelencia UNESCO” en 2013; el “Primer premio tradicional” en la Feria Nacional Maestros Artesanos de la ciudad de Rosario en 2005; la “Rueca de Plata” como artesano destacado de la feria de Colón en 2005; el último, “Maestro de la vida”, recibido en marco del evento “Querer, Creer, Crear” realizado en nuestra ciudad en 2014. Y muchos otros más: diplomas, reconocimientos y menciones especiales.

Alcides habla de forma relajada y se esmera por detallar sin tecnicismos su trabajo. Nilsa nos acompaña durante toda la charla y asume roles protagónicos en muchas anécdotas risueñas. Se crea un contexto de mucha emoción. El hombre describe su taller pero no se limita a eso, nos guía hacia allí y nos enseña sus instrumentos de trabajo y sus inventos. Todo está ordenadamente desordenado.

De vuelta a la sala con todo dispuesto y con Guillermo buscando ángulos certeros con el gran angular de su cámara de fotos, la charla inicia sin demora.

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El taller del artesano. Fotografía: Guillermo Reutemann.

De su actividad

– ¿Qué es lo que hacés dentro de la artesanía?

– Me dedico casi exclusivamente a lo que más me gusta: los tejidos en cabos de cuchillos. Es lo que se denomina “tejido alezna”, todo confeccionado con cuero de chivo blanco en lo que es tiento. Aunque también he realizado otros trabajos, como mates, rebenques, cintos y demás. Pero me especializo en cuchillos.

¿Pasatiempo o trabajo?

– Las dos. Trabajo todos los días, incluso los domingos. Tengo mi tallercito en el fondo del patio con televisor, radio, calefacción, todo. No me puedo quejar. Todo a mi alcance, salgo sólo a tomar algún que otro mate y vuelvo. Ocho horas diarias. Es agotador por el tema de la vista, después de mucho tiempo se te cansa demasiado porque requiere de mucha concentración y memoria. ¡Las chicas de la óptica ya son mis amigas! [Risas].

¿Y cómo es el proceso de elaboración?

– Lo primero es la preparación del cuero. Es todo un tema, eh. Y además es el paso más desagradable porque desprende un olor fuerte. Con el tiempo te vas adaptando, pero bueno. A mí me llega el cuero del chivo entero, así que lo corto y me quedan dos lonjas de 30cm por 60cm cada una, depende del tamaño del animal. Le preparo como una “lechada” con cal deshidratada y agua y lo sumerjo ahí un tiempo. Eso se hace para pelar el cuero. Después lo pongo sobre una madera y estirado le voy desprendiendo los pelos, que salen fácil. Lo enjuago con vinagre y lo pongo a secar estaqueado en una madera.

¿Eso es sólo el primer paso?

– Exacto, el tratamiento del cuero. Siempre digo que hay que hacerlo con mucho cuidado porque de ese cuero salen los tientos, y tienen que estar bien dóciles para trabajar sin que se corten o se resequen demasiado. Tengo en el taller una máquina mía que inventé para hacer que el cuero quede parejo, porque el espesor no es igual en toda su extensión, y una guía especial para cortar los tientos [N. del R. “tiritas”] del mismo tamaño. Una cosa tenés que saber de esto: mayor el número de tientos, mayor el trabajo que demanda porque es mayor la superficie a cubrir.

¿Y una vez que la obra está terminada llega la satisfacción? ¿O cuándo la vendés?

¡Cuando la vendo no me da satisfacción! [Risas] Ni mucho menos. Le pongo demasiado esmero a cada pieza, como si una vez terminada me la quedaría yo. Los tiempos que demanda el tejido dependen de las tramas que realice y de la cantidad de tientos. Las vainas las confecciono yo, con cueros vacunos. Lo que es metal en la hoja del cuchillo también es artesanal, pero no lo trabajo yo, lo traigo de afuera. Muchos de mis trabajos se los han mandado a intendentes, presidentes y muchísima gente reconocida. Pero como te dije, para mí esto es un pasatiempo y busco siempre la perfección, por eso no disfruto de soltar las piezas: porque no sabés si te va a quedar otra igual. Dicen que cada artesano tiene su mano, su estilo, y es impagable eso. No hay dos trabajos iguales. La técnica puede ser la misma, pero la mano del artesano lo es todo.

 – Lo que hacés no lo hace ninguna máquina, ¿no?

En absoluto –ríe y se echa hacia atrás-. Mirá, si todavía no lo inventaron los chinos, es porque no se puede replicar seguro. ¡Pero es muy posible que pronto lo hagan! A mí me han recomendado muchas veces, con este asunto de los premios de la UNESCO, que no deje los cuchillos tan expuestos. Imaginate, el cuchillo ganador de ese premio actualmente está exhibido en Francia, precisamente en París. A mí no me preocupa demasiado, estoy orgulloso de que esté allá y el que valora una artesanía no se tiene ni que molestar por eso. Trato de esmerarme muchísimo en las terminaciones y gracias a Dios hay gente que lo sabe apreciar.

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Fotografía: Guillermo Reutemann.

 – Imagino que todos los reconocimientos que recibiste se deben a eso…

– Mi profesor, Hilario Faudone, siempre me decía que yo era demasiado detallista. Me acuerdo que decía “dejalo así nomás, no importa”, cuando yo veía alguna imperfección en las tramas. Con el tiempo fui aprendiendo a mejorar mi técnica, porque no te imaginás los cabos de cuchillos que habré cortado porque no me gustaba el resultado o cómo iban quedando. Se trabaja todo con múltiplos y es tan preciso el cálculo que no admite ni un error. Para que lo entiendas mejor, la trama se memoriza: cuánto “pisás”, cuánto vas por abajo, y así sucesivamente. El desafío siempre está en las terminaciones, y es lo que más se valora en los concursos y las ferias.


[De pronto se aleja de la mesa hasta un mueble ubicado en la habitación contigua. Abre unas puertitas y extrae algunos elementos que pone en su falda. Luego regresa donde estaba y me muestra un mate que, siendo totalmente objetivo, es el más bello que vi en mi vida. La prolijidad, la forma y el recorrido de las tramas. “Este es el mayor desafío personal que encaré hasta el momento –expresa con una sonrisa de orgullo-. Es un mate confeccionado con 270 tientos. Cuando participaba de las exposiciones era el cazador de miradas. La cantidad de tiempo que me llevó hacerlo fue atroz. Calculale que me demandaba alrededor de dos horas darle una vuelta al mate con el trenzado. Un mes de trabajo. Un hilo tras otro. Mucho esfuerzo y mucha paciencia”].


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Las tramas del mate. Fotografía: Guillermo Reutemann.

De los números

 – Ese mate no está a la venta…

– Te soy sincero, yo no lo puedo vender. O quizá lo pueda comprar algún coleccionista fanático, pero en realidad es una obra que no la vas a querer tener para usar, sino para exhibirla por ahí. Insisto, es la que más adeptos atrapaba en las exposiciones. Son piezas únicas y, viste, eso se tiene muy en cuenta.

¿Cómo hacés entonces cotizar tus obras?

Suelo responder a eso diciendo que es una rama de la artesanía un tanto “salada”, por la naturaleza que implica. Siempre te encontrás con aquel que valora mucho lo que hacés y aquel que se sorprende con los precios. Son pocos los que conocen todo el proceso. El precio final depende de los insumos que utilice. En un cuchillo, por ejemplo, si tiene hoja importada vale una cosa y si tiene hoja de industria nacional vale otra. La mano de obra oscila en números parejos, el tema son los materiales que utilizo en la confección: si lleva plata o alpaca, por ejemplo.

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» Para que te lleves una idea general, los cuchillos arrancan en un precio de $1900 y mientras más elaborados sean pueden llegar a los $3200, o incluso más. Trato de finalizar en precios acordes para mantener siempre la venta, porque si bien yo no vivo de esta actividad, para mí es una gran ayuda y me sirve para comprar los insumos y que la producción pueda seguir su camino.

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Fotografía: Guillermo Reutemann.

Del accidente

– ¿Cuánto tiene que ver este pasatiempo que requiere suma paciencia con tu condición física?

Muchísimo. Yo digo que si no hubiese sido ésta hubiese sido otra actividad, porque soy una persona muy productiva. Mi mujer está de testigo con todas las cosas que hicimos juntos en esta casa. Después del accidente quería aprender cerámica, zapatería y electrónica. Me encantan los desafíos. A lo largo de mi vida experimenté de todo un poco, siempre con las manualidades. Disfruto de usar herramientas.

¿Cómo fue el accidente?

– Íbamos en la moto con un compañero de trabajo y una camioneta nos chocó de atrás a unos 80km/h. Eso fue en 1982, yo tenía 30 años. Fue un sábado, y el domingo me trasladaron a Santa Fe donde me enteré que mi compañero había fallecido. Fue un golpe muy duro. Estuve 15 días en terapia intensiva, las vértebras me destruyeron la médula. Un año entero estuve en Santa Fe. Después fui a Rosario a hacerme una interconsulta con cinco especialistas de allá.

 – Fue un antes y un después en tu vida…

– Sí, pero lo asumí perfectamente, y muy rápido. Te digo más, yo estaba en terapia intensiva y nunca me afectó demasiado el hecho de tener que estar en una silla de ruedas. Me cambió la vida de un día para otro y lo comprendí demasiado pronto. Fijate vos que en ese estado delicado, compartiendo la sala con gente al borde de la muerte, me tocó la época de las fiestas. Y me acuerdo patente, yo siempre riéndome, que le dije a una piba jovencita: “mirá nena, esta noche voy a tomar sidra y comer pan dulce, así que me los traés ya mismo”. Ahí estaba yo, festejando navidad en la sala de terapia intensiva, lleno de tubitos y sueros. Siempre con esa fuerza de voluntad.

» A los pocos años del accidente conocí a mi actual mujer y comencé a vivir de nuevo, literalmente. Es un regalo que me dio la vida, el haberme encontrado con una mujer como ella. Y en cuanto a la artesanía, qué decir… me abrió muchas puertas, me hizo sentir todavía útil con la humanidad.

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Fotografía: Guillermo Reutemann

Una tras otra

 

 

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